Con el dildo del sex shop, todo sabe mucho mejor.

Con el dildo del sex shop, todo sabe mucho mejor.

Después de estar perdida y aturdida por Barcelona, ahora ya sabía lo que era un dildo, vaya si lo sabía. El dispuesto y entregado dependiente que me había atendido, así me lo había hecho ver y entender. Había llegado perdida a la Ciudad Condal, pero este amable tendero me situó en mi sitio. Me había personalizado de nuevo. Y me había hecho mujer de verdad.

Soy una gran empresaria de éxito y afamada en mi círculo laboral, y anónima en el mundo social. Cuando salgo de las oficinas me transformo en una marioneta al servicio de cualquiera, como pez fuera del agua. Como muñeco sin voz, sin ventrílocuo. Y necesito una referencia, una base, algo firme.

-Llévese éste, le gustará- me dijo con la seguridad de los que saben vender, y sobre todo, de los que saben tratar a una mujer de mediana edad; más perdida que una monja en una tienda erótica, necesitaba un apoyo pétreo, duro, rocoso.

Una vez hube comprado el consolador, me desplazo a mi hotel para inmediatamente probarlo. Caliente y ansiosa, allí y en silencio lo pude saborear. Me familiaricé con él. Era hermoso con rasgos afrutados y colores diversos: violeta, rosa, rojo, carmesí, qué mas da. Un daltónico no lo hubiera diferenciado. El tacto es preciso y el tamaño, para qué hablar, una medida perfecta para mi orificio angelical.

En mi habitación de hotel con el dildo rosa en mis manos

Y en mis oídos, y en la habitación de hotel, mientras sujetaba el falo del amor y sentada al borde de la cama, me retumbaban y resonaban sus suaves palabras:

-Éste se vende mucho y a las señoras de su edad parece ser, que les agrada mucho.

Había repetido tantas veces mucho, que me gustó y me excitó su verborrea contumaz. Un repetidor. Eso es lo que quería yo. Alguien que repitiera. Mis agradecidos pabellones auditivos, es decir, mis oídos de empresaria caliente, transmitían todas las señales de bienvenida al resto del cuerpo. Estaba receptiva y expectante. Anhelante y exultante.

Había llegado a Barcelona con más dudas que un mudo cruzando las vías del tren, pero ahora, estaba más segura que un ignorante. No sabía que me depararía aquella gran ciudad, pero me daba igual. Yo, de Madrid, mujer de empresa y de éxito por si no lo había dicho ya, soberbia como yo misma, pude notar mi retorno a la juventud. A la inexperiencia ancestral.

Y estando en la habitación, serían las ocho de la tarde ya, aún me acordaba cuando le hice mención al tacto y tamaño del juguete sexual que finalmente me llevé.

-No sé, parece que está bien, tiene buen tamaño y tacto- le había dicho sosteniendo en mis manos el juguete sexual, por llamarlo de alguna manera; porque de juguete no tenía nada, era casi real. Era como tener lo que toda mujer desea en mis manos.

No lo dudé y probé de verdad el dildo del sex shop

El hombre de forma tímida y provocativa había esbozado una sonrisa de complicidad; un signo, o al menos así me pareció, de invitación al desenfreno. No lo pensé, ni dudé más. Con el consolador en una mano, y con el móvil en otra, acerté a llamar a la tienda, al sexshop, con el ticket de compra a un lado. No era para cambiarlo, no, era para probarlo de verdad.

-Hola, sí, dígame, Sexshop.- y la voz se paró. Enseguida reconocí su voz áspera y segura.
-Hola, no se si acordará soy la señora que he comprado esta tarde un dildo rosa, o violeta, qué mas da, el caso es que al final usted me convenció y lo he comprado. ¿Se acuerda?- dejé la pregunta ofrecida, lo mismo que estaba yo, esperando una señal positiva y receptiva.
-Sí claro, cómo no acordarme de una señora tan amable y clienta, además.

Dijo clienta, pero en mi aturdimiento y tontería femenina había entendido “calienta”. Y pensé. Tiene razón. Estoy muy “calienta”.

Y ahí, pude comprobar que podía ejercer nuevamente de empresaria decidida y de éxito. De mujer de negocios, de loba solitaria. No de Wall Street pero si de la Ciudad Condal, de Barcelona o Barna, como dicen muchos. La apocada e insegura señora de calle había tomado de nuevo las riendas. El extraño vendedor me había hecho una señal de aceptación. Le dije de venir a mi hotel después del cierre de su negocio. Pero no aceptó.

-Puedes venir a mi casa, no hay nadie, apunta la dirección.

Me casi ordenó. Y la apunté, la anoté y el dildo comprobé que sabe mucho mejor en compañía que en soledad. Las fotos lo demuestran. El sofá de material propio de una casa humilde, pero de un hombre con un gran dildo rojo. El de verdad. El suyo personal. Por qué lo llaman dildo cuando en realidad quieren decir sexo.

 

 

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