Madura española con ganas de vivir

Madura española con ganas de vivir

Este verano tuve la experiencia más excitante de todas las vividas. Nos habíamos ido para Valencia a pasar unos días, con mi familia. Yo, ahora soy algo más maduro, pero por aquel entonces con cara de ser un repartidor de pizzas o de servir en un mac auto, seduje sin querer a una bellezón maduro en un hotel. A toda una mujer.
Mis padres iban a lo suyo en el hotel, para arriba, para abajo; mi hermano pequeño, digamos que en su micromundo por hacer, reía y lloraba sin saber qué aprender; y yo, yo con mis deseos a flor de piel.
Cada mañana que la familia Ortiz bajaba a desayunar, es decir, nosotros, ella estaba allí. En una esquina, sola y arreglada para ir a la playa, y comiendo un desayuno de lo más saludable que te puedas echar a la cara. Yo mientras tanto, mascullaba y murmuraba: “qué bonita eres, pero qué guapa llegas a ser”. Mi madre que no es tonta, me decía:
-¿Qué dices atontao?- mi madre ha sido siempre un poquito descarada conmigo. No se lo echo en cuenta. Es mi madre.
-No mamá, son los cereales que el sonido, te confunde; no digo nada- Y como si nada seguía engullendo mis kellogs, y musitaba sobre ella, sobre mi ilusión amada. La mujer de la esquina del hotel.
Ella engullía en la lejanía, mis padres discutían, y mi hermanito jugueteaba con su pokemon de miniatura a la vez que masticaba y trituraba la tostada de fresa.
Ese día era martes, un día no muy agraciado para los supersticiosos, pero uno más para el resto de población. Mi familia se fue por entero a la playa. Yo no tenía ganas de ir. A las 12 del medio día la playa de Cullera, se pone a parir, y es allí donde iban. Me quedé en mi habitación, pero bajé al hall, a darme una vuelta. Estaba cansado de tanta sombra. Allí abajo, ante tanta luminosidad de la espaciosa planta principal del hotel, empecé a curiosear. Sillones grandes, grandes sofás, un hilo musical agradable, una biblioteca para quién quisiera leer; en fin, todo un lujo para la vista. Lujo, que se quedaba pequeño, al ver, a la madura selecta sentada y pensativa en uno de los sofás, o “sofales” como dirían algunos. Me acerqué sin más y me senté delante de ella.

Madura española sola en el hall del hotel valenciano

Al cabo de los cinco difíciles y silenciosos minutos, sí, cinco, fueron muchos cuando el silencio es abrumador. Es toda una eternidad. Voy yo, y suelto esa gilipollez que dice así:
-¿Hace buen día verdad?
Hay frases subnormales, pero ésa, las había superado a todas. Ella me miró, sin entender mucho lo que pasaba ni lo que yo había dicho. Y con esa displicencia e indiferencia con la que una maduraza española, puede mirar a un niñato blanquecino como yo; ella y pese a todo eso, tuvo el decoro de contestarme:
-En efecto, un buen día, un día caluroso y playero…¿Estás de vacaciones?- me dijo ella.

Ahora sí que nos habíamos puesto al mismo nivel, si mi pregunta era absurda, la suya era de un mongolismo sin límite, como el universo irracional. ¿Si estaba de vacaciones?, ¿en verano?, ¿en un hotel y un niñato como yo?. No, no, qué va, estaba de negocios, cerrando un acuerdo. El de mi virgen polla.
Éramos igual de tontos, igual de ensimismados, por lo que fuera, pero ambos estábamos en el limbo, yo no quería buscar las causas. Me quedaba estaba vez, con los hechos. En la tierra de nadie. Y ahí, todo puede pasar.
Empezamos a hablar como si fuéramos quinceañeros, de tú a tú; yo me hacía mayor con ella, y ella se hacía pequeña conmigo. En un momento, las edades se fundieron, y ahí, por primera vez pude comprender el jodido equilibro térmico que tantas veces me explicaron en el instituto, y que tantas veces no comprendí. Cuando dos cuerpos están en contacto mecánico directo o simplemente y como era nuestro caso, cuando ambos se encuentran en una esfera de transferencia calorífica, ahí, se produce el jodido equilibro térmico. La temperatura se había igualado, veníamos con diferencias, pero estábamos al punto de caramelo los dos, iguales en grados, iguales en calentura: iguales para follar.
Ella, elevada, blanquita, bellezón, rasgos afrancesados, y una silueta escultural que te quita el hipo, hizo de mí, un hombre aquella mañana forastera. Nos fuimos a la playa, sí, yo no quería ir, pero cuando el entorno cambia, el pensamiento se muda de escalera. Porque la palabra tiene menos valor que un mono borracho. Yo, quería ir a la playa con ella. Me parecía un fantástico día. A la una del mediodía. A la encantadora playa de Cullera. Fuimos, nos bañamos, jugamos, nos hacíamos ahogadillas; ella me curioseaba el paquete, yo lo quería entregar con seur, es decir, express. Y se calentó al estar con alguien más joven, se impresionaba al verme excitado, jugaba conmigo. Yo me dejaba, no me quejaba.
Llamé a mis padres para decirles que me había ido a dar una vuelta. Estuve casi todo el día con ella. Y mi familia no sospechó nada. Jugamos, fuimos a su habitación de hotel, y allí follamos como adolescentes. Yo no tenía ni tengo apenas experiencia sexual, pero ella me enseñó. Aprendí rápido. Ojala el instituto hubiera sido así: aprenderlo todo en una mañana.
Ya en octubre, en el presente mes, y pasado todo aquello, recibo unas fotos, de alguien que nos fotografió, que nos inmortalizó. Nos pilló. Aunque para mí no tiene consecuencias. Para ella sí. A ella, le han arruinado y chantajeado su vida de profesora. Con estas fotos más que comprometedoras. Ella está casada. Ella es profesora y en matrimonio, cosa que ni le pregunté, pero llevaba una vida de escort a horas libres y era mujer de compañía. Puta de lujo para altos ejecutivos. Pero ese día se encaprichó de un joven inexperto con menos tablas que una canoa hichable. Su amor, por primera vez, fue verdadero. Y yo se lo agradezco.

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