Lubricante y sexo anal para Ana la sensual

Lubricante y sexo anal para Ana la sensual

Mi nombre es Ana, a secas, para qué más letras si no me lo puse yo. Estas fiestas navideñas me fui a Tenerife, con el buen tiempo y las buenas piscinas de mi hotel favorito. Y un lubricante anal me tuve que comprar, para hacer mi sueño realidad. Me quería alejar del frío de la Península, calentarme en soledad, huir de las costumbres opíparas y abundantes de la mesa española. No quería comer mucho, y al final, al final, me pegué el atracón de mi vida.

De pequeña no era muy agraciada, tardé en desarrollarme, ahora me he convertido en toda una bella y escultural mujer. Sexual a más no poder. Brillante cuando el sol me roza y sensual porque lo soy y lo valgo. Y encima de sensual, ahora soy anal. Un nombre que va al pelo, ya que pasadas estas fiestas navideñas he entrado en un sexshop de la isla para comprarme, como decía, unos lubricantes que adornan mi mesita de noche.

Mi deseo sexual de utilizar el lubricante anal

He estado estos días de Navidad en la isla, en Puerto de la Cruz, luciendo bikini amarillo, y exponiendo mi cuerpo serrano al sol y cerca de las palmeras de ficción que toda piscina tiene por devoción. Sombrillas de paja. Me hice un amigo en el hotel, y la paja la conocí de cerca, pero que muy de cerca.
Yo trabajo en un hotel, en Sevilla, en el hotel los Potreros, un nombre que me inspira cierto calentón solo de pensarlo. Soy una madura española, no sé si atractiva, pero morena, risueña y muy pícara. El hotel sevillano, donde trabajo, se encuentra a las afueras de la ciudad y lo cierto es que es muy confortable y amable. Los potros siempre me han gustado, por esa fuerza natural y el manejo con las hembras en Navidad, o en cualquier época del año. El sexo de este equino sin igual, es básicamente por detrás. Los animales fuertes de campo siempre me han atraído por su naturalidad y desparpajo con el sexo contrario. Nunca encontré un hombre así hasta la semana pasada, une extraño, que se me acercó, a toda una gobernanta de hotel tomando el sol en soledad y en la hamaca. La gobernanta, para quienes no lo sepan, se responsabiliza de coordinar y dirigir a las camareras de piso, ellas se encargan de la limpieza de las habitaciones y las zonas comunes del hotel. Es decir, que soy mandona por trabajo y no por naturaleza. Ellas, también conocidas como las kellys, tan de moda ahora, son las que dejan el hotel como los chorros del oro. Pues bien, mi pequeño potro, mi forastero sin dinero, me dejó como nueva, en mi habitación de hotel tinerfeño, y yo se lo agradezco. Me limpió hasta la junta de culata, como los chorros del oro.

Una gobernanta de hotel atraída por el sexo anal

Siempre me atrajo cómo sería la penetración anal, he visto vídeos porno, fotos eróticas e historias de mujeres anales, las cuales algunas han disfrutado y otras no.
Yo, lo primero que hice al aterrizar con el avión fue ir a comprar condones y lubricantes anales a buen sexshop, por si acaso se diera la situación. Ya iba con la idea de poder darme gusto por la zona más oculta de la mujer, la trastienda del placer y la puerta de servicio por la que una gobernanta como yo, nunca debe atravesar. Pero lo cierto, es que me convertí, en una kelly de toda la vida. Una chica sencilla que lo único que quería era pasarlo bien. Fue una cura de humildad la que ese potro desconocido, al que me encontré en la piscina del hotel, me inyectó de modo silencioso y brutal.
Después de los primeros flirteos típicos de dos almas perdidas, bajo sombrillas de pajas extrañas y ante un sol único, nosotros dos, fusionamos lo que era de esperar. Cuando dos personas quieren hacer algo juntas, nada lo puede impedir. Todo conspira y se une, para fundirlos y al final acaban practicando, follando y penetrando. Hubo un momento, cuando ambos estábamos desnudos en la habitación, en mi cama, en el que nos dijimos tan solo unas frases, previas a la explosión de sensaciones comunes.

Lubricante dilatador anal en mi mesita de noche

-Quiero probarlo por primera vez, por detrás.

Él se quedó parado y me dijo:

-¿Estás segura porque ….?

No estaba acabando la frase y le dije:

-Claro que sí, coge el lubricante dilatador anal que tengo sobre la mesita de noche -porque yo ya estaba en posición del perrito y a cuatro patas- y haz lo que debas hacer. Soy toda tuya, tu mujer.

Enseguida él comprendió cómo tenía que proceder, y mi anónimo y forastero potro de la pradera, agarró el lubricante anal y lo untó, como si fuera mantequilla en una tostada bien caliente. Ana, la primeriza anal. Una gobernanta caliente y exigente. Fin de la historia navideña en Tenerife.

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