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Disfrutar de la noche más erótica con una escort en Madrid

Otros Eróticos 08/05/2018

una escort en Madrid discreta

Este relato no tenía pensado escribirlo pero me he animado dado la cantidad de erotismo que he encontrado en esta web, y mi historia es una más, una vivencia que está llena de fantasía y realidad.
Me encuentro un sábado otra vez solo en casa, como el de la película pero con algunos años más; mi novia de toda la vida me dejó hace cuatro meses por otro, que ni lo conozco. Vaya tela marinera. Al parecer mejor que yo, porque si no, no entiendo su cambio.
Mis amigos ya no son tantos, dicen que se pueden contar con los dedos de una mano, pero ni eso. Antes salía mucho con ellos pero ahora prefiero estar en casa, o como solía hacer antes, estar con mi novia. Mi amada novia, mi lejano recuerdo y mi cercana nostalgia.
Hasta hace poco no sabía lo que era una escort, pero ese sábado, el día en el que me liberé, no lo dudé ni un segundo. ¿Prefería estar en casa solo o estar con una chica bella, sensual, morbosa, simpática y muchas más cosas más?. Pues lo segundo. Así que llamé a Bárbara, escorts Madrid era su título de bienvenida, me pareció exacto para mí; la pude localizar y seleccionar entre una multitud de bellezas por internet. Se presentaba sensual, agradable, delgada, brasileña y culona. He dicho culona!, sí, lo he dicho, porque solo decirlo me acuerdo de su precioso, enigmático y encantador culo. Era y es toda una belleza.

Bárbara, toda una escort en Madrid que nunca olvidaré

Nos citamos a las 10 de la noche, enfrente de la Puerta del Sol, era como comer las uvas, pero otro día y no uvas, sino peras. Menudas peras, dulces y acarameladas. La verdad, no soy de decir vulgaridades, y menos aquí, y en mi primer relato, pero tenía y poseía una peras que ni Afrodita en sus mejores días.
Su nombre ya denotaba algo feroz, salvaje, fiero, asalvajado, natural, enorme, y alocado; justamente fue como la noche: alocada. Bárbara retumbaba en todo el restaurante, en toda la habitación, en toda la Puerta del Sol.
Fuimos a cenar, yo llevaba dinero, no me importó pagar la cena y pagar lo demás. Era nuestra noche, Bárbara tenía una voz sensual y misteriosa, lejana y cercana, sublime y erótica. Dicen que a una chica no la conoces hasta que no estás con ella en la cama, en la intimidad; he estado con miles de amigas de la Universidad y no sé ni cómo duermen, ni cómo comen, ni cómo imaginan, ni cómo nada. Solo las he visto tomando pesados apuntes, hablando y hablando de sus cosas, de sus novios,  de sus deseos, de sus tonterías, de esto y lo otro, y no les he visto ni una teta. Toda una frustración. Una pena de años universitarios perdidos, de tetas no vistas.
A mi nueva amiga escort de la noche madrileña, encima de agradable y complaciente, le vi los pezones resplandecientes, nada más empezar la noche. Y no tuve que esperar ni un trimestre, ni un mes, ni un día: fue cuestión de horas.
La cena fue tranquila y no fue puro trámite, se vivió con intensidad y moderación, porque ahí la pude conocer, escuchar y observar. Una vez cenamos a gusto y en proximidad, nos fuimos al hotel que yo había reservado. Habitación de lujo, en la última planta, con todo tipo de comodidades: jacuzzi, cava, pantalla grande de cine, cama de agua y cama normal, lo cual, nada era banal.

Ella, nada más entrar se descalzó, y su delicado y fino vestido de noche, lo hizo caer, deslizándolo por su suave piel. En menos que pude decir, ¿te gusta la habitación?, ella ya estaba preparada. Fue la sorpresa más agradable de la noche, cómo se nota que tiene experiencia, y no mis pesadas compañeras de pupitre que solo sabían hablar de axiomas, de senos y de cosenos. Estudié matemáticas, que se me había olvidado decirlo.

Un masaje erótico relajante y sensitivo feliz y sabroso

¿He dicho senos?. Coseno y senos los de mi amiga sensitiva, perfectos para mis manos, encima de ser respetuosa y educada, era sensual y delgada. La educación me excita en una mujer, odio a las mujeres vulgares y que se creen que por tener dos tetas y un coño lo tienen todo hecho y dicho. Conmigo no es así.
– Mis masajes eróticos son excelentes, tengo un culo que te hará ver las nubes y mi final feliz es más alegre que una tarde en Porta Ventura.

Esas palabras me dejaron fuera de servicio, qué inocente y qué atrevida a la vez, una escort en Madrid y solo para mí y no sabía qué hacer; pero la verdad que su trasero me excitaba más que a un toro de campo abierto.

– Te puedo ver por detrás, el culo me refiero.

Ella no lo dudó ni un instante, se giró y con una ligereza de un gato asustado, pasmosa se cogió las nalgas e hizo la abertura u obertura correspondiente. Vi a la perfección y con profundidad de qué estaba hecha la brasileña Bárbara.

– ¿Te gusta amorcito?
– ¿Que si me gusta?… que sí, me gusta- afirmé con rotundidad.

Y seguirá, porque hubo tela marinera…

PD. Las fotos son ya en mi casa, hace un mes, con Bárbara desinhibida. Ya tenemos confianza. Si queréis más relato solo tenéis que comentarlo de una escort en Madrid que acabó, hoy día, en mi casa de Madrid.

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Latina tetona gozosa follando

Casadas insatisfechas 14/12/2017

Era mi primer vídeo que veía, un vídeo porno de una mujer, no acostumbro a ver a mujeres haciéndolo pero esta vez quería verlo. Una madura, yo tengo 26 años, y solo he tenido experiencias sexuales con chicos, pero me picaba la curiosidad. Toda una mujer, tetona, latina, y bien cachonda así que me puse el vídeo porno, el mismo que aquí dejo.

Latina tetona morena follando sin parar

Follando sin parar y tetona como es, no pude parar de mirarla, quizás se puede entender mi calentura.

Cogí mi vibrador gordo al ver la tetona

No pude hacer otra cosa que ponerme cachonda, las tetas gordas ya me excitaron, luego verle el coño bien gordo y caliente, el mío también se puso así. Yo soy rellenita, más bien gorda, con buenas tetas y un chocho bien peludo y grande. Se me erizaron todos los pelos, me puse con ganas de tetas más que de polla (y es de extrañar), y no pude aguantar.

Me follé una y otra vez con el vibrador

Un vibrador que tengo hace poco que me regalaron en una despedida de soltera lo cogí, para que hiciera las veces de una polla. Me lo pasé suave por mis hinchados labios mayores y menores, me puse bien perra como nunca. Solo quería a una mujer, pero no la tenía así que me puse más vídeos XXX de tías en pelotas. No sé si contar más, pero os dejo para terminar el vídeo que tuve que mirar.

Después de esto estoy cachondísima, ver estas tías con tetas gordas, unas en la playa y las otras en plena acción, me dan hasta envidia a pesar de que mis tetas no son nada pequeñas. Pero me calienta ver como les gustan tanto follar y moverse. Increíbles. (Una lectora más)

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Universitarias preguntando qué es una paja (3)

Lésbicos, Relatos XXX 01/11/2017

Raquel, la más inocente e ingenua de nuestras amiguitas ya conocidas como las universitarias, seguía curiosa por saber a la perfección todo este mundo de la masturbación. Perpleja y expectante, aturdida y empanada, atontada y agilipollada, Raquel aguardaba como el guepardo espera su presa, mirando silenciosa y con mucha hambre, pero que mucha hambre de sexo.

-Ire, tía, ¿al final hacemos lo del estudio de campo de pajas o no?
-A ver Ra, piensa un poco, ¿crees que después de tantos años de estudio, en la U..N..I.. vamos a dejar las cosas a medias?, eh! tía…- le contestó Irene ya con un tono increpante.
-Es verdad,no, no, no, ni hablar de cosas a medias, en la Uni nos enseñaron a que se ha de llegar hasta el final, pase lo que pase, no quedarse con la duda. Que ya sabes el refrán, ante la duda la más…. Para esoooo hemos estado estudiando tanto tiempo… ves, tía, ¿como no soy tan corta como crees?…
– Y ahora que dices de tetuda, ¿te han crecido las tetas o qué Rá?, ¿parece que te abultan más no?
-Pues tienes razón, esta mañana cuando me miré en el espejo, me las veía más grandes, me puse hasta cachonda, verme con más tetas, bueno más no, dos las de siempre, pero mayor tamaño. Joder tía, qué mal me explico, no sé para qué me sirven tantos apuntes, si no sé ni resumir. Es que aún estoy creciendo tía, y las peras también me crecen. ¿Hasta las noto con mas peso y todo, me cuelgan no lo ves, que parecen unas campanas de un campanario? Y valga la “rebunbandia”.

En ese momento la inocente Raquel, se subió la camiseta ahí mismo donde estaban, en la habitación del cuarto de Irene, y aparecieron las dos tetas aún jóvenes de nuestra amiguita, pero ciertamente más grandes.
-Joder tía, vaya buenas tetas, me gustan, tienes buenos pezones, y esos granos alrededor del pezón, vaya morbo me estás dando tía, ya no sé si hacer el estudio de las pajas o pajar por mirarte.
-Dónde vas tía, no es pajar es pagar, con g. Joder no te ha servido de nada tantos años en la uni, tanta paja al final lo ves todo con pajas. Es p..a…g…a..r. Con g si no sería pajar, como el de las gallinas.

-Te quieres crees que tanto cachondeo me estoy poniendo hasta cachonda, es que tienes una tetas que…¿puedo tocar un poco Ra? Anda déjame, como si fuera un tío pero con manos de tía.
– Toca, chocho, que eres una ansiosa, que te gusta to lo grande y blando.

Irene, sin esperar ni un milisegundo ya estaba tocando y saboreando los placeres más recónditos de su inestimable y cercana compañera de estragos y alegrías.

-Mmmmm vaya meloncitos, tía, esto ni en la plaza, ¿deben estar dulces?
– Dulces?, anda mama un poco tía, que se note que eres universitaria, mamona!

Fue decir mamona e Irene ya estaba ejerciendo el gerundio del mismo verbo, es decir, estaba mamando. Mama que te chupa, chupa que te mama.

-Pero qué rico, si parece piña colada, qué dulce y suave, ¿te sale leche?
– Si hombre, ni que fuera una vaca, aún no,pero ya verás como si a alguno de los que hacemos una paja, luego me la mete, ya verás como tendré un hijo, y entonces, tendré más leche que una central lechera.
– No me digas eso, Ra, que soy capaz de buscar al lechero para que te meta su manguera.
– Será al bombero no tía?, que eres una palurda.
– ¿Qué pasa que los lecheros no usan manguera, para limpiar las tetas de la vaca?
-Es verdad Ire, que lista e inteligente eres, como se nota, tantos años de apuntes y clases de teórica por las tardes. La manguera del lechero, dicho así, parece el título una peli porno. La manguerita del lechero.

¿Te gustan mis tetas?

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Las tetas de mamá

Incesto, Maduras 31/10/2017

Miguel Ángel abrió la puerta y entró en casa.

– ¿Dónde estás, mamá?

– Estoy aquí, en la cocina.

Miguel Ángel tenía 14 años, era el menor de tres hermanos, su experiencia sexual era nula, hacía poco que había empezado a masturbarse, eso sí, lo cogió con afición y todos los días se hacía una paja por lo menos. Últimamente el objeto de dichas pajas era su madre, no sabía muy bien porque pero se había obsesionado con ella, sobre todo con sus tetas.

Pilar, su madre era un ama de casa típica de esa época, finales de los setenta, era bajita y algo regordeta, ¿Sus tetas?, Eran grandes, pero no exhuberantes, las típicas tetas que han dado de mamar a tres hijos.

Ella no las lucía, iba siempre bastante recatada, en casa con una bata de manga corta en verano o una guateada en invierno. Cuando salía a la calle lo normal es que fuera con una camisa o polo y una falda o un vestido hasta las rodillas, incluso había descartado un vestido que tenía por ser demasiado escotado.

¿Le destacaban las tetas?  Si, pero no era por su culpa.

Miguel se sentó en la cocina, su madre trajinaba en los fogones y le daba la espalda.

Vaya culo que tiene mi madre, pensó, no podía quitar los ojos de él. No sé lo pensó, se sacó la polla y se empezó a masturbar, como su madre se diese la vuelta no sabía que iba a decirle

– Estás muy callado, hijo.

– Si, dijo, mientras seguía meneandosela.

– ¿Que tal el colegio?

– Bien mamá, me han sacado a la pizarra y he resuelto bien un problema.

– Así me gusta..

Se iba a correr, se levantó sin saber muy bien que  hacía y le echó el semen a su madre en la bata, a la altura del culo, se metió el rabo dentro del pantalón rápidamente.

Su madre sintió algo en el culo y se volvió, se sorprendió al verle tan cerca.

– Leches, hijo, que susto me has dado creí que estabas sentado.

– Es que iba a ver qué hay de comida.

– Hay lentejas dijo su madre.

– Vale mamá, me voy a mi cuarto a estudiar.

Su madre se quedó sola en la cocina, echó la mano para atrás, donde había sentido el golpe y lo notó húmedo. ¿Que es esto,?, Pensó. Se miró la mano y casi da un grito, vio la sustancia blanca y pegajosa y supo que era semen y solo podía ser de su hijo.

Se quitó la bata y vio el manchurrón, había sido una buena corrida.

Hecha una furia se dirigió a la habitación de su hijo sin importarle estar en bragas y sujetador.

– ¿Que es esto, Miguel? Dijo enseñándole la bata.

– No se mamá, parece agua, dijo Miguel que no podía quitar los ojos de las tetas de su madre. Además yo estaba en la habitación.

-¿Y antes cuando estabas en la cocina, que has hecho?

– Nada, mamá. Hablar contigo.

Pilar se dió cuenta de cómo le miraba las tetas, se cubrió un poco con la bata y salió asustada de la habitación. Su hijo era un monstruo.

Dejó la bata en la lavadora, se vistió con una falda negra y un suéter blanco, el suéter le estaba algo estrecho lo que hacía que sus tetas destacasen más, ella no se dio cuenta, pero el que seguro se ba a dar  era su hijo, al que le encantaba ver a su madre con ese suéter y además con falda.

Pilar decidió que tenía que hablar con él, entró en su habitación.

Miguel estaba tumbado en la cama, al verla se sentó y pensó en lo buena que estaba así vestida, Pilar se sentó a su lado y le puso la mano en una pierna.

.- Mirá, Miguel, masturbarse es normal a tu edad.

– ¿Mastur…. Que? Mamá.

– Masturbarse, tocarse la cola.

-¡Ah!

– Lo que no está bien, continuó su madre, es que lo hagas pensando en mi, y mucho menos que me eches tus cosas encima ¡Soy tu madre!

– Perdona, mamá.

Su madre tenía todavía la mano en su pierna, de pronto sintió algo, miró y vio un bulto dentro del pantalón de su hijo, se estaba excitando, le miró y le vio fijo en sus tetas, ¡Esto tenía que acabar!

– ¿Se puede saber que miras?

– Nada, mamá.

– ¡Nada! No haces nada más que mirarme las tetas.

– Perdona mamá, es que son muy bonitas.

– ¿Pero me las has visto acaso?

– No, pero me las imagino.

Su madre tomó una resolución, tenía que desmitificar sus tetas.

– Te las voy a enseñar para que veas que no son como te imaginas,.

– Vale mamá.

Pilar se quitó el suéter, quedándose con un sujetador color carne.

– ¿Lo ves?

– No, mamá, no veo nada quítate el sujetador.

Pilar dudó pero decidió seguir hasta el final y se lo quitó, apareciendo sus dos generosos pechos. Se sentó de nuevo al lado de Miguel.

– ¿Los ves ahora?

– Si, mamá.

– Los ves, están caídos y son blandos, dijo Pilar.

– ¿Puedo tocarlas?

– Vale, para que veas que no valen nada.

Miguel puso sus manos en las tetas de Pilar, en ese momento vio que había perdido la partida, el sobeteo de su hijo la estaba excitando, se avergonzó, pero lo que le llevó a la locura fue lo que vino después.

– Mamá, me aprieta mucho el pantalón.

Pilar miró y vio el enorme bulto.

– Claro, hijo, te has puesto como un burro, sacatea no te vayas a lastimar.

– Si mamá, Miguel se sacó la polla.

Cuando Pilar la vio se quedó alucinada, menudo pollón gastaba su hijo, no lo pudo evitar la cogió y empezó a masturbarse, mientras Miguel había vuelto a agarrar las tetas de su madre.

– Mamá. Me estás masturbando.

– Si hijo si, mira lo que has conseguido.

– Yo no he hecho nada mamá.

– Calla y sigue sobandome las tetas.

– Si mamá.

Miguel se corrió, su madre dirigió el esperma hacia sus tetas, algunas gotas callejón sobre su falda destacando en la tela negra.

– Mamá, te lo has echado encima como hice yo antes.

Pilar volvió en sí, agarró su ropa y salió de la habitación con la cabeza gacha, avergonzada.

Miguel se tumbó en la cama sonriendo, lo había conseguido.

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Cobarde para ser feliz

Confesiones, Relatos Cortos 23/10/2017

Es el desahogo de sentimientos más que un relato erótico.

Quién decide qué es el amor. Cómo se mide un sentimiento. Algunos dicen que se sabe porque se entienden las canciones, otros por las mariposas en el estómago, otros tartamudean, pero no creo que haya una medida para decir si, ahora estoy enamorada.

Yo sé que amé a una mujer, no sé qué medida utilice, pero sé que la amé sobre todo lo demás.

Una mujer maravillosa, inteligente, divertida, con sentido del humor, generosa, cariñosa, simpática, con genio, carismática, paciente, la más bella, perfecta en todo su ser.

Sé que la amé y sé que la amo.

Pero, cómo se demuestra amor a alguien que no tienes. A veces la gente no sabe demostrar sus sentimientos, quizá por miedo, quizá por vergüenza, quizá por inseguridad, pero todo se traduce en lo mismo, cobardía.

Y eso fue, me dio miedo ser feliz, no me atreví, dejé escapar a la mejor de todas las mujeres por cobardía, no me atreví a luchar por ella. Ella era todo lo que necesitaba para ser feliz, y la dejé escapar, peor aún, la eché de mi vida. No me la jugué por ella, la decepcioné mil veces, y mil y una oportunidades me dio, dejé que mis miedos pesaran más que todo el amor que puede caber dentro de mí. Ella me llenaba, me alegraba, me rompía y me recomponía en cuestión de segundos, me hacía volar, con ella todo era posible, podía ser lo que quisiera, nada podía salir mal si estaba cerca, y yo no me atreví a quedarme a su lado. Pasaron años sin ella, años grises, sin risas, sin motivos para querer seguir, pero la volví a encontrar y todo volvió a cobrar sentido, me prometí que esta vez lucharía por ella, por su amor, que esta vez me atrevería a quererla como ella merecía, con todo lo que soy, y le volví a fallar. Me volví a acobardar, dejé que los miedos del pasado no me permitieran demostrarle cuánto la quería, dejé que todo por lo que pasamos, todos los malos momentos se volvieran a agolpar en mi cabeza, paralizándome, impidiéndome luchar por su amor, permitiendo que todo se volviera a fastidiar, permitiéndome perder el más puro amor que jamás sentí, el de quien lo daba todo y solo me pedía que por favor no la tratara mal. No sé si después de todo lo que ha pasado creerá que alguna vez la amé, yo no lo haría, ella merece lo mejor, se merece el universo envuelto y posado sobre una bandeja de oro, y sé que yo no lo soy.

Escribo estas líneas a modo de desahogo, pero con la esperanza de que ella las lea, que por un segundo se crea que de verdad la amé con todo mí ser, pero que nunca lo supe demostrar.

Y si es así, si por casualidad lo lee, le diré que es el mejor regalo que me pudo dar la vida, haber podido disfrutar de su compañía, de su risa, haber provocado yo esa risa, es algo que no tiene precio.

Sé que amé a la mejor de las mujeres, que su recuerdo me acompañara siempre, que si alguna vez vuelvo a sonreír , será porque estaré pensando en ella, hasta mi último día, y cuando ese día llegue, querré un epitafio que rece: Demasiado cobarde para ser feliz.


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Más de mi yerno

Abuelas con jovencitos, Incesto 30/09/2017

El leve roce por detrás en mi culo, me hizo saber que él me atacaba, mi yerno caliente iba a por mí. Y a mí, eso me gustaba.
Pero sobre todo, lo que me sorprendió fue aquella porra parecía de hierro y mi marido nunca la tuvo tan dura.
Cuando menos lo esperaba él se pegó a mi espalda y asomándose de nuevo entre las dos ligeramente dijo… “Me alegro de que nos hayamos quedado a verlo. Esto es una maravilla” y en ese instante metió su mano por el costado de mi falda, recorrió todo mi muslo y amaso mi nalga a su antojo. Tiró de mi cachete un poco hacia afuera abriéndome más el trasero hasta que la punta de su polla presionaba ya directamente en mi culito.

Mi hija seguía haciendo comentarios pero yo ya no la oía y desde luego estaba que no me salía la voz del cuerpo.

Tenía que hacer algo así que disimuladamente lleve mi mano atrás para coger la suya y retirarla pero al notar mi mano él me la cogió y la apoyo sobre mi cadera colocando la suya sobre la mía para acariciarme.

¡Joder!, que tormento de hombre ¡por Dios!

Me estaba mareando. Sentía pulsaciones en mi culo y ya no sabía si eran mías o eran de su polla pero me estaban poniendo enferma. Él coño se me estaba poniendo resbaloso y notaba como los labios se deslizaban entre ellos al apretar mis piernas. La sensibilidad de mis pezones era tan grande que el más mínimo movimiento me hacía sentir el roce de mi blusa como una tortura.

Su mano era tan cálida… por un momento creo que cerré los ojos e imaginé lo que sería sentir aquella mano tibia recorriendo mi cuerpo. Sin poder evitarlo dejé que se recreara restregándose todo lo que quiso.

Estaba muy excitada y mi mente comenzaba a imaginar cosas.

Lo que daría por sentir aquella barra de carne caliente entrando en mi cuerpo. Estaba al borde del orgasmo pero … ¡se me iba a notar!.

Miré a mi hija de reojo. Estaba concentrada en los barcos.

Sí, joder, podría correrme sin hacer ruido. Como cuando ella era pequeña y dormía en la cuna.

Pero ahora su madre se iba correr con la polla de su yerno encajada entre las nalgas.

Apreté mis muslos y me concentre en las sensaciones que sentía en mi trasero. Creo que apreté un poco hacía atrás y él respondió clavándose aun más y haciéndome sentir las costuras de su pantalón.

Aspiré todo el aire que pude y aguanté la respiración apreté su mano y… uffff, sí, sííí, sííí…

Me corrroooo, me corroooo…. Ummmmffffffffffffffffff!!!

Ohh, ¡Dios mío!, que gusto otra vez. Sentía la brisa refrescar mi cara que estaba ardiendo por el sofoco.

No sé cómo conseguí contenerme pero mi hija parecía seguir sin enterarse de nada.

Relajé mi cuerpo y mi mente disfrutando del regusto tras el orgasmo hasta que viendo que ya no quedaban muchos barcos liberé mi mano de la suya y le di una palmadita.

Él debió entender que la fiesta había llegado a su fin porque se despegó de mí y dijo que tenía que ir al baño antes de salir de paseo. Seguro que se quito de en medio para que mi hija no viera como estaba o quizás se haría una paja rápida.

Durante la tarde-noche no volvió a ocurrir nada y aunque al acostarme estuve esperando escuchar alguna actividad en el salón, tampoco ocurrió nada. Me dormí recordando las caricias de mi yerno pero sin volver a masturbarme, imagino que por el sentimiento de culpa que me creaba aquella situación.

Al día siguiente tendría que hablar con mi yerno y poner fin a aquella extraña situación.

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AMAR… NO AMAR

Confesiones, Erotismo y Amor, Follamigos, Relatos sexo 22/03/2017

Magdalena, más conocida por Magda por cuantos la tratan, era una mujer que, a sus treinta y dos años, estaba ya de vuelta de todo, era una zorrita caliente de media tarde,  pues había tenido que vivir a marchas forzadas. Puede decirse que, a pesar de seguir vivos tanto su padre como su madre, estaba huérfana de ambos desde sus seis años, pues sus progenitores por esa época de su vida se divorciaron y cada uno, como ahora se dice, rehízo su vida con la misma pareja con la que, de antiguo, se “los ponía” al otro cónyuge. Por lo tanto , y desde ese principio la niña estorbó tanto al padre como a la madre.

Magda, una niña endurecida desde la infancia

Consecuentemente, cuando todavía no había alcanzado los siete años, se vio recluida, interna, en un colegio de monjas. Y si desde el divorcio poco caso le habían hecho ambos progenitores, desde entonces éste brilló por su ausencia. Poco cariño materno-paterno recibió durante sus primeros seis años más o menos, pero a partir de casi agotarse ese sexto año de su vida el cariño de sus progenitores se convirtió en algo nulo.

Esta sensación de abandono, de práctica orfandad, se agudizaba los fines de semana, cuando veía cómo los padres de casi todas sus compañeras aparecían por el colegio para llevarse a sus hijas desde el viernes hasta el lunes por la mañana a sus propias casas; o cómo, las pocas que quedaban en esos días en el “cole”, pues sus hogares quedaban lo suficientemente alejados para permitir la marcha durante las tres noches del fin de semana, recibían la llamada telefónica de sus familiares más queridos, y no pocas veces la de la familia menos cercana; incluso, a veces, la visita de sus padres durante todo el fin de semana, que incluso sacaban a las niñas que pasaban así esos días en el hotel que los padres ocupaban hasta el domingo a última hora o el mismo lunes por la mañana.

Y qué decir de las vacaciones de Navidad y Semana Santa, todas, todas, sempiternamente en el internado. En las vacaciones de verano sí que solía pasar un tiempo con su madre y con su padre, aunque no de manera revuelta, pues durante el mes de Julio se la solía llevar una decena de días la madre y otra decena, a veces hasta una quincena, el padre, pues resultaba que la nueva esposa del padre toleraba mejor a la niña que el nuevo marido de la madre. El resto del verano lo pasaba en un campamento de verano que le proporcionaba el internado previo pago de sus padres; aunque, generalmente, era el padre quien afrontaba este pago extra.

De todo esto se derivó que Magda, a sus once-doce años fuera una niña dura y autosuficiente, con un acusado sentido de rebeldía y a sus diez y seis-diez y siete una jovencita adolescente no solamente dura, autosuficiente y rebelde, sino acentuadamente independiente, lo que hizo que deviniera en una veinteañera por entero independizada que, desde que abandonó el internado a los diez y ocho años, nunca más quisiera ver a su madre, asqueada más que temerosa de “ciertas” maneras que en los últimos dos años venía observando en su padrastro hacia ella y que su madre siempre se negó a admitir, acusando en cambio a la muchacha de lianta y mal metedora entre ella y su nuevo esposo; y a su padre, aunque sin romper por entero la relación pues su nueva esposa no acabó de caerle del todo mal, apenas si le trataba de todas formas.

Estudió la carrera de económicas y logró trabajo como técnico comercial, algo así como asistente-adjunto al Director de Ventas en la filial española de una empresa de automoción alemana. Seguidamente, alquiló un apartamento-estudio en una cómoda y tranquila urbanización del extrarradio madrileño, al norte del Gran Madrid de aquellos años finales del caduco siglo XX, con un saloncito bastante amplio gracias a haber absorbido la pequeña terraza que se abría a una calle ajardinada y un tanto ancha, casi una recoleta avenida. El salón por la noche se hacía dormitorio merced a la cama en que podía convertirse por la noche un sofá. El apartamento se completaba con un cuarto de baño completo y una cocina que no resultaba tan minúscula. A los cuatro o cinco años de trabajar en aquella filial alemana pudo por fin comprar ese apartamento-estudio. Una Magda en la treintena hecha a sí misma.

zorrita caliente

Así, Magda llegó a la treintena de años convertida en una mujer que apabullaba al más atrevido representante masculino del género humano más que por su increíble belleza, por la fría seguridad y aplomo que mostraba. A ella nadie la elegía, sino que era ella quien elegía. Además, siempre lograba lo que se proponía, pues era fría y dura como el acero, inteligente a la hora de jugar sus cartas, voluntariosa y tesonera tras el objetivo que se propusiera, ya fuera éste comercial u hombre que la atrajera. Y muy, muy ardorosa en lo tocante al hombre, aunque sin poner nunca el corazón en ninguna de esas relaciones. Nada de sentimentalismos en su vida, nada de poner sentimiento alguno en nada, salvo el empeño por lograr lo que quería.

Amar, querer a alguien o a algo, incluso un simple perro de compañía, era un absurdo, una verdadera rémora que tanto le amargara la niñez, pues ella había querido profundamente a sus padres y ambos la habían hecho excesivo daño. Le amargaron sus años infantiles, tal vez cuando más cariño y apoyo necesitó, pero ellos entonces la abandonaron a su suerte, prescindieron de ella por completo pues no encajaba en sus nuevas vidas. Y se dijo que nunca más nadie le volvería a hacer daño, pues a nadie más volvería a querer nunca. La dureza más despiadada ante todo y ante todos y el más materialista pragmatismo frente a la vida fueron las dos piedras angulares sobre las que levantó el edificio de su existencia, un edificio que a veces se le hacía frío y deshumanizado, pero en el que se sentía segura y, por lo tanto, más bien cómoda. Y, si alguna vez casi añoraba algo más, un hombro amigo en el que aliviar la gigantesca soledad en que realmente vivía, lo solucionaba bien enfrascándose en la pragmática realidad del trabajo intensivo, bien sumiéndose en la música a todo volumen de cualquier discoteca para después encamarse con el “ligue” de turno.

Pocos novios para una infancia difícil de la zorrita caliente

Pero, a pesar de todo esto, también Magda había sostenido alguna que otra relación semi estable con algún, digamos, novio. Y decimos que semi, pues a la convivencia nunca llegó. Era demasiado celosa de su independencia para consentir en ello. Salir durante algún tiempo con un mismo tío, comer y cenar juntos e invitarle a su cama con bastante asiduidad, hasta permitir que él, de forma espontánea, apareciera por su apartamento de vez en cuando, podía ser, pero cuando la fiebre erótica había pasado, en la calle hace falta gente, nene, con que a tu casita y a soñar con los angelitos, o con las “angelitas”, siempre y cuando se parecieran a ella….

Tomás no había tenido suerte en la vida. Ya en el paritorio, recién nacido y sin siquiera haber abierto aún sus ojos al mundo al que acababa de llegar, su madre no quiso saber nada de él, se desprendió de él como quien se desprende de algo inútil y molesto, depositándolo en manos de una institución benéfica. Enseguida supo que estaba solo, que había sido abandonado a su suerte, pues tan pronto se repuso algo del tremendo trauma que para cualquier infante es eso de llegar a este mundo de dichas, sí, pero también de no pocas desventuras, dejó de escuchar esa voz que desde tanto tiempo, desde que su cortísima memoria podía recordar, venía escuchando y que tanto le había calmado en los muchos momentos de zozobra que a lo largo de su desarrollo embrionario había conocido. Tampoco escuchó más ese rítmico pulsar, esa especie de tic-tac que era el latido del corazón materno, que también ayudara a aplacarle en esos tensos momentos de su existencia de poquísimos meses.

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Así, recién nacido, Tomás fue a parar a algo que, por más que el nombre tratara de ocultar la triste realidad de su naturaleza con un rimbombante Hogar de no sé qué, no era más que un orfelinato u hospicio, descansando, y es un decir lo de descansar, en una fría cuna, no porque en verdad no resultara cálida en las frías noches de invierno, sino por la absoluta orfandad de cariño de madre; y no porque las cuidadoras no volcaran su cariño en los pequeños a su cargo, no, pues bien que lo ponían, sino porque Tomás resultó ser un bebé sumamente llorón. Cuando empezaba con la barraquera, que era un momento sí y al otro también, lo mismo de día como de noche, no había manera de callarle. De modo que las cuidadoras acabaron por dejarle a su aire y allí se pasaba el tiempo, en su cunita, berreando como un demonio y sempiternamente mojado, pues casi ni para cambiarle se le acercaban, entre otras razones, porque el rorro tenía la mala baba de volver a mojarse tan pronto le cambiaban: Que el nene tenía ese “caprichito”, vaya. Como era de esperar, ese estar continuamente llorando, haciendo sus necesidades casi que a cada momento y, además, la carita morena, muy, pero que muy morena que el “angelito” tenía, pues era un tanto gitanillo, no ayudó en nada a encontrarle un hogar donde poderse desarrollar como cualquier hijo de vecino. Pero lo malo fue que cuando empezó a crecer, cuando de bebé llorón fue pasando, primero a niño adusto que no se reía ni por equivocación y más tarde a un casi adolescente reservón, introvertido, retraído y muy, pero que muy poquito alegre a sus doce-trece años, tampoco coadyuvó demasiado para que unos padres de ocasión se hicieran cargo de él y pudiera acabar de educarse en un ambiente mínimamente hogareño, con lo que a sus catorce-quince años la vida de Tomás seguía desarrollándose entre los muros de aquél orfanato u hospicio. Así, a los diez y seis años empezó a trabajar en Correos como auxiliar postal gracias a los buenos oficios de la Fundación Benéfica que le acogió desde que fuera un recién nacido. Desde entonces, salía por la mañana a trabajar, sobre las siete y media-ocho de la mañana, con un bocadillito para media mañana, regresando al orfanato a eso de las cuatro de tarde, cuando podía comer. Y ya, la tarde la pasaba allí, con los “pupilos” más pequeños del orfanato, ayudando a cuidadores-cuidadoras a atenderlos. También a veces estudiaba algo, pues se le había metido en la mollera hacer uno de esos cursos por correspondencia de los que la propaganda dice que al instante te solucionarán la vida, así, por ensalmo… La propaganda, la publicidad… Que miente más que dice, pero que logra convencer a infinidad de incautos que, sin pestañear, se tragan el anzuelo de la nueva versión del antiquísimo “Timo de la Estampita”, y acaban comprando céntimos a “duro” (Información para lectores no españoles: Cuando existía la peseta, había una moneda llamada “duro”, cuyo valor era de cinco pesetas. Una curiosidad respecto a esta moneda española que, por cierto, era de 1848. Pues bien, el término “Dólar”, la célebre moneda USA, deriva de “Duro”; es el nombre que los “Usacos” realmente quisieron dar a su moneda, sólo que usaron una fonética digamos alemana y por eso la llamaron “Dólar”. En un principio el “Dólar” tuvo paridad 1:1 con el “Duro” español, que por aquél entonces era una de las monedas más fuertes del concierto financiero internacional. ¡”Oh Témpora”-Oh tiempos!- que diría un romano)
Durante tres años Tomás anduvo callejeando con la enorme cartera del oficio al hombro de portal en portal, distribuyendo el correo por cada vecindad. Pero cuando se iniciaba su tercer año en Correos se dio un cambio en su destino, pues fue ascendido a agente postal y, en la misma oficina donde venía trabajando, pasó al servicio de ventanilla en Giros y Certificados, con el consiguiente alivio para sus pies.
Allí conoció a otro chaval, Juan, casi de su edad, pues si Tomás estaba a punto de celebrar su 19 cumpleaños Juan estaba abocado al estreno de los veinte años. Ambos muchachos eran diametralmente distintos, pues mientras Juan era dicharachero, alegre por naturaleza y amigo de chanzas y bromas, Tomás era, cual lo fuera desde su más tierna edad, introvertido y reservado, mas, además, tremendamente tímido y falto de gracia, a pesar de su innegable etnia gitana. Para completar el cuadro de un ser insignificante e insulso, era muy, pero que muy desgarbado. Lo único en cierto modo agradable que en él había de eran sus ojos, grandes e insondablemente negros cual el fondo de un pozo y su cabello, negro como los ojos, tan negro como el tan mencionado ala de cuervo; amén de bellamente ensortijado, cualidades ambas derivadas de su condición gitana. Pero eso no fue obstáculo para que entre ellos naciera una profunda amistad.
Pero esa amistad sufrió un serio contratiempo cuando, recién cumplidos los 21 años, Juan comunicó a Tomás que en un par de meses, más o menos, se incorporaría al CIM de Cádiz (Centro de Instrucción de Marinería en San Fernando, Cádiz). Sí, Juan se había alistado en la tropa profesional, eligiendo la Armada. Su inquietud juvenil le impelía a conocer mundo, visitar países lejanos y eso se lo ofrecía la Armada, cuyos buques, en contra de lo que el vulgo pueda creer, en absoluto permanecen atracados a puerto, sino que permanecen navegando casi continuamente por todos los mares de la tierra (Doy fe de ello: Mi hijo mayor es profesional de la Armada y años hay que navega hasta 300 días)
En efecto, poco después de los dos meses, Juan partió hacia San Fernando, en Cádiz, para al mes, tras concluir la instrucción militar y jurar bandera, marchar de inmediato a Ferrol, donde a los tres meses obtuvo el título de operador de radio. Y no pudo descansar apenas nada, pues a las pocas horas de recibir el título también recibió la orden de presentarse en el buque oceanográfico Hespérides, en Cartagena, en el plazo de cuatro días. De manera que sí, llegó a casa, en Madrid, pasó allí tres días y al cuarto partió hacia su destino en Cartagena. Y a los ocho o diez días de incorporarse, el buque “Hespérides” partió de Cartagena rumbo a la Antártida en singladura de, más o menos, ocho-nueve meses.
Para cuando Juan marchó al CIM de Cádiz, Tomás hacía tiempo que conocía a la madre de su amigo, Julia, una viuda que tiempo ha alcanzara los cincuenta tacos de almanaque, pues se casó tarde y no le fue sencillo concebir a Juan, que nació cuando Julia estaba próxima ya a la añada de los cuarenta. Con Juan de once años, su padre falleció, se lo llevó un cáncer de páncreas, uno de los incurables, y Julia quedó sola con su hijo. Así, cuando Juan dio la noticia de su ingreso en la Armada, y cuando aún tardaría el hijo en marcharse unos dos meses, Julia propuso a ambos amigos que Tomás fuera a vivir con ellos dos, Julia y su hijo. Se había encariñado con el bueno de Tomás y le asustaba quedarse sola en su casa, no porque temiera agresión alguna, sino porque la soledad la aterraba.
Y Tomás no tuvo inconveniente en aceptar la propuesta de la madre de su amigo, más aún por la franca insistencia de éste, que lamentaba dejar a su madre tan sola. El quería vivir aventuras, salir de su casa y las faldas de su madre, pero le apenaba (En España, la palabra “pena”, el verbo “apenar” sólo se emplea en el sentido de “lástima”, “dar lástima”, nunca como “vergüenza” , “avergonzar” por lo que el verbo “apenar” lo empleo como “dar o sentir lástima”)
Además, para Tomás resultaba mucho más cómodo y útil vivir en casa de la madre de Juan que en el orfelinato, pues la oficina de Correos donde prestaba servicio estaba allí mismo, en la misma urbanización donde se situaba la casa de Julia, la madre de Juan.
Y así, por una de esas casualidades que tan a menudo se dan en la vida, las vidas de Magda y Tomás se cruzaron, pues no sólo esa urbanización, donde la casa de Julia se ubicaba, era la que Magda eligiera para vivir, sino que además ambos edificios el de la madre de Juan y el de Magda, estaban uno frente al otro, con las ventanas también enfrentadas entre sí.
Incluso, desde el ventanal de la habitación que antes fuera de Juan y donde ahora dormía Tomás, se divisaban a la perfección las ventanas del estudio de Magda.

Tomás y Magda, una amistad que iba a ser duradera

Cuando Tomás se trasladó a casa de Juan, este le informó de sus “hazañas”: Justo enfrente vivía una “prójima” de las de “toma pan y moja” que se vestía y desvestía frente a la ventana sin la menor precaución. Incluso recibía a menudo a algún que otro “maromo” y hacían sus “cositas” ante la fabulosa ventana, hasta con la luz encendida bastantes veces, con lo que el “nene” se ponía “morao” día sí, día también. Para sus “incursiones” en domicilio ajeno se había provisto de unos más que modestos binoculares, pues apenas si alcanzaban a algo más que unos de teatro; eso sí, sin el lujo que éstos suelen presentar, pues lo habitual es que sean verdaderas piezas de joyería antes que objetos ópticos.
Ni que decir tiene que Tomás siguió las “hazañas” de su amigo con verdadero fervor. El arsenal oteador se enriqueció, primero, con unos buenos prismáticos de precisión para luego pasar a un excelente teleobjetivo que Tomás compró por el popular sistema del “Compre hoy y pague… “.
Eso de espiar más que observar a la espléndida mujer que habitaba justo enfrente de donde él vivía entonces, poco a poco, se fue convirtiendo en obsesión para Tomás. A través de sus prismáticos primero, su teleobjetivo después, el poco más que adolescente a sus 20 años casi escasos, se introducía subrepticiamente en la vida diaria de la mujer, violando su intimidad en la mayor de las impunidades. Se puede decir que casi únicamente vivía para eso, introducirse por sus medios de visión a distancia en la vida de su espectacular vecina. Así, asistía a actos de la mayor cotidianidad como verla regresar a casa cada anochecer tras pasar todo el día fuera, prepararse la cena y cenar, o verla ante el televisor o leyendo, oyendo música ¡Quién sabe cuántas nimiedades más! Pero también estaba allí, desde la distancia, cuando la mujer se desnudaba al llegar a casa para echarse por encima cualquier prenda cómoda, una tenue bata de satín las más veces pues Magda, que no otra era la tan espiada mujer, solía tener la calefacción lo suficientemente alta las tarde-noche del gélido invierno madrileño para poderse permitir estar con ese tipo de prenda tan liviano; y cuando se desnudaba después para ponerse el ligero camisón de dormir, pues Magda no gustaba de los más populares pijamas ahombrados: Era demasiado femenina para permitirse esas prendas. También aprovechaba Tomás las noches de verano que la luna iluminaba lo suficiente el saloncito-dormitorio del objeto de su obsesión observadora para admirar casi embelesado aquel divino cuerpo desnudo, pues si la famosa Brigitte Bardot decía que para dormir sólo se ponía encima dos gotitas de “Chanel nº 5”, Magda hasta prescindía de las dos gotas de perfume a la hora de irse a la cama en esas candentes noches del tórrido verano de Madrid. Pero Tomás también estaba allí, en el apartamento-estudio de Magda, cuando la mujer recibía a sus amantes, más o menos esporádicos, más o menos estables; cuando se “pegaban” juntos la “gran paliza” sobre el sofá. Y también Tomás estaba allí cuando, trocado el sofá en cama ocurría lo que suele suceder tras la mutua “paliza” del sofá.
La intensa actividad de espionaje desembocó en una auténtica obsesión de Tomás hacia esa mujer que cada día le subyugaba más y más. Esa obsesión le llevó, en un principio, a adquirir un segundo reloj-despertador que puso a las ocho en punto de la tarde, hora a la que casi con marcial disciplina Magda solía llegar a su domicilio tras salir del trabajo. Este segundo despertador lo compró a fin de que no se le olvidara ningún día ponerle para que le avisara a las ocho de la tarde, pues como su despertador de siempre le ponía a las siete y media de la mañana para que le despertara, temía que algún día se le pasara ponerlo en hora para los oteamientos de las tardes-noches. Pero pronto este mantenerse siempre en la distancia no le satisfizo, pues acabó necesitando un sutil acortamiento de distancias. Y lo primero que anheló en ese acercamiento al objeto de su obsesión fue escuchar su voz. Una tarde, al regresar a casa del trabajo, se metió en el portal de Magda y averiguó su nombre en los buzones de Correos: Sólo uno de ellos se limitaba a un único nombre y éste era de una mujer, lo que no dejaba duda alguna. Con nombre y apellidos anotados buscó en la Guía Telefónica de Madrid y allí supo cual era el número de la mujer que tanto le obsesionaba, pero que ahora tenía un nombre concreto: Magdalena. Tan pronto el despertador le indicó que ya eran las ocho de la tarde, volvió a su lugar de observación, el teleobjetivo colocado sobre la pequeña mesa-escritorio que Julia colocara en la que fuera habitación de su hijo y que ya Juan colocara justo debajo de la ventana. No pasaron ni cinco minutos hasta que Tomás vio aparecer a Magda que, como de costumbre, fue directamente a la pequeña cocina donde sacó del frigorífico la sempiterna botella de leche, se escanció un buen vaso que tomó a cortos sorbos sentada a la mesa que campeaba en la cocina, sin cambiarse, sin quitarse ni ponerse nada de ropa, ataviada simplemente con la misma que luciera cuando entró en el piso.
Luego, cuando hubo terminado la leche, se levantó para en el mismo salón-dormitorio desprenderse de todo cuanto llevaba encima hasta quedar tal y como su mamá la incorporó a este mundo; a continuación pasó al cuarto de baño de donde regresó con la conocida bata de suave satín que apenas si daba para cubrir las exiguas braguitas con encajes que generalmente solía ponerse. Luego, Magda tomó un libro de la librería inserta en el pequeño mueble mural que adornaba el saloncito, puso en marcha el equipo de música para, finalmente, sentarse en el sofá que posteriormente convertiría en cama, a leer tranquilamente al tiempo que escuchaba una música que Tomás imaginó sería de ese tipo suave que sirve de acompañamiento a la lectura sin impedir la concentración en ella.
Ese fue el momento que Tomás eligió para marcar, por fin, el número telefónico que acababa de anotar no mucho antes. Mientras esperaba que su llamada obtuviera respuesta, Tomás siguió embebido en su tarea preferida, espiar a la todavía casi desconocida Magda. Así, pudo ver cómo Magda levantaba la cabeza, sin duda al escuchar el destemplado pitar del teléfono, dejó sobre la mesita que había ante el sofá el libro y corrió a una pequeña mesa auxiliar que en un rincón, junto al mueble mural, sostenía un teléfono bastante coqueto esmaltado en un vivo color rojo. Tomás percibió perfectamente cómo aquella mujer descolgaba el teléfono, durante algún segundo escuchó la fuerte respiración de Magda y luego una voz de mujer de timbre recio, seguro, pero a un tiempo matizado en dulce suavidad que hacía de esa voz algo sumamente agradable. Respondía fielmente a lo que Tomás trazara en su mente al imaginar cómo sería esa voz que tanto ansiaba escuchar.
• Ok. ¿Dígame?… ¿Dígame?…
Magda repitió varias su requerimiento, pero Tomás no abrió la boca, no dijo nada… Se contentó con escuchar esa voz de mujer durante los cortos minutos que duró la comunicación entre ellos, si es que a eso se le puede llamar comunicación. Magda era consciente de que al otro lado de la línea había alguien, pues escuchaba nítidamente su respiración por el auricular. Pensó que sería uno de tantos moscones pervertidos; casi optó por soltarle una “fresca” y colgarle, pero al final pensó aquello de que “No hay mayor desprecio que el no hacer aprecio” y, simplemente, colgó el auricular
Tomás quedó absorto en ella, observándola tal vez con más detenimiento, más interés aún del que hasta el momento lo hiciera… Y a los pocos minutos repitió la llamada. De nuevo Magda se levantó del sofá, otra vez dejó el libro sobre la mesita de centro y una vez más se llegó hasta la mesita que sostenía el teléfono allá, donde el rincón junto al mueble mural. Magda, como antes hiciera, descolgó el auricular y, mientras lo acercaba a su boca para empezar a hablar. Como antes también Tomás pudo percibir la respiración de la mujer, tal vez ahora más agitada que la vez anterior. Y al segundo, escuchó por segunda vez en su vida aquella voz femenina que desde minutos antes espoleara, y de qué manera, la obsesión que hacia aquella mujer que, en realidad, ni tan siquiera conocía, se estaba apoderando de él. De nuevo los requerimientos de Magda al ser que sabía estaba al otro lado de la línea telefónica se repitieron
• ¿Dígame?… ¿Dígame?… ¿Dígame?…
Por respuesta a sus nuevos requerimientos volvió a obtener el silencio de aquella persona que desde luego estaba allí, escuchándola, lo mismo que ella, Magda, escuchaba la respiración de la persona “muda”. Al final, Magda optó por cortar por la vía rápida
• Escucha, tío degenerado. Puede que a ti te gusten estas cosas tan asquerosas, pero sucede que a mí no, así que vete a tomar por…

Y tras mandarle a tomar por donde todos adivinamos, Magda, ya furiosa de verdad, colgó el teléfono.
Tomás quedó un tanto sorprendido, aunque sería más propio decir que quedó bastante “corrido”, avergonzado, y de momento no insistió con más llamadas. Incluso cortó por esa noche su insistente espionaje y, cosa rara, canceló sus actividades de observador permanente de la monumental vecina durante un par de días, al cabo de los cuales volvió a satisfacer lo que era su mayor apetencia, lo más deseado, lo que cada día le obsesionaba más: Espiar, observar a esa mujer a diario. Aunque puede que mejor fuera decir que Tomás admiraba rendidamente a esa mujer, más que simplemente observarla o espiarla.
Las llamadas telefónicas en las que mantenía una mudez absoluta, limitándose a escuchar la respiración, la voz de Magda, la mujer para él prácticamente desconocida, que cada día sonaba más agria cuando tomaba el auricular para encontrarse con tan molesto invasor de su privacidad, pues insultaba y maldecía al “invasor” hasta en arameo; pero tales insultos y maldiciones no molestaban a Tomás en lo más mínimo y, ni mucho menos, influían en su deseo de seguir escuchando esa voz, aunque sólo la oyera dedicarle denuestos a cual más hiriente y enérgico.
Las cosas siguieron así hasta casi concluirse los primeros doce meses de espionaje, tiempo en el cual las cosas se habían deslizado más y más por el camino de la intromisión de Tomás en la vida de Magda, llegando a casi iniciar un verdadero “asedio” pues, en gran medida, Tomás llegó a casi cortar las “comunicaciones” de la “plaza sitiada”: Ni más ni menos que el mozo empezó a bloquear el correo de Magda, revisando cada mañana el correo del día y sustraía las cartas dirigidas a Magda. No las leía, ni siquiera las abría; simplemente se guardaba las cartas cuyo remitente fuera masculino, devolviendo las demás al correo.
La vigilancia a distancia sobre Magda se tuvo que interrumpir durante un tiempo bien que a su pesar, pues la singladura de Juan por la Antártica, como todas las cosas de este mundo, también tuvo su final; por lo que un día, tras de cerca de nueve meses desde que la nave “Hespérides” zarpara de Cartagena, regresó al puerto “que los de Cartago dieron nombre” como dice Cervantes en la segunda parte de su inmortal obra, “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, y pocos días después apareció por su casa.
Cuando Tomás supo que al día siguiente su viejo amigo volvería a dormir, junto a él mismo, en la habitación que antes ocupara Juan en exclusiva, el hospiciano decidió esconder el teleobjetivo y los prismáticos de precisión, llevándoselos a la oficina de Correos donde trabajaba. Los sencillos gemelos que heredara de su amigo, sencillamente los tiró a la basura. Y es que, por razones que ni él mismo entendía, no quería que Juan volviera a ver a Magda desnuda; sin saber bien por qué, lo cierto era que, desde hacía algún mes ya, a Tomás le repelía que cualquier otro hombre la pudiera ver desnuda o, simplemente, “ligerita” de ropa. Así, cuando por fin Juan llegó a casa y se vieron a solas en la común habitación, Tomás dijo a su amigo que los viejos gemelos se rompieron un día; intentó arreglarlos pero no merecía la pena, pues la reparación costaría casi tanto como unos nuevos, y adquirirlos estaba fuera de su presupuesto. Así, libró a su espiada de los ojos lujuriosos de Juan, aunque, ¿eran menos lujuriosos los ojos de Tomás al observar a Magda con todo detalle cada día?… Pero bueno, lo de los ojos de Tomás, más o menos libidinosos, es otra cuestión que, ahora al menos, no viene al caso.
Juan estuvo en casa poco más de una semana, once días para ser exactos, y entonces supimos que, en la práctica, pocas veces volveríamos a verle, a no ser que fuéramos nosotros quienes nos desplazáramos a Cartagena. Juan se había puesto novio con una compañera del “Hespérides”, y la relación llegaba al punto de haber alquilado entre los dos un apartamento en Torre Pacheco, pueblo muy cercano a Cartagena, donde los alquileres resultaban algo más asequibles que en Cartagena.
Lo que tanto temiera Julia por fin se había producido: Su hijo la abandonaba, la dejaba sola, para formar su propia vida lejos de ella. Eso la afectó enormemente, pues le tenía pavor a la soledad. De modo que se dirigió a Tomás, su esperanza entonces de cara al futuro
• Tomás… Esto… ¿De verdad estás a gusto aquí, conmigo? O… ¿También tú te marcharás algún día? No… no… te irás… ¿Verdad?
• No Julia, no me marcharé. ¿Dónde podría ir?… Aquí, en tu casa, por primera vez en mi vida tengo un hogar, una familia; y tú eres la única madre que en mi existir he conocido. ¿Sabes lo que eso para mí representa? No, no te abandonaré nunca, eres mi madre…
• ¡Gracias Tomás…! ¡Gracias Hijo mío!
Julia, llorosa, se refugió entre los brazos de Tomás, el hijo que quedaría junto a ella. El muchacho la acogió con todo cariño, la acariciaba el pelo, el rostro, y dejó un beso cariñoso entre sus cabellos. La consolaba con toda la ternura de su alma sedienta de cariño maternal. Para él, el cariño que desde que llegara a su casa, Julia le dispensó, había sido agua revitalizadora para el erial de su existencia.
Julia se empezó a calmar; o, mejor dicho, el cariño con que Tomás entonces la rodeó hizo que la mujer se sintiera a gusto, tranquila y, sobre todo, segura de cara al futuro; al próximo futuro por lo menos.
Y ya más tranquila, volvió a hablar a su nuevo “hijo”
• Tomás, no lo sé, pero supongo que seguramente tendrás alguna amistad, aluna relación con alguna chica…
• No Julia, no tengo ninguna amistad ni relación con chicas. No tengo novia, si eso es lo que te preocupa…
• No, no es que me preocupe,,, Sería lo natural… Edad ya vas teniendo, a tus veinte años ya cumplidos… Lo que quería decirte es que, si alguna vez quisieras traer una chica a casa… Bueno, ya me entiendes… Pues no te preocupes… Hazlo, yo lo entenderé… ¿De acuerdo?
Tomás se echó a reír alegremente y, cogiendo en vilo a la diminuta mujer al tiempo que con ella en alto empezó a girar sobre sí mismo, le decía en el tono más efusivo que imaginarse pueda
• ¡No te preocupes tú, Julia! De verdad que no tengo novia ni siquiera amiga “especial” alguna, pero si algún día apareciera algo así en mi vida, tú serías quién primero lo sabría, antes incluso que ella misma, pues una alegría así no la podría guardar para mí sólo, la compartiría contigo incluso antes que con la interesada. Mi palabra Julia, de verdad.
Y aquí se acabaron, de momento, las tribulaciones de la pobre Julia, que volvió a ver, desde ese momento, una hermosa y tranquila vida ante ella.

La obsesión de Tomas por la dura y abnegada Magda

La obsesión de Tomás por Magda había tomado dimensiones que desbordaban la propia obsesión incluso, para desembocar en un amor, un enamoramiento realmente ferviente. Sí, por finales Tomás se había enamorado perdidamente de esa mujer inconmensurable para él. Pues la veía muy, pero que muy por encima de él. Ella era independiente como pocas personas, aún para estos principios del siglo XXI. Independiente y resuelta. Ni tan siquiera cabría definirla como mujer enteramente liberada de cualquier tipo de ataduras, lo mismo morales que afectivas, pues en ella todo era al máximo. Al mayor nivel su iniciativa y empuje profesional, y al máximo nivel también sus iniciativas, digamos, personales, en el plano puramente íntimo de su existencia. Así, en ninguno de sus planos vitales admitía más norma o regla que su libre albedrío.
Tomás en cambio era todo lo contrario: En él la norma era el retraimiento, la timidez, la falta de iniciativa en suma. Pero era de alma tierna, con una enorme capacidad para dar cariño y una atroz demanda del mismo. En él todo parecía ser inseguridad, y así era en muchos aspectos, pero poseía una inmensa seguridad en sus afectos. Todo él era, en realidad, necesidad de dar y recibir afecto, cariño, y en este aspecto era firme como una roca.
Sí, Tomás se había enamorado firmemente de Magda, la quería con una efervescencia que apenas si encontraría parangón en nuestra sociedad actual… Pero sucedía que ni él mismo se había enterado aún de eso, de que adoraba más que quería a esa, para él, inalcanzable mujer
De modo, que el estado actual de su “relación” con Magda acabó por no satisfacerle, pues no era suficiente para sus crecientes demandas de acercamiento a la mujer. Quería, necesitaba más concretamente, estar más cercano a ella, tenerla en la distancia corta, no le bastaba con verla, admirarla en la lejanía. Le era imprescindible tenerla a un metro, a centímetros de distancia frente a él, aunque sólo fueran pocas poquísimas veces; aunque solamente fuera una sola vez, pero esa única vez al menos le resultaba imprescindible.
Pero… ¿Cómo lograrlo? ¿Se atrevería a abordarla simplemente? ¡No, en forma alguna, impensable! ¡Se moriría de vergüenza con sólo intentarlo!

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No, ese procedimiento era ilusorio, tenía que encontrar una fórmula que le permitiera acercarse a ella, tenerla todo lo cerca que sus deseos demandaban, pero en forma que pareciera casual, sin aparente provocación por su parte.
La primera solución al problema la concibió el día que observó en las cristaleras del supermercado próximo un cartel demandando repartidor mañanero de leche a domicilio. El sabía que al edificio de Magda cada mañana repartían leche de ese mismo supermercado, el único cercano. Luego si Magda era uno de los vecinos que entonces recibían la leche pues… ¡Verla cada mañana muy de cerca estaría hecho! Dicho y hecho; de inmediato Tomás entró en el establecimiento para informarse del asunto. Efectivamente, era para atender esa misma calle amén de alguna otra próxima, pues el anterior repartidor acababa de despedirse, cualquiera sabía el por qué. Consiguió la plaza empezando de inmediato a ejercerla, lo que significaría levantarse sobre las cinco y poco de la mañana pues debía estar en la tienda a hacerse caro del carrito con las botellas cuyo reparto debía empezar no más tarde de las seis. De seis a ocho tenía tiempo suficiente para concluir el reparto y estar en Correos antes de las ocho y media, la hora de entrada.
Y sí, tuvo suerte pues Magda figuraba entre las clientas que así recibían cada día su botella de leche, y cada mañana era ella la que salía a la puerta del apartamento a recoger la leche pues madrugaba bastante, no después de las seis estaba de pie, pues le gustaba hacer algo de ejercicio cada mañana antes de partir al trabajo.
Pero aquello no fue suficiente pata Tomás. Sí, la veía cada mañana, y cerca, muy cerca de él, más que seguramente nunca la tendría, a someros centímetros; pero el tiempo que duraba su embeleso era tan, tan corto, tan cortísimo, que se le hacía en exceso ínfimo. Luego ideó otra forma de acercarse a ella. O mejor sería decir que haría que fuera ella la que, involuntariamente, se acercara a él hasta distancia inverosímilmente corta también.
Así, al volver a casa después del trabajo, un día pasó por el portal de Magda y depositó en su buzón un aviso de certificado. Falso, absolutamente falso, pero logró lo que quería, pues dos días después tenía a Magda ante él, al otro lado de la ventanilla y a sólo centímetros de distancia. Por vez primera pudo admirar su gran belleza en todo su esplendor, sin distancia alguna que velara nada de esa hermosura…
Como es lógico, el diálogo mantenido fue en verdad ínfimo
• Este certificado, por favor
Tomás representó a la perfección el papel de buscar el certificado entre los entonces disponibles, para a continuación consultar el libro registro
• Pues aquí no hay nada, señorita. No hay ningún certificado para usted
• Entonces, ¿este aviso qué significa?
• No lo sé señorita. No puedo explicármelo. Pero compruébelo usted misma si quiere. Tome el registro de entrada de certificados. Verá que ese certificado ahí no existe.
• ¡De locos! ¡Esto es de locos!
Magda tomó el aviso que Tomás le devolvía, lo estrujó con su mano, lo lanzó encolerizada al suelo y abandonó la oficina postal con un sonoro portazo tras de sí
Un par de semanas después Tomás repitió su “hazaña”, introduciendo en el buzón de Magda un aviso de giro postal, tan falso como el aviso de certificado, con lo que la escena en la estafeta de Correos y ante él se repitió casi punto por punto a la vez anterior.
Cerca de un mes después, Tomás, una vez más, introdujo en el buzón de Magda un nuevo aviso falso, otra vez de giro postal. Pero esa atardecida, cuando volvió a su función observadora al timbrazo de aviso que el reloj despertador le lanzara, el espectáculo que su admirada Magda le ofreció, fue inusitado, increíble en aquella fría y dura mujer.

Los lloros de ella y Tomás como directo espectador

Y es que aquella noche, sí, noche pues no era ya la tarde sino la noche bien entrada, Tomás vio llorar a Magda…
Como de costumbre, cuando el timbrazo del reloj despertador le avisó que eran ya las ocho de la tarde, el muchacho dejó el libro en que hasta entonces se ocupara para ponerse a observar el apartamento de Magda, pero no vio nada, todo estaba a oscuras, la mujer no debía haber llegado todavía. Esperó pacientemente hasta las ocho y media, después hasta las nueve, las nueve y media, hasta las diez incluso, pero su admirado objetivo, su obsesión de observador no apareció por allí, cosa rara en ella, pues pocas veces vio que faltara a su rutina de regresar a casa sobre las ocho, minuto antes, minuto después. Cenó con Julia cuando ésta le llamó con la mesa ya preparada y después volvió a “asomarse” al apartamento de sus obsesiones con idéntico resultado de antes: Magda no aparecía por allí, y el lugar estaba totalmente a oscuras.
Tomás acabó por acostarse poco más allá de las once, como solía hacer y se durmió. Pero ya de madrugada, casi la una después vio que eran en el despertador, al detenerse un coche en la calle le despertó. Cosa bastante rara, pues el coche se detuvo con absoluta normalidad, sin ruido de frenos alguno; más bien, pareció una especie de sobresalto, un impulso de su ser autónomo de voluntad o motivo externo alguno. Una de esas sensaciones imprevistas que a veces hacen que nos despertemos sin razón ni motivo aparente, pero que hace que estemos como sobresaltados. Así fue como Tomás se despertó esa madrugada e instintivamente corrió a la ventana, a tiempo de ver cómo del interior de un automóvil aparcado justo debajo de las ventanas de Magda, esta se apeaba con mucho ímpetu, casi se diría que furiosa, y al instante se escuchaba una voz masculina.
• ¡Eres idiota, idiota de remate!
En ese momento un hombre también se apeó del coche por la puerta del conductor y, de inmediato, Magda volvió sobre sus pasos hasta llegar donde el vehículo y descargó un fuerte puñetazo sobre la cubierta del techo. Seguidamente, volvió la espalda a vehículo y hombre y a paso rápido se dirigió a su portal desapareciendo en él en segundos. El hombre volvió a entrar en el coche y partió de allí chirriando neumáticos.

Al momento, Magda apareció en el teleobjetivo de Tomás, que al ver desaparecer de su vista a la chica corrió a su puesto de impenitente observador, esperando verla aparecer en el apartamento. Y Magda apareció en él y en el visor del teleobjetivo que la enfocaba. Se quitó los zapatos junto a la puerta de entrada, como solía hacer y, también como de costumbre, sacó del frigorífico la botella de leche que colocó sobre la mesa. Se sentó entonces a la mesa, cosa nada habitual, y al sentarse rozó la botella que se volcó, derramando parte del contenido sobre la mesa. Magda levantó la botella, la dejó de nuevo sobre la mesa… y empezó a llorar… Desconsolada, agitándosele todo el cuerpo a los sentidos sollozos que la convulsionaban por completo. Con la cabeza hundida entre los brazos, el torso totalmente echado sobre la mesa y las manos mesando las bellísimos cabellos, convulsionado todo el cuerpo a cada espasmo provocado por los sollozos, Magda era la viva estampa del dolor más intenso. Tomás quedó anonadado ante esta visión; el dolor de la mujer parecía sentirlo en su propio yo, en lo más hondo de su ser, y entonces lo comprendió; entonces fue nítidamente consciente de lo que aquella mujer, aquella casi desconocida, había obrado en él sin que él mismo se diera cuenta, fuera consciente de ello: La quería, la amaba casi con desesperación. O bueno, sin el casi, pues también entendió que su amor era desesperado, sin posibilidad alguna de nada; esa mujer siempre le estaría vedada, pues ¿cómo pretender que una diosa se fijara en el mortal más insignificante de la tierra? Imposible de los mayores imposibles.
Tomás dejó de observar a Magda. Tapó el visor del teleobjetivo y le cubrió con el pequeño paño que tapaba el aparato cuando no estaba de “servicio”. Y desde entonces se olvidó de sus “vigilancias” vespertino-nocturnas.
Estuvo así, sin observar a la mujer de sus sueños un par de días, durante los cuales sólo la veía por las mañanas, cuando le dejaba la leche en su puerta. Pero al tercero la vio aparecer por la oficina de Correos; venía con el segundo aviso de giro, falso claro está, que recibiera, el que Tomás dejó en su buzón la misma mañana del día en que la vio llorar. Se lo había dejado al salir del edificio tras dejar las correspondientes botellas de leche.
Como las dos veces anteriores, la muchacha se llegó hasta la ventanilla que Tomás atendía, y como en las anteriores ocasiones le presentó el aviso reclamando el dinero correspondiente. Y, como en las anteriores veces, Tomás le dijo que el tal giro no aparecía entre los que el registro de entradas contenía. Pero esa mañana Magda no se rindió tan fácilmente como en las anteriores, sino que demandó la presencia del director de la oficina. Pronto Magda pudo comprobar que tal pretensión había sido una de las peores decisiones que en su vida tomara, pues se encontró con un ente femenino que más asemejaba fiera corrúpea que ser humano alguno, y lo de “femenino” es por decir algo, pues en un antiguo sargento de coraceros napoleónicos, con su fiero mostacho y todo, habría más femineidad que en semejante búfalo cafre, que aunque fuera en búfalo hembra más cafre no podía ser. En fin, que la “fiera corrúpea” apabulló de tal manera a la entonces, y puede que por primera y única vez en su vida, infeliz Magda que ésta salió despavorida de la oficina postal. Y no era para menos, pues aquel energúmeno con faldas llegó a acusarla de querer estafar al Estado, y de milagro no llamó a la policía, la Benemérita y cuantas Fuerzas del Orden hay en España.
Al momento Tomás salió despendolado tras el amor de sus amores. Tan pronto estuvo en la calle la divisó y emprendió la carrera tras de ella hasta alcanzarla; entonces, aminoró el paso y quedó tras ella pero muy junto a ella. Así caminaron ambos algún metro, hasta que ella se detuvo un momento para decirle
• ¿Quiere usted algo de mí?
Magda le recordaba ahora perfectamente: Era el mismo agente de Correos que la atendiera tras la ventanilla de giros; y recordó también que era el mismo que las veces anteriores la atendiera. La mujer volvió la espalda a Tomás y siguió caminando; y de nuevo Tomas apretó el paso tras ella hasta volver a alcanzarla
• Sólo quería decirle que no había dinero para usted
• ¿Y los avisos? ¿De dónde salieron? ¡Yo los encontré en mi buzón, no son invención mía!
• Lo sé. Yo se los coloqué. Son falsos, enteramente falsos
• ¿Por qué? No lo entiendo ¿Por qué?… Es de locos… ¿Está usted loco acaso?
• Porque quería verla de cerca
• ¿Qué quería verme? ¡Está loco, francamente loco!
Dicho esto Magda volvió a andar, volvió a dar la espalda a Tomás apretando el paso para alejarse de quién le parecía loco y tal vez, hasta peligroso. Tomás quedó un minuto viendo cómo ella se alejaba de él, y al poco reaccionó para gritarle a la que se alejaba
• ¡Porque hace dos días la vi llorar!
Al escuchar eso, Magda se detuvo en seco, se volvió hacia el joven y casi corriendo estuvo ante él. Tomás la veía acercarse y sintió que un nudo taponaba su garganta, haciendo que le costara trabajo tragar la saliva, respirar casi
• ¿Cómo sabe usted eso?
Sí, le habían atrapado, se acababa de denunciar a sí mismo. Pues bien, esa resolución que tantas veces antes apareciera cuando se encontró en situación difícil, reapareció ahora. Casi dominó el pánico que segundos antes se apoderara de él, y decidió mantener el tipo a toda costa. El ser apocado que de por sí era, desapareció como por ensalmo.
• La estaba observando entonces. La observo a diario, a través de la ventana. Cada día invado su intimidad con un teleobjetivo
Ahora la que quedó clavada por un momento fue Magda. Indignada le dijo con heladora frialdad
• ¡Fuera de mi vista! –Le dio un empellón y prosiguió- ¡Vete a la mierda, degenerado, hijo de mala madre!
Magda volvió a darle la espalda y alejarse de él, pero se detuvo de nuevo. Le enfrentó otra vez y no lo preguntó, sino que rotundamente lo afirmó
• Y también serás el cornudo que se entretiene en llamarme sin pronunciar palabra ¿No es así?
Tomás se limitó a asentir con la cabeza. Magda le miró con infinito desprecio, desprecio que expresó seguidamente
• Eres un ser miserable, absolutamente despreciable. Ni tan siquiera me puedo enfurecer contigo, pues no ofende quien quiere sino quien puede, y tú, moralmente, eres tan “enano” que tus ofensas no pueden alcanzar a nadie.

Salivazo y desprecio rotundo de la protagonista Magada

A continuación, Magda expresó más gráficamente su enorme desprecio arrojando un salivazo en dirección a Tomás, salivazo que por poco no le alcanza, pues quedó en el suelo a menos de un metro de sus zapatos. Luego, como la diosa que para el muchacho era, volvió a darle la espalda alejándose de él definitivamente. Tomás quedó un momento parado, observando cómo su reina se marchaba y al final regresó a su oficina.
A las ocho en punto de la tarde el despertador volvió a avisarle y Tomás regresó a su diaria “vigilancia”. El apartamento de Magda estaba por entro a oscuras, pero eso fue sólo unos segundos, pues no habrían pasado ni diez cuando se iluminó, se iluminaron las dos ventanas por las que el apartamento se abría a la calle, el amplio ventanal del salón y la normal ventana de la cocina. Allí estaba ella, esperándole sin duda, pues tenía el rostro pegado a la cristalera del ventanal y oteaba con interés hacia el frente, haciendo incluso pantalla con sus manos. Llevaba encima una bata que no recordaba el muchacho haberle visto antes, pues no era nada de escotada y diría que le llegaba hasta los pies, sin dejar ver absolutamente nada de su cuerpo escultural. Tomás se retiró un momento del teleobjetivo, casi asustado ante la casi seguridad de que ella le observaba a su vez a él, aunque sin ayuda alguna de aparato óptico alguno, sólo con su agudeza visual. Estaba seguro de que sus miradas se habían cruzado un segundo antes. Y así debió de ser pues Magda al instante suspendió su atención visual, se despojó lentamente de la monumental bata y entonces apareció un atuendo de verdadero ensueño. Era algo así como un camisón en raso negro adornado con encajes del mismo color, pero conformando un conjunto de lo más sensual. La parte superior la formaban unos tirantes anchos y abombados que caían descuidados sobre la cintura dejando sus pechos con muy poco para la imaginación; por su parte la, digamos falda, era larga, llegando hasta el suelo pero por entero abierta por delante, con lo que las braguitas del mismo raso negro que el camisón y, como éste, también adornadas con blonda negra, quedaban enteramente a la vista. Lo que nunca percibió Tomás es que atuendo tan perturbador lo había escogido Magda especialmente para él, no porque exactamente deseara recrearle la vista, no, ni mucho menos; era pura y simple venganza, venganza maquiavélica podría decirse, pues el propósito era someter al entrometido muchacho a algo así como el tormento de Tántalo: Quería que apreciara sus encantos en todo su esplendor, que la deseara como nunca desearía en su vida a una mujer, para a continuación aplicar el “Lo verás, pero nunca, nunca lo catarás”. Quería, en definitiva, ponerle los “dientes largos” para que se quedara con más “ganas” que nunca, y, al final lo de “Pies fríos y cabeza caliente”.
Tras despojarse de la bata dio unos pasos por el saloncito acercándose lenta, muy, muy lentamente al sofá convertible; extendió la cama, que empujó hacia el centro de la salita con lo que la visión del mueble mejoró considerablemente, hasta casi formar un primer plano ante el teleobjetivo. Una vez la cama puesta a su gusto, Magda tomó el teléfono y con el auricular empezó a hacer señas a Tomás. Indudablemente, ella quería que él la llamara. Tomás así lo hizo escuchando estas palabras de la muchacha tan pronto ella descolgó el teléfono al primer timbrazo
• Nenito no te pierdas ni un detalle de lo que aquí pase en adelante. Te dedico a ti, y muy especialmente, el espectáculo que enseguida verás.
Efectivamente, apenas unos minutos después Tomás vio cómo Magda iba hasta la puerta y la abría dando paso a un hombre que ya Tomás viera aparecer por aquel apartamento unas cuantas veces antes, acabando siempre la pareja en la cama, manteniendo esa dulce “brega” cuerpo a cuerpo. Sólo que en aquellas ocasiones precedentes la susodicha cama no estaba tan en primer plano de su teleobjetivo como en ese momento estaba.
En esta ocasión Magda fue muy, pero que muy “efusiva” con su visitante; ni comparación con lo que viera en “visitas” anteriores. Cuando el “maromo” entró en el apartamento, Magda, toda solícita, se hizo cargo de la gabardina que llevaba y, cuando se medio acomodó en una butaca con Magda sobre sus rodillas, se desprendió también del grueso jersey de esos llamados de cuello de “cisne” quedando con sólo una ceñida camiseta de colorines, camiseta que salió volando, junto con los ceñidos pantalones vaqueros tan pronto como Magda le arrastró hasta la cama preparada al efecto, con lo que sólo podía lucir los diminutos calzoncillos tipo “slip” que calzaba, así como algún que otro tatuaje de tipo duro que adornaba parte de sus espalda, allá por donde se ubicaban los hombros y la cintura.
Tomás estaba pasando todas las penas del infierno observando aquella maldita sucesión de escenas, que cada una de ellas le arrancaba un girón del alma. Quiso acabar con aquello, cerrar la dichosa sesión de vigilancia, pero no pudo hacerlo. Era superior a sus fuerzas; a pesar del dolor que le causaba no podía renunciar a seguir mirando. Casi, casi, se diría de él que era un verdadero masoquista; o… ¿Quizás, un degenerado, tal y como la propia Magda le acusara? ¿Quién podría responder a eso? Desde luego, Tomás no. Ni tampoco le interesaba, ni preguntárselo ni, mucho menos, responderse.
Pero lo cierto es que, por finales, se apartó de la ventana… Y lloró… Sí, lloró amargamente. Por eso, por suspender su “vigilancia”, no vio cómo, cuando Magda y el “fulano” se revolcaban a modo por la cama, ella paró un momento y, señalando en la dirección de la ventana desde la que estaba segura que Tomás les observaba atentamente, le dijo algo a su compañero de cama. Este, al momento saltó de la cama, se escurrió alrededor de la cama procurando sustraer su desnudez al, de par en par, abierto ventanal, se vistió lo mejor y más rápidamente que pudo desapareciendo de la visión que Tomás hubiera podido tener de haber estado observando la escena, como Magda creía que hacía el muchacho en ese momento. Aquí, señalar que, desde que la mujer informara a su “partenaire” sobre las “hazañas” de su joven vecino, se estaba partiendo de risa ante la reacción del “maromo” que momentos antes la “trabajara” tan a fondo… Porque lo que es “trabajarla”, a ciencia cierta que la “trabajó”
Pero como queda dicho de nada de esto se enteró el pobre Tomás, de forma que la primera noticia sobre lo “popular” que para entonces era para el antedicho “maromo” fue el berrido que éste lanzó tan pronto se vio en la calle y bajo la ventana señalada por Magda
• ¡Maldito mirón de mierda! ¡Cornudo hijo de siete padres! ¡Baja aquí, mamón cobarde! ¡Baja si tienes lo que debes de tener! ¡Baja si entre las piernas tienes algún rastro de hombría!
Sólo entonces Tomás se enteró de que algo debía haber ocurrido en el piso de Magda. Se asomó a la ventana y vio abajo al enfurecido “ligue” de Magda. Había escuchado nítidamente sus retos y sabía perfectamente lo que de él se demandaba: Hacer frente, como bueno, a las consecuencias de sus actos. Tomás no era ningún “valentón” y mucho menos un “musculitos”, pero tenía su “alma en su almario” y, desde luego no se iba a echar para atrás ante semejante compromiso, aunque supiera de antemano que toda oposición sería inútil, pues todas las “tortas” se las iban a dar en la misma mejilla, no habría lugar a presentar la otra. Así que, con parsimonia y sin siquiera echarse por encima prenda de abrigo alguna, por más que en Madrid hacía ya tiempo que empezara a refrescar, sobre todo desde que oscurecía, Tomás salió de la casa, bajó a la calle y se llegó hasta donde el “pavo” le esperaba, quedando por entero frente a él. Este era un hombre de unos cuarenta años, tal vez algo menos; barbudo y melenudo, pero con gafas. Y la verdad es que a Tomás, realmente, no le pareció mala persona. Era un hombre más, como cientos, miles, que cada día deambulaban no por Madrid, que sería mucho decir, sino por aquella misma urbanización
• ¿Estabas mirando?
Tomás respondió a la pregunta asintiendo con la cabeza. Entonces volvió a decir el hombre aquel
• Prepárate. Vamos, “capullo”


Tomás apenas si se preparó, simplemente amagó con subir ambos puños cerrados, como en un ensayo de posición defensiva pugilística, pero el devenir del “combate” fue rápido cual rayo que se cierne sobre la Tierra: Se limitó a un solo puñetazo que puso a la “virulé” un ojo de Tomás. Entonces el hombre se inclinó sobre el muchacho y señalándole con el índice extendido le dijo
• No vuelvas a hacerlo. A tu edad eso no es sano… Te puede causar muchos disgustos, zorrita caliente de media sobremesa.

FIN DEL CAPÍTULO, seguirá…

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