Mi madrastra cogiendo con hijastro

Mi madrastra cogiendo con hijastro

Era un día lluvioso, mi padre había salido a comprar. Desde hacía tiempo ya no vivíamos solos. Ella había ocupado el lugar de mi madre. Una mujer desconocida, una madrastra pero que no cumplía con esa connotación negativa que implica ser madrastra, porque conmigo, era muy cariñosa.


Me había quedado solo en mi habitación, estaba jugando a mi juego favorito en la play, con dieciocho años y sin estudios, poco más se puede hacer. Era un día cualquiera, en una mañana cualquiera, de un martes cualquiera. Tendría que estar en clase, que sé yo, en la Universidad ya, pero dejé los estudios hace mucho tiempo. Perdido en objetivos personales, mataba el tiempo con banales pasatiempos que me hacían estar mejor.
Llamaron a mi puerta porque siempre tengo dicho que no entren sin llamar, mi padre ya lo sabe, pero su nueva acompañante, mi madrastra no tiene ni idea de mis costumbres. Además, no hace ni dos años que vive con nosotros, así que poco sabe de mí.

Yo- Adelante.
Madrastra- Perdona, había pensado si querías café o algo caliente, para tomar.

Lo cierto es que nunca me suele invitar o sugerir que tome algo así por las buenas, esa mañana me pareció extraña su actitud tan concesiva.

Yo- Sí, un café bien caliente, por favor, y galletas, si puede ser
Madrastra- Si, claro, ahora te lo traigo, tu padre ha salido a dar una vuelta, dice que no tardará.
Yo- Bueno, así tomo algo hasta la hora de la comida.

Ella salió de mi habitación sin decir nada, al poco ya estaba entrando con una bandeja en la que llevaba el café, un tazón bien grande como a mí me gusta, acompañado de las galletas que suelo tomar.

Yo- El café como a mí me gusta, te has acordado de mi gusto.
Madrastra- Claro, que no acostumbre a traaerte el desayuno, no quiere decir que no lo sepa.
Yo- No sé, a mi padre sí que se lo llevas, pero a mí nunca, además has puesto unas magdalenas, tienen buena pinta.
Madrasta- Las magdalenas es por si quieres mojarlas en la leche caliente.
Yo- Dirás en el café caliente, no?

Le pregunté asombrado por esa afirmación.

Madrastra- Eso, me refería al café caliente.

Acto seguido la noté ruborizada, la había mirado de reojo y pude notar un aumento en su coloración facial; yo estaba sentado frente al ordenador y ella dejaba la bandeja en una mesita que tengo junto a la cama.

Yo- Qué pasa? Te has ruborizado o eso me parece a mí?

Lo cierto es que nunca la había hablado así, con esa cercanía y hasta descaro, pero la anormal y extraña situación, me invitaba a comportarme así, qué le vamos a hacer.

Madrastra- Sí, he de reconocerlo, me ha subido calor a la cara, no sé, ha sido al traerte todo esto, pensar en esas magdalenas que te puedas comer y lo cierto es pensar en ti, en lo que me ruboriza. Nunca te había imaginado así, ni incluso entrando en tu habitación. Lo cierto es que desde hace tiempo tu padre y yo nos hemos alejado, no tenemos cercanía, y aun en vuestra casa y con los dos, me siento algo desplazada. Y ahora al verte aquí, en tu habitación, tu y yo solos, no sé. Me has alterado sin saberlo.

Me quedé parado, abandoné el juego y me di media vuelta para dirigirme a ella. Ana, que se llama mi madrastra, se había sentado en la misma cama. No lo podía creer. En mi cama, mi madrastra, y mi padre fuera y no tardaría en llegar. Con su bata blanca de estar por casa,
y su prominente y abultada cola que se le intuye, y cómo no, nos tetones, dos chiches increíbles que no quería ni mirar, porque andaba sin sujetador y daban ganas de meter la mano (…continuará…)

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