Tuve algodiscreto con Marta la Casada

Tuve algodiscreto con Marta la Casada

Lo que había entre ella y yo era algodiscreto, un secreto que solo los dos lo conocíamos. Ella estaba casada, felizmente casada con su marido, yo soltero como de costumbre, nunca me gustaron los cordones.

Lo de atar no era lo mío, ni para otros ni para mi, ni atar a una mujer (aunque muchas me lo pidieron) ni verme atado cada día, con presiones agobiantes.

Tener mujer ata más que los cordones de unas converse, y eso lo sabía bien, se te pegan a los pies que no te dejan ni caminar. Lo otro era lo mismo. Una asfixiante situación de un no parar en casa, haz esto, haz lo otro, dónde has estado, a dónde vas, no son horas, por qué dejas esto ahí, pásame el pan. Estaba más que harto, así que después de una pequeña convivencia de novios, con una amiga juvenil de la universidad, decidí, tajantemente, nunca casarme.
Y aquí me veo yo, soltero y follándome a casadas que no saben qué hacer con sus vidas, abocadas a una infinita rutina, se bloquean cuando tienen que pensar aunque sea por un minuto. Y en ese minuto, entro yo.

Marta quería algodiscreto conmigo en Sevilla

Sin miramientos, con fuerza y sin tonterías, yo les doy lo que piden y ellas piden lo que necesitan. Porque no folla el que más tiene, sino el que menos desea. Y ése soy yo. Yo no deseo nada, y cuanto menos deseo, más se me ofrecen. Quedamos hoy?. Me dice Marta de 49 años, casada desde los 20 con tres hijos y aburrida como una marmota. ¿Hoy, no sé, ya te diré?. Y la dejo con la duda, hasta que mañana tengo otro mensaje suyo. ¿Y hoy, no me digas que no puedes, dejo a los niños a las 8 en el colegio, y tengo libre hasta las diez?. – Hoy sí, ve al hotel de siempre y como siempre.

Y al día siguiente, Marta se me presenta con sus mejores galas, como buena sevillana, era algodiscreto Sevilla tiene un color especial, con su mejor ropa, con nada debajo como a mí me gusta, y le doy tarta de nata, como a ella le gusta. Cuando ella se viste apresurada a las diez menos cinco, y me quedo observándola desde la gran cama de mi hotel preferido ella, me pregunta dudosa: ¿Te ha gustado, cariño?. Yo, desnudo, y con sus tetas aún brillantes y mojadas de mis chupetones insidiosos y lascivos, contesto: Te lo diré mañana.

Ella se ríe, porque sabe que mañana no quedaremos, pero sí muy pronto.

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