Bienvenido, visitante! [ Registrar | Acceder

CARMIÑA

Bragas usadas, Relatos Cortos, Relatos Salvajes, Sexo con maduros 28/08/2017

Ayer a la tarde iba conduciendo mi viejo Renault por una carretera de tierra. Vi a una minifaldera que caminaba por el lado de la carretera. Estaba haciendo autoestop. Paré a su lado, y le pregunté:
-¿Adonde vas?
La jovencita me miró y vi que era Carmiña, la hija de mi vecino Gerónimo, con el que me llevo a matar, Carmiña, me dijo:
-A casa, señor Enrique, pero si me coge y me lleva y se entera mi padre, le pega dos tiros.
-Sube. Te dejaré en la entrada de la aldea.
-Carmiña subió al coche. Al sentarse, con aquella minifalda, casi le vi las bragas. Aparté la vista, no fuese que despertase mi Pepito… Sin querer, mis ojos se posaron es sus redondas y generosas tetas… y en los pezones que se marcaban en su camiseta… Era obvio que no llevaba sujetador. Mi Pepito dejó de tomar la siesta… Metí la primera. Carmiña vio el bulto de hombre maduro en el pantalón, puso una mano encima, lo acarició, y me dijo:
-Métase por un camino de carro.
-¿Estás segura?
-Tan segura como que mi novio me acaba de dejar tirada y a medio follar.
Cogí el primer camino de carro que encontré. Detuve el coche entre unos pinos. Le eché mano a una manta que siempre llevo en el asiento trasero… Salimos fuera. Entre besos nos desnudamos. Carmiña se echó sobre la manta y me dijo:
-Deme a chupar ese polla.
Me la chupó… la metió entre las tetas. Aquello era estar en la Gloria… estar en la Gloria con la jovencita que más deseaban los hombres de la aldea…. Me picó la curiosidad y le pregunté:
-¿Le estabas haciendo esto a tu novio cuando se corrió, Carmiña?
-Sí.¡No se irá a correr!
-Tranquila.
Le comí la boca…. las tetas y bajé a su chochito. Estaba delicioso… Sus rosados labios los encontré bañados de flujo… Acababa de empezar y ya ella acabó… Se corrió haciendo un arco y deshaciéndose en gemidos. Al terminar de correrse, pase mi legua y tragué el flujo que aún quedaba en su chochitp, después me eché a su lado. Se notaba que nunca se la comieran antes. Su cara era de felicidad absoluta. Aún tirando de la respiración, Carmiña, subió encima de mí… Fue metiendo mi polla en su estrecho chochito… La dejé que me follara hasta que que vi que no podía más y le dije:
-Quítala que me voy a correr, Carmiña… Carmiña, en vez de quitarla la metió hasta el fondo… No pudo evitarlo porque sintió que le venía… Acabamos corriéndonos juntos… Cuando acabó, sin importarle lo que pudiera pasar, me beso. sin lengua, y me dijo:
-Me hacía falta. ¿Lo repetiremos?
-Cuando quieras, Carmiña, cuando quieras.
Como le había dicho. la dejé en la entrada de la aldea.

29 visitas en total, hoy 0

Don Pedro y fabiola

Primera Vez, Relatos XXX, Sexo con maduros 05/02/2017

Fabiola se encontraba bañándose, el agua caliente resbalaba por su cuerpo,sus quejidos y suspiros hacían eco en el baño,un pene de plástico entraba y salia de su vagina,ella sola se daba placer,a sus 18 años ya sabia lo que era sentir una verga en su conchita,estaba sola en casa,su madrina Pilar,con quien ella vivía iba a trabajar toda la tarde y noche,por lo que aprovecho para desahogarse sexualmente,ya que tenia tiempo que por la escuela no había tenido tiempo de hacerlo;se encontraba ensartada por aquel juguete recargada en la pared,con los ojos en blanco,que no notó cuando la cortina de la ducha se abrió,era don Pedro,el papá de su madrina,hombre de 64 años,moreno,1.80m,algo de panza y una verga morena de 23cm,totalmente parada ante el espectáculo que tenia ante el,al tener llave de la casa entre sin ruido y al escuchar los gemidos se asomó con cuidado al baño y vio que era Ines,la chiquilla que muchas veces veía con lujuria,ahora la tenia totalmente desnuda y ensartada por una verga de plástico, sabiendo que su hija llegaría hasta el día siguiente,se decidió y entro desnudo al baño con la intención de cogerse a la jovencita,la piel blanca de ella,sus tetas redonditas con unos pezones rositas,su cintura estrecha,nalgas redondeadas y sus piernas hermosamente marcadas,su cabello rubio y el agua resbalando por su cuerpo llegando hasta sus vellos de la vagina,era tremendamente sexi la imagen y rematando el pene dentro de ella,alucinante para cualquier hombre,ella abrió sus ojos y vio a ese hombre delante de ella y sin darle tiempo a reaccionar el se abalanzó tomo el juguete y se lo ensartó todo,empezó a meterlo y sacarlo mientras ella confundida entre el placer y el asombro quedo a su merced,con una mano la ensartaba,con la otra acariciaba sus nalgas y repentinamente le metió un dedo en el culo,lo que la hizo dar un grito de dolor,el hombre le mamaba los pechos,los succionaba con fuerza,ella envuelta en un mar de sensaciones no atinaba que hacer,su vagina chorreaba sus líquidos, su mente la abandono y dejo a su cuerpo actuar,regresaron los gemidos de placer,sus sentidos le pedían sexo,no importaba con quién, sus manos se aferraron a ese hombre,el viendo su entrega le saco el juguete,lo que provocó que ella le reclamara con la mirada,pero en se acomodo frente a ella y tomando su puñal de carne se lo mostró, ella entendió y abrazándolo por el cuello dejó que la cargara y ella con sus piernas rodeo la cintura del hombre quedando la verga de el a la altura su vagina,la recargo en la pared y lentamente la ensartó con su verga provocándole un gran gemido y empezó a cogérsela,eran dos amantes follando,sus quejidos se mezclan y tomando ritmo se entregaron al placer carnal;ella tuvo varios orgasmos y el con una penetracion profunda deposito su leche en ella,una descarga de sus testículos que hasta le dolieron,casi caen al suelo agotados,el le saca su verga y la deja de cargar,como pudo ella dejarse coger por ese viejo,sin pensarlo se abraza a el y se funden en un beso apasionado,el la enjabona y ella a el,toma con sus manos esa verga enorme y piensa como es que le cupo todo eso en su conchita,se secan y saliendo del baño ella lo toma de la mano y con una sonrisa se dirigen a la recamara de ella…..

32 visitas en total, hoy 0

La nieta sorprende a su abuelo

Relatos porno, Relatos sexo, Sexo con maduros 20/06/2016

Invitación a los relatos de sexo amor filial, el abuelo que reconoce a su nieta en un lugar inapropiado, son relatos abuelo y nieta, donde ella no rehúsa a la invitación de su grueso paquete, la de su abuelo cachonda por su nieta. Y donde apreciamos en este sexo filial, atormentador, y morboso donde lo haya, vemos cómo la pequeña rubia disfruta con el viejo verde que se la cepilla sin miramientos. La historia que desde pequeña me atrajo, las pollas grandes de los abuelos, y éste, es un relato extraído casi de esta secuencia de Blancanieves bien follada por su abuelo, no os perdáis la morena del vídeo porno a cuatro patas y cómo disfruta, su cara de gozo y asombro. Y lógicamente, los videos pornoxxx de abuelas calientes y abuelas xxx.

Hola, hoy os cuento esta historia, que como mujer ya con cierta edad, me calienta solo pensar, ya que siempre me han atraído los viejos verdes, los abuelos, y sobre todo imaginar que guardan un secreto grueso debajo del pantalón, una polla grande y fuerte, es morboso pero es así. Es el abuelo de 68 años que va a buscar putas durante una noche de verano tranquila, y la que llega es su nieta vestida de escolar, la mejor invitación al incesto. Uno de los increíbles relatos xxx que se puedan leer.

De pequeña siempre me gustaron los abuelos

Así que el viejo se estaba acomodando en la conocida cama de la casa de putas que siempre visitaba. Por allí corrían hasta transexuales también. Ya estaba sin ropa y acariciándose su pene, mejor dicho polla, porque era la que tenía el abuelo, una buena polla grande, gorda, digna de ser mencionada, de abuelos  potentes con nietos curiosos por la experiencia. Pero eso será otro día, así que mientras el viagra hacia efecto, para sorprender a su chica de esa noche, el abuelo se preparaba para su disfrute. La dueña de la casa le había ofrecido una chica nueva, una jovencita recién contratada que prometía mucho. Eso a él lo había calentado al instante. Así que esperaba como un jovenzuelo en su primera vez.

La chica entró con el disfraz que el había solicitado: escolar. Una faldita escocesa roja muy corta, medias blancas, blusa atada a la cintura y un delicioso escote. El hombre la miró completamente, partiendo de los pies hasta la cara, en ese momento quedó pálido al ver la dulce cara de esa jovencita, tetona y hermosa, era su nieta menor, una chica de 18 años recien cumplidos.

La chica también palideció al reconocer a su abuelo, mas aun al notar que estaba completamente desnudo y pajeándose, era como verlo en un local de esos que están en un sexshop a pie de calle, con cabinas. Estaba el abuelo con las piernas abiertas en la cama y ella enrojeció al ver la gruesa polla de 24 centímetros de largo que sostenía en la mano.Esto hizo que la nieta olvidara por un momento el rubor, y se centrara en ese pene grueso que por primera vez veía a su abuelo.No lo podía creer.

Abuelo y nieta se reconocen en el club de alterne

El morbo los invadió a los dos en ese momento. El hombre comenzó a masturbarse mas rápido aún, tenía la piel que le sobresalía del capullo pero enseguida descapulló el nabo al verla, era como un nabo de esos grandes y negruzcos que venden en las tiendas eróticas, Allí estaba dándole una clara señal a la chica de su grado de excitación. Su capullo era gordo y rojo. Ella a su vez siguió acercándose, meneando la cintura al ritmo de un sensual striptease, entró en el papel, que la verdad, dejó de ser papel para ser realidad, porque la calentura no fue de postín, ni postiza. La chica mojaba realmente las braguitas. La chica se iba quitando la blusa, olvidando casi su parentesco, estaba excitada, mostrando un sostén de latex que cubría deliciosamente sus senos. Grandes y caídos para su joven edad, pero eso a su abuelo parece que le ponía más caliente y todo, ver su nieta tetona, cómo se había desarrollado. Seguía bailando muy sensual, agachándose y meneándole el culito que venia con una pequeña tanga negra. El viejo no paraba de pajearse con todas sus ganas sin perder detalle del show de su nietecita.

La nieta muy cachonda sabía lo que hacía se tocaba y tocaba, para calentar la verga gorda, el pollón grande de su abuelo caliente viendo a su nieta. Jugaron en la habitación.

La chica lo miró directamente a los ojos, mientras despacio se quitaba el sostén y se lo lanzaba a la cara. Mostró sus deliciosos, grandes y colgantes pechos, de pezones gruesos y bastos, como si de una mujer de mayor edad se tratara. No se emparejaban esas tetas con la cara dulce que tenía. El hombre moría de deseo, y le hizo una señal para que se subiera a la cama. Ella obedeció de inmediato, montándose en la camita. Ella no paró de mirarle la gran polla, y los huevos peludos que aún tenía el abuelo. Moría en deseo de tocarlos.

El viejo se lanzó como animal sobre ella, empezando a manosearla de inmediato. Con una mano le estrujaba las tetazas, mientras la otra se colaba entre las piernitas de la joven, bajo la tanguita, y lentamente introducía un dedo en su mojada vaginita.”¿Te gusta mi nietecita? Vaya sorpresa verdad?” le dijo, con voz titubeante debido a su evidente calentura. El abuelo no podía más, su polla grande la tenía toda abultada, su capullo a petar, y ella no paraba de mirársela ensimismada. La masturbó a máxima velocidad, haciendo que su pequeña nieta gimiera descontrolada, bajó la velocidad un poco para meterle su dedo anular experimentado con el que tantas veces había hecho disfrutar a su abuela también. Y volvió a retomar la enloquecedora caricia haciéndola gritar de placer. Con sus labios comenzó a tirar los pezones de la chica, luego los succionó con ganas, hasta endurecerlos. “Me has puesto los pezones durísimos” logró decir la chica que apenas hablaba, pero notaba en demasía su excitación. Solo ver a su abuelito tan caliente ella se mojaba más y más.

La nieta pajea la gran polla de su abuelo

La chica tomó la enorme polla del viejo, le gustaban gordas xxx y lo pajeó con ganas, con una mano no le daba ni para la mitad, le sobraba nabo por delante y por detrás. “Es enorme!” Logró decir casi sin vocalizar, y luego se acomodó sobre el hombre para mamársela, pero el viejo ansiaba comerse el inexperto y joven coño de la chica, así que la puso sobre el montada sobre su cara, en posición perfecta para el 69. Ella se metió media polla en su delicada boca, saboreaba y cerraba los ojos, chupaba gustosa la prieta tranca de su abuelo, apenas le cabía un poco en la boca y ella era consciente, pero lamía y succionaba salvajemente en tanto el hombre le introducía la lengua en su húmeda cavidad, lamiendo sus juguitos. Ella vio de cerca los huevos gordos del viejo, y parece que dudó en chupar, cosa que finalmente acabó haciendo. Los chupaba sin experiencia pero lograba que le entraran en la boca, uno a uno. Ella olía la excitación del abuelo y ella estaba más caliente aún. El disfrutaba como un niño casi, rejuvenecido. Le chupaba el clítoris, le lamia cada milímetro, volviendo loca a la chica, y lo notaba porque cada vez sacaba más jugos que bajaban y se deslizaban por el ano joven de la nieta. “¿Te gustaría que siguiera por detrás?” pero ni obtuvo respuesta ya que la nieta ni hablaba, él se dirigió al ojete directamente, supo que era gloria el ojete de su nieta, que chupaba sin cesar. En ese momento sí escuchó un gemido fuerte de ella. “¡sigue, sigue por favor, sigue…ahí!” Fue la señal inequívoca que le gustaba que se lo chupara, le pasó la lengua sin cesar por todo su agujero juvenil, y a la misma vez él se ponía más duro, y su rocosa polla endurecía en la boca de su nietecita, haciendo ese 69 bestial. Siguieron sus juegos orales por un rato, hasta que el viejo logró que su nieta se corriera en su boca. El bebió hasta la ultima gota de esa corrida, y luego le llenó la boca de su semen a la chica, ella tambien se bebió hasta la ultima gota, saboreándolo con ganas.

El viejo tenía la polla como una roca por la Viagra

El viejo seguía como piedra. Sin ninguna delicadeza ahora, ya que antes vio que ni ella contestaba y que encima le gustaba, perdió casi el rubor y pensó que lo mejor era follarla como era debido: follar a su nietecita. Así que agarró a la muchacha y la hizo ponerse a cuatro patas, apuntando directamente con su polla grande a la joven vaginita de su nieta. De un solo movimiento y brusco se la metió e insertó hasta el fondo provocando un grito de dolor en la joven, que eso le puso más cachondo oir como gritó, y dio con más rabia y gusto para adentro. Ella nunca había tenido una verga tan grande dentro de ella. El viejo bombeaba enloquecido, era como si se follara a la abuela pero esta vez el coño era mucho más joven y sin parar comenzó a culear y embestir a la chica hasta dejarle los cachetes rojos.”Dame, dame por favor, tienes una polla muy grande abuelo”. Entonces él escuchando esto, notó una erección mas fuerte, y las paredes del coño de su nieta las notó mas´calientes y le aprisionaron aún más su pollón enloquecido. La tiró del pelo y la hizo arquearse hacia él, sin dejar de embestirla brutalmente manoseó sus tetas grandes: “vaya tetones tienes, nunca los hubiera imaginado, más que tu abuela y todo”, ella callaba y miraba todo caliente al abuelo fuera de sí. Siguió bombeándola de ese modo hasta hacerla correrse.

Luego la empujó a la cama, la tomó de los tobillos y la hizo girarse boca arriba.La chica le miraba sin saber qué iba a hacer. La uso rápidamente las piernas de la muchacha es sus hombros, alzándole bien la cadera, parecía una buena puta, como esas que se follan en los relatos cornudos, y el marido solo mira y la puta le mira como diciendo: “cómele el pollón a mi macho!”. Bueno, pues el abuelo caliente nuevamente se la metió hasta el fondo y volvió a bombear como un quiceañero; “toma nietecita, o te tengo que decir perra?, eh,, dime”,”Dime perra abuelo dime guarra quiero sentir tu polla fuerte y tus palabras duras esta vez por favor”. Así el abuelo no se cortó, lo estaba deseando decirle todo eso a ella para mojarla más y el lo mismo. “Toma perra, nieta golfa, querías una buena polla gorda y gruesa? ahí la tienes”. Mientras lo decía, la jodía sin cesar con fuerza, con el efecto de esa viagra a mil por hora, y su dulce nieta gritaba y se retorcía debajo de él. Siguió dándole y dándole hasta mas no poder, y luego comenzó con lentas pero fuertes embestidas, abriéndole mas y mas la conchita.

Sudor y olor a sexo del abuelo y su nieta en la habitación

Ambos sudaban y gemían de placer mientras seguían follando con todas sus ganas, no se lo podían creer, abuelo y nieta, hasta que el viejo no resistió mas. Sacó la polla gorda y roja de la caña que le había dado, y a ella la hizo levantarse: “levanta, ves la polla como me la has dejado, lo ves? perra!'” La joven nieta excitada por las duras palabras del abuelo no podía más, no podía creer que la llamara perra y encima deseara toda su corrida. Era porno casero, de toda la vida, en la propia familia, con la perrita de la nieta, menuda golfa. “Lista para montarla!”, pensó el anciano duro como una roca. La muchacha completamente caliente:”Si, abuelito, dame, dale a la perrita de tu nieta la polla y la corrida, quiero sentirla, quiero sentir lo que la abuela ha sentido muchas veces”

Esto hizo que él se acercara más, y casi con el capullo en la nariz de ella, descargara y chorreara como un veinteañero todo corrido y caliente: “toma, y aprende. tomaaaa!” Tenía la polla grandísima después de todo el ajetreo sufrido, se iba aflojando pero la lechada fue impresionante la joven chica esta inundada en semen blando del viejo. Obviamente tras este episodio ella pasó a ser la nieta favorita, ambos mantuvieron en completo secreto esta historia y en cuanto podían se echaban una follada de las buenas. Ella pasaba de sus amiguitos y compañeros y tenía la polla gruesa que la abuela ya no disfrutaba, y la nietecita y sus tetazas, la gozaban hasta endurecerse esos pezones gruesos que parece daban leche.

Una follada que marcaría a la pequeña nieta para siempre

El encuentro que la nieta, hecha puta y el abuelo, hecho putero, tuvieron aquel día en el lugar donde ella trabajaba sin que nadie lo supiera, ese cruce tuvo sus repercusiones. Ella ya no querría otra cosa que pollas grandes debido a esa experiencia traumática positiva y él ya no querría otra cosa, que jóvencitas pervertidas.

A partir de ahora, experiencias sexuales como ésta, confesiones nocturnas e íntimas serán las que colmen y abunden en estos apasionantes relatos porno, en estos excitantes relatos xxx y sobre todo, relatos sexo que a nadie dejan indiferentes. Mucho morbo, para mucho vicio.

20 visitas en total, hoy 0

El diablo conduce un BMW (3)

Bisexuales, Confesiones, Lésbicos, Sexo con maduros 01/06/2016

Me sentí sucia y avergonzada después de lo sucedido con el sacerdote. La dómina que llevo resurge a veces. Y esta vez iba a ser la lesbiana interior, la que se pronunciaría.

El diablo conduce un BMW (3)

La hermosa mujer respiró agitada. El relato cargado de erotismo le había robado el aliento, pero también había cautivado al padre Patrick y a Priscila como jamás se hubiera imaginado.

– Después de eso –prosiguió Ana luego de beber un sorbo de Brandy-. Me sentí avergonzada de lo que había hecho. Me sentía sucia y nuevamente llena de culpa. Pero había logrado dar un paso para alcanzar mis sueños. Había puesto otra mancha en mi conciencia y en mi matrimonio, pero estaba más cerca de la riqueza, alta alcurnia y supremacía que anhelaba.

– Después de esa experiencia –la chica del BMW continuó de pié-, me prometí serle fiel a mi esposo. Sin embargo, pese a mi intención de ser una mujer fiel y conseguir ese empleo honestamente, terminé repitiendo mis errores. Al final, empecé a utilizar mi cuerpo y el sexo como moneda de cambio para conseguir todo lo que yo quería.

– Entonces, ¿Conseguiste el empleo? –preguntó Priscila.

– Por supuesto –dijo sonriente Ana, contoneándose con elegancia frente al cura y su ayudante-. Pude conseguir eso y mucho más.

– ¿Puede prestarme baño, padre? –se interrumpió Ana-. Necesito sólo un momento.

– Claro, hija –respondió el cura, parándose del asiento y llevándola a su dormitorio. Ahí había un pequeño baño.

Ana lo siguió a la habitación, observando la pequeña recámara donde dormía el cura. Con la sencilla cama ocupando la mayor parte del espacio.

– Cuando vuelvas continuaremos tu confesión – expuso el padre con una sonrisa comprensiva.

– Claro, padre –contestó la chica del BMW con una encantadora sonrisa.

Entonces, el padre tuvo que echarse para atrás para que pasara la muchacha, pero ella no lo esquivó. Lejos de eso, apoyó su femenino tronco contra el pecho del cura. De pronto, el cincuentón pudo sentir la turgencia de los grandes y firmes senos de Ana. La curvatura de su cadera contra su cuerpo se apegó a la zona de la pelvis. La abogada lo miró a los ojos y el cura sintió su aliento en su rostro. El rostro femenino y hermoso estaba muy cerca, con los ojos turquesas mirándolo y los labios carnosos invitándolo a probar del fruto prohibido.

– ¿Usted cuidará la puerta, padre? ¿Por favor? –pidió Ana, girándose para mostrarle el otro perfil de su hermoso rostro, acomodando el carnoso y firme trasero contra la entrepierna del cura.

– Por supuesto. Lo haré –consiguió decir el cura.

– Gracias –le dijo Ana, cerrándole un ojo antes de encerrarse en el baño.

– ¿Qué pasa, padre? –preguntó Priscila, entrando por la puerta.

– Nada, muchacha –se excusó el cura, acalorado. Luego mintió-. Faltaba papel higiénico.

En el baño, la sensual abogada supo de inmediato que en aquel lugar sucedía algo extraño. Aquel último lance con el cura se lo había revelado. Aquellos dos querían reírse de ella, pero no sabían con el diablo que se metían. Aquello era una provocación para la soberbia y altiva mujer. Ana vio en el espejo despertar al demonio que vivía en su interior. Lejos de sentir miedo de sus actos, La abogada dejó que aquel ser tomara fuerza y forma en su interior. Sacó de su cartera cocaína y tres dosis de éxtasis. La droga, así como su vida licenciosa, habían llegado con el nuevo empleo y el dinero.

La cocaína la consumió de inmediato, aquello le quitaría el cansancio y la borrachera. El éxtasis lo escondió en su calzón de encaje blanco. Terminó de maquillarse, arregló su vestimenta. Ana volvió a la habitación, el padre y Priscila parecían conversar en voz baja. Ambos se separaron y regresaron a sus asientos. Cuando los vio, sintió una oscura y cálida sensación crecer en su interior. Una sensación que la hacía sentir segura.

– Entonces –retomó las conversaciones el cincuentón párroco-, que pasó después de eso. Obtuviste el puesto.

– Así es, lo obtuve –contestó Ana, bebiendo el etílico café-. Pero había ocupado mi cuerpo para obtenerlo. Aquello iba en contra de todo lo que me habían enseñado, pero había sido necesario y conveniente. Me di cuenta del poder de mi belleza y me hice amante de Jorge, mi jefe.

– ¿Cómo pasó? –preguntó el padre.

– ¿Cómo pasó? –repitió la pregunta la chica del BMW-. No sé, padre. Sólo pasó. Una noche me vi con él, dejando que me follara a cambio que facilitara mi vida en la oficina. Así de simple. Mi cuerpo empezó a ser mi moneda de cambio.

Ni Priscila ni el padre mostraron querer preguntar algo. Ana decidió continuar.

– Con mi jefe aprendí a hacer bien una mamada, a mentirle a mi esposo y a follar en los baños de las discotecas –reveló la hermosa veinteañera, algo descarada-. Pero no fue el único amante que tuve ni todo el conocimiento que conseguí, después vinieron otros. Compañeros de trabajo, amigos, desconocidos y otros que se suman a la larga lista de mis “pretendientes”. Todos ellos eran diferentes, tenían diferentes penes o perversiones. Es una lista que no quiero detallar.

– Pero ¿Cómo fue la primera vez con tu jefe? –insistió el cura.

– Vamos, cura –dijo molesta Ana-. Quiere que empiece a contar cada historia que tengo. Son muchas. He sido infiel con numerosos hombres. Imagínese el resto.

– Muy bien –dijo el cura, algo molesto-. Entonces, cuéntame algo. ¿Has estado con mujeres?

Ana quedó en silencio, mirando al cura con suspicacia. Pero, luego esbozó una sonrisa de suficiencia.

– Sí, padre –reveló Ana-. He tenido sexo con mujeres.

– Entonces, ¿Quiere la señora Ana hablar de eso? –preguntó el cura, algo irónico.

– Ok. Pero será la última historia –dijo Ana, no dejándose intimidar por el alto y fornido sacerdote-. Estoy harta de tanta confesión.

– Está bien –el cura se dio por vencido con aquella sensual pecadora. Pero sé muy detallada, por favor. En base a esta confesión haremos la expiación de tus pecados.

– Lo haré. No se preocupe, padre –dijo desafiante la desvergonzada abogada.

Una expresión extraña asomó entonces en su hermoso rostro. Una expresión traviesa.

– Sabe, padre –la voz de Ana era más profunda y produjo cierto escalofrío en el cura-. Deberíamos ir a otro lugar para darle realismo a esta última historia ¿No le parecer?

– Por supuesto… si es necesario –dijo algo inseguro el padre Patrick.

– Entonces, ¿Vamos a su habitación? –preguntó Ana.

Ana improvisaba. Sin esperar, se paró y caminó hasta la puerta del dormitorio del padre Patrick y la abrió.

– No estoy segura que sea una buena idea, padre –La rubia parroquiana quiso rechazar la sugerencia de la abogada, sin embargo, se quedó en silencio al notar la actitud del párroco.

– Está bien – accedió el cura-. Lo haremos como la Señora Ana quiera.

– Muy bien –dijo la abogada, satisfecha-. Le prometo que no se arrepentirá.

Ana se sentó en la cama. Esperó que el padre y Priscila se sentaran, en una silla y en la cama, respectivamente. Entonces, la chica del BMW se levantó de improviso anunciando que iba por una copa. Sirvió tres copas de brandy y en ellas puso el éxtasis escondido en su calzón. Al regresar, con las copas en la mano, su sonrisa encarnaba la inocencia.

– Iba a contar la primera vez que tuve sexo con una mujer ¿no? –retomó la confesión Ana, acomodándose en la cama de tal forma que mostraba mucho de sus largas y femeninas piernas.

– Así es –corroboró el cura.

– Ok – continuó Ana-. Estaba gozando la vida y del sexo a espalda de mi amado marido. Pero ni se me pasaba por la mente tener sexo con otra mujer. Estando algo borracha había hecho alguna travesura inocente con Carolina, mi mejor amiga de la oficina. Pero era cosa de chicas borrachas, bailar y fingir ser lesbianas en la discoteca para calentar a nuestros compañeros de trabajo. Pero nunca pasó de aquellas pequeñas travesuras.

– Sin embargo –continuó la trigueña e infiel mujer-, tomando una copa, luego de una charla en un exclusivo hotel, conocí a una mujer. Era una abogada exitosa dentro del sistema judicial de nuestro país. Su nombre era Cecilia.

– Era una mujer afable y educada -empezó a describirla Ana-. Casada, con dos hijos y una agenda apretada. Físicamente, es una mujer alta, muy delgada, cabellera castaña oscura, de nariz grande y poco alineada, pero que imprime carácter a su personalidad. Sin contar ese defecto, es una mujer de unos cincuenta años muy bien llevados.

– Como entenderán –la sensual chica del BMW continuó muy relajada sentada sobre la cama-, me sentí halagada que una persona tan importante como ella se fijara en mí. Luego de un rato, me dijo que la acompañarla a su habitación por una última copa. Estaba por algún motivo que desconocía alojada en el hotel. Por supuesto, la acompañé a su lujosa habitación. Ahí, bebimos alcohol y fumamos marihuana. Todo aquello me hizo sentir relajada. Conversábamos risueñas en un sillón de dos cuerpos, con nuestros cuerpos muy cercanos.

Ana se acercó un poco a Priscila, en la cama.

– No recuerdo cómo, pero en algún momento ella acarició mi cabello. Ella decía que era muy suave. Nuestras miradas se encontraron mientras ella acariciaba con delicadeza un mechón. Así… –Ana dijo esto atrayendo a Priscila hacia ella.

Pese a una pequeña resistencia de la rubia parroquiana, Ana notó que el éxtasis hacía su efecto. Entonces, pudo mostrarle al padre Patrick como Cecilia jugueteó con los mechones de su cabello y acariciaba su rostro esa noche. Priscila estaba tan inmersa en el relato que parecía hipnotizada por la cautivadora voz y belleza de la pecadora e infiel abogada.

– Sin darme cuenta, –continuó Ana, acariciando el rostro de Priscila – me sentía en las nubes. Estaba tan relajada y tan a gusto que no vi venir el beso que Cecilia me robó.

Ana en ese momento dejó de acariciar el rostro de Priscila y sin mediar palabra besó suavemente a Priscila. Priscila, a pesar de la sorpresa, no retiró su rostro. Por algún motivo no sentía deseos de rechazar a Ana. Fue un beso delicado y breve. Las miradas de las mujeres se encontraron, Ana con una sonrisa cómplice y Priscila con los ojos grandes pletóricos de sorpresa y duda.

-Disculpa, no pude aguantarme. Tienes unos labios muy bonitos. ¿Te incomodó mi beso?, me preguntó Cecilia –continuó Ana, observando la reacción de sus acompañantes-. Yo quedé en silencio. No esperaba aquel beso dulce y atrevido ¿Qué le decía a una mujer como ella? No la podía rechazar. No sabía qué hacer.

Priscila tampoco lo sabía. Empezaba a notar que él relato empezaba a repetirse entre aquellas paredes, pero los roles se habían cambiado o al menos una de las protagonistas era diferente. El padre Patrick, en tanto, sólo se atrevía a mirar en silencio.

– Aprovechando mi indecisión, Cecilia me besó de nuevo –relató la sensual mujer de ojos claros.

Ana besó con ternura a Priscila, que esta vez esperaba el beso, pero no hizo nada para evitarlo. Sólo dejó que Ana fundiera sus carnosos y sensuales labios con los de ella. Fue otra vez un beso dulce que hizo mover su sangre y hacer saltar su corazón en el pecho.

– Fue otro beso que me dejó sin palabras –continuó la confesión la abogada, mirando al padre-. Un beso que antecedió muchos otros.

Priscila, a su lado, era incapaz de apartar la vista de la boca de Ana. Ana volvió a besar a Priscila, el cuerpo de la rubia cayó a la cama, bajo el dominio de la sensual abogada. El padre Patrick, sentado a unos metros de las dos mujeres. Era testigo privilegiado de como los besos se hacían más apasionados. La respiración de la rubia se agitó y en los ojos se notó que perdía la compostura, entregándose a la lascivia. Al cura, viendo aquella erótica escena, le fue imposible aguantar una gran erección en su pantalón.

– Cuando Cecilia empezó a desabrochar mi camisa, yo no me resistí –Ana empezó a hacer lo que decía sobre el cuerpo de la sumisa Priscila.

Ana apartó un mechón rubio del rostro de Priscila antes de bajar con sus dedos rozando su cuello hasta alcanzar los botones de la camisa y abrirlos para acariciar uno de los grandes y turgentes senos de la rubia parroquiana.

– Sentí placer cuando Cecilia puso sus manos en mis senos y besó mi cuello –continuó la lujuriosa abogada, renovando las caricias sobre Priscila-. Sin poder evitarlo mi camisa estaba abierta y mis senos empezaron a sentir los labios de un nuevo amante, esta vez una mujer.

– Era besos suaves… eléctricos –le dijo Ana a Priscila-. ¿Sabes cómo se sienten los besos de una mujer en tus senos, sobre tus pezones?

– No lo sé –la voz de la rubia sonó suave, temblorosa.

– ¿Te gustaría saberlo, Priscila? –le preguntó Ana, acariciando por sobre el sujetador celeste el pezón de la muchacha.

Priscila permaneció en silencio. Ana tomó la iniciativa y sumergió su rostro en la parte superior de los grandes senos de la rubia. Priscila cerró los ojos y dejó que la hermosa abogada la transportara a otra parte.

El cura observó como los carnosos labios de Ana eran depositados sobre los soberbios senos de su asistente y no fue capaz de moverse de su asiento, ni siquiera por la incómoda erección en el pantalón.

Ana continuó en los senos de Priscila, chupó la punta de los grandes senos y tomó el pezón en su boca, chupando con deleite. Priscila lanzó un gemido, disfrutando. No se detuvieron ni cuando sus conciencias pidieron que lo hicieran. Todo alrededor giraba alrededor de la sensual boca de Ana y el oscuro pezón de Priscila. Todas las sensaciones y miradas alrededor de ese íntimo contacto, mientras los ojos de Ana y los del padre Patrick no paraban de encontrarse.

– Lo ve –logró decir Ana, con la respiración agitada-. Yo también terminé excitándome con Cecilia. Empecé a tocarla como ello lo hacía, como Priscila toca ahora mis senos.

– Quítame la camisa, Priscila –le pidió Ana a la rubia, que lentamente siguió la orden de la trigueña y sensual mujer-. Yo le saqué la camisa a Cecilia, bese sus pequeños e insignificantes senos como si fueran los senos de una diosa. Ella se levantó y me tomó de la mano. Me condujo al dormitorio. Ahí, nos acomodamos sobre la cama y continuamos besándonos, dándonos placer.

Ana hizo recostar a Priscila en la cama y se acomodó a su lado. Las dos mujeres estaban “liadas” en la cama, entregadas en besos y caricias. Priscila había perdió rápidamente la falda y los besos de Ana bajaron hasta su sexo. El cura se puso de pie, se sentó en la esquina más alejada de la cama y observó fundirse a las hermosas féminas. Las manos de Ana acariciaban los senos de Priscila mientras besaba su sexo sobre un calzón pequeñísimo del mismo color celeste que los ojos de la rubia. La sensual trigueña aún conservaba el sujetador y la corta falda, pero estiraba como estaba en la cama permitía al cura ver claramente el calzón de encaje blanco.

Sin duda, pensó el padre, aquella mujer era una lasciva tentación. Su cuerpo era la fruta prohibida hecha mujer, arrojada por el demonio para tentar a la humanidad.

La abogada hizo girar a la bonita muchacha, para besar su espalda, sus hombros y su cuello antes de regresar con la lengua hasta su cintura y luego besar el voluptuoso trasero de Priscila. El calzón celeste era un pedazo de tela delgada y demasiado sexy, que dejaba al descubierto casi por completo al desnudo los sensuales glúteos.

– Que buena está su chica, padre Patrick –Ana empezó a sacarle el calzón a Priscila y a exponer sus labios vaginales-. Mmmmmmmhhhh… calienta sólo verla y pensar en comerle este dulce coño ¿no es así, padrecito?

El cura no dijo nada, sólo se mantuvo inmóvil mientras Priscila, boca abajo, recibía la boca de Ana en su entrepierna.

– Ahhhhhhhhhhhh –gimió Priscila.

Al párroco irlandés le gustaba estar al mando, sentirse dueño de la situación. Pero no se atrevía a hablar o acercarse. Ana continuaba dando placer a su compañera, que soltaba pequeños murmullos, suspiros y algunos gemidos. Luego de un momento, que al padre Patrick se le hizo eterno, Ana se retiró. La hermosa abogada de ojos verdeazulados y cabello atado en una coleta se incorporó en la cama, jugueteando con los dedos en el húmedo coño de Priscila. Sus ojos no paraban de observar al cura irlandés mientras masturbaba a la sensual parroquiana.

– Yo estaba caliente en manos de Cecilia –Ana regresó a “la confesión”. Sus dedos, lentamente, empezaron a adentrarse en el coño brillante de la rubia-, sus dedos empezaron a tocarme, a penetrar en mi cuerpo. Yo estaba realmente caliente y cuando me ordenó que le lamiera el coño estaba más que dispuesta.

Ana dijo las palabras con depravación, haciendo que un escalofrío recorriera la espalda del cura.

– Mnnnnnnnnnnnn…. Dios mío… -interrumpió con susurrantes palabras la rubia y hermosa parroquiana, con los dedos de Ana entrando y saliendo de ella, mojados por los fluidos vaginales.

– ¿Te gusta, amor? –preguntó Ana, mirando al compungido padre Patrick.

Pero fue Priscila quien respondió.

– Si –la respuesta vino en medio de suspiros. Sus ojos celestes parecían brillantes y llenos de lujuria.

– Ayúdame, Priscila –ordenó la chica del BMW-. Sácame la falda.

La falda corta de Ana fue retirada rápidamente por Priscila. Ana entonces se estiró boca arriba sobre la cama. Su cuerpo era perfecto al parecer, con senos grandes y curvas armoniosas cubiertas aún por la ropa interior de encaje blanco, un conjunto muy sexy. Además, tenía su calzado de tacón alto aún puesto. Arrodillada a su lado, Priscila estaba completamente desnuda. Una muchacha escultural de senos grandes y caderas y glúteos generosos. Su coño estaba depilado de tal forma que sólo una línea de bello rubio adornaba su coño, por sobre éste. Era un cuerpo ligeramente diferente al de Ana, pero igualmente deseable y hermoso.

– Muy bien, mi amor –la felicitó Ana, acariciando a su compañera.

Ana estirada sobre la cama, abrió sus sensuales piernas.

– Ahora –continuó ordenando Ana-, quiero que bajes un poquitito mi calzón y veas que secreto tengo aquí escondido para ti, preciosa.

Priscila hizo lo que se le pedía con sumisión. Se acomodó entre las piernas de la sensual trigueña, bajó el calzón blanco de Ana. La veinteañera e infiel mujer tenía una pelvis completamente depilada. El coño de la escultural abogada parecía el de un bebé y los dedos de Priscila se movían con timidez sobre él. Al ver aquel coño el padre Patrick sintió reaccionar su pene en el pantalón. Fue una erección dolorosa y satisfactoria a la vez.

– Muy bien –susurró Ana, dejándose llevar por primera vez.

El párroco, ahora de pié, era testigo de las primeras caricias de los dedos y la boca de Priscila. La avidez de su feligrés por dar placer a Ana era un espectáculo que lo mantenía sudando, con el rostro colorado y la boca seca. El cuerpo de Priscila iba y venía sobre el cuerpo de Ana, que dejaba que fuera la rubia quien llevara la iniciativa. La dedicación de Priscila sobre el área genital de la sensual e impúdica abogada parecía total.

– Padre Patrick –la voz de Ana sacó al cura de sus ensoñaciones-. Necesito un favor. Se puede acercar.

– Si –la voz le salió en un hilo.

– Necesito que me saque el sujetador, por favor –Ana entreabría y cerraba los ojos por el placer que recibía de la boca de Priscila.

– Yo… -no sabía que responder el cincuentón párroco irlandés.

– Por aquí –la curvilínea abogada expuso un broche en la parte delantera del sensual sujetador blanco. Luego, simplemente cerró los ojos.

Ana parecía vulnerable, pero sólo como una tigresa dormida. El cura no se atrevió a desobedecer a esa mujer. Con cuidado, cogió el broche y liberó el contenido de la tela de su prisión. Los senos de Ana eran grandes, erguidos y perfectos. Era un torso juvenil, de pezones rozados y pequeños entre tanta carne. Al padre Patrick se le hizo agua la boca. A la sazón del momento, no pudo evitar comparar a ambas mujeres.

– Gracias, padre –la voz de Ana y los ojos verdeazulados observándolo lo devolvieron a la realidad-. Ahora, quiero que ayude a Priscila. Párese a la altura de su cadera, por favor.

El padre así lo hizo, sometido a la voluntad de aquella pecadora.

– Ahora, quiero que ayude a Priscila –susurró Ana, con su entrepierna invadida -. Quiero que lleve su mano a la espalda de Priscila, sobre ese hermoso trasero.

El párroco no pudo resistirse a la petición de Ana. Cuando su enorme mano tocó la piel de Priscila la encontró caliente y sudorosa. Sin proponérselo, acarició la cintura y parte de la curvatura de la cadera de la rubicunda hembra.

– Muy bien… Yo sabía que necesitábamos un poco de estímulo para reanimar a Priscila –anunció Ana, mordiéndose el labio inferior-. Mire como se ha puesto con su contacto. Mire como se come hambrienta mi coño… por dios… lo hace muy bien, padre.

Era verdad. Priscila parecía querer devorar el coño de Ana. Lo besaba, lo chupaba, lo absorbía. Sus dedos jugueteaban con su clítoris, bajando y subiendo por sus labios mojados.

– Ahora, padre Patrick -pidió Ana-, quiero que lleve sus dedos a la entrepierna de su hermosa asistente. Hágalo acariciando su trasero, lentamente. Quiero poder sentir a través de la lengua de Priscila el placer que usted le da.

Los dedos del cura, posados en la cadera, así lo hicieron. Como si tuvieran vida propia acariciaron el glúteo de su asistente. Su mano se arrastró vil y sensualmente por la anatomía de su parroquiana hasta llegar al coño de Priscila. El movimiento arrancó primero un gemido de Priscila y luego una respuesta en Ana, que curvó la espalda.

– Juegue con su clítoris, por favor –fue el mandato de Ana.

La mano del cura se puso a trabajar, empapándose de los flujos de Priscila.

– Y ahora, penétrela con los dedos, padre –ordenó Ana, sus ojos claros eran pura lujuria y malicia.

El padre sintió como sus dedos penetraban a la mujer que era su mano derecha en la iglesia. La humedad le cubrió los dedos mientras se adentraba en el coño de Priscila, arrancándole un gemido y luego otro.

“Dios… que hermosas mujeres. Quiero hacerlas mías”, pensó el cura.

De pronto, el padre Patrick llevó su mano libre a la entrepierna y acomodó su pene. Sintió de inmediato la necesidad de masajear su sexo, acariciarlo sobre el pantalón mientras observaba el cuerpo desnudo de Priscila mientras sus dedos se adentraban en su sexo.

– ¿Quiere saber qué pasó con Cecilia, padre? –preguntó Ana.

– Si –contestó el padre, sus ojos negros mostraban un brillo febril.

Ana se levantó, dejando a Priscila arrodillada boca abajo, con el cuerpo inclinado mientras exponía la cola para que los dedos del padre Patrick siguieran penetrándola. La abogada se acercó lentamente al cura, por el otro lado del cuerpo de Priscila. Desde el otro lado de la cadera, Ana también empezó a acariciar con sus dedos la intimidad de la rubia. Ahí, sobre el coño de la rubia, los rechonchos dedos del cura y los estilizados dedos de Ana se tocaran por primera vez.

El padre Patrick podía sentir los gemidos de la rubia mientras él y Ana la acariciaban. Priscila estaba muy mojada y en un momento empezó a temblar hasta que su cuerpo cayó hacia un lado. La abogada sonrió, satisfecha de su labor.

– Estaba muerta de placer en manos de Cecilia –continuó, inclinándose nuevamente sobre el cuerpo de Priscila para dar pequeños besos sobre aquel hermoso cuerpo-. Llevaba un rato besándola, lamiendo sus senos, atendiendo su coño y entregándome a Cecilia cuando sentí un ruido en la puerta, a mi espalda. Entonces, vi a un hombre entrar en la habitación. Un hombre de más de cincuenta años, calvo y vestido en un traje de etiqueta. Aquel hombre era el esposo de Cecilia.

El cura Patrick quedó paralizado frente al cambio de los acontecimientos en la historia de Ana, su mano sobre el pantalón podía sentir el palpitar de su erecto pene. La abogada se inclinó en la cama, exponiendo su hermoso y escultural trasero a menos de un metro. Así lo había encontrado el desconocido en su historia.

– Estaba inmóvil, incapaz de reaccionar –continuó a Ana, llevando sus dedos a su sexo y acariciándolo-. Los pasos del hombre cruzaron la habitación hasta quedar cerca de la cama. Era incapaz de mirarlo a la cara. Observé a Cecilia, en su rostro no había culpa ni sorpresa. Sólo una sonrisa lasciva, descarada.

“Bienvenido, querido. Feliz Aniversario. Te tengo una sorpresa”, dijo Cecilia, indiferente a mi presencia.

“Así lo veo”, la voz del hombre era ronca y serena.

“Te dije que era una putita, pero no me creíste ¿No debiste apostar contra tu esposa?”, dijo Cecilia.

– Ellos me ignoraban –relató Ana, con los dedos hundiéndose en su propio sexo y Priscila recostado a su lado-. Mi cuerpo estaba desnudo entre ellos y me ignoraban.

“Así es… no creí que fuera posible que la sedujeras”, contestó el desconocido.

– El marido de Cecilia acarició mis glúteos –contó Ana, que parecía excitarse mientras se masturbaba y recordaba-. Rozó mi sexo y continuó hablando con su mujer.

“Tendrás que preocuparte de los asuntos de los chicos y de la casa por un mes”, dijo con frivolidad Cecilia.

“Así es”, fue toda la respuesta de su marido mientras sus manos recorrían mi espalda y mis glúteos.

“¿Te gusta la chica? ¿Quieres que te la preste un rato?”, le preguntó Cecilia.

“Si, me gusta… La quiero”, dijo él.

“Entonces, tómala, amor”, respondió Cecilia, entregándome a su marido como un objeto sin importancia.

– Se imagina, padre –La voz de Ana era agitada, sus dedos estaban cada vez más adentro de su sexo. Priscila se arrodilló al lado, observando-. Sentí que el hombre se sacaba la ropa y se subía a la cama, atrás mío. Cecilia me ordenó que le continuara comiendo el coño y así lo hice. Estaba excitada, nunca había participado en un trío. No hasta ese momento.

– Sentí la presencia del hombre entre mis piernas –la chica del BMW llevaba sus dedos más adentro de su sexo-, su pene rozó mis glúteos y mi entrepierna. Entonces, me penetró y aquello me impulsó a volver a lamer y besar el clítoris de Cecilia. Estaba en otro mundo, sumisa. Dispuesta al placer, como ahora.

La sensual abogada tenía los dedos entrando y saliendo de su sexo, el padre la observaba paralizado, sintiendo su verga erecta dolorosamente presionar contra el pantalón. Fue entonces, que sintió una mano intrusa en el pantalón. Era Priscila, que sin mediar palabra, desabrochó el pantalón y sacó el pene del padre Patrick de su prisión. Era una verga grande y gruesa, dispuesta a la acción.

– Basta de juegos, padre –la mirada de Priscila era de determinación cuando sacudió el pene en su mano-. Déjeme ayudarlo, sólo un poco.

La rubia asistente se sentó en la orilla de la cama y se inclinó sobre el cuerpo del cura para comenzar la mamada ayudada de una mano. La lujuria del párroco despertó del estado latente en que se encontraba. El padre Patrick llevó las manos a los senos de Priscila y los apretó con fervor insano.

– Así me gusta, padre –la voz de Priscila era la de una mujer pérfida, dándose tiempo para hablar mientras metía el descomunal pene en su pequeña boca-. Estire mis pezones… así.

– Dios… eres una perra, Priscila… -dijo el padre. Mientras miraba el tentador culo de Ana.

– Si… soy una puta, padre… su putita… me encanta su verga –Priscila parecía otra persona bajo la barriga del cura, haciendo suyo aquel masculino trozo de músculos y venas.

Ana estaba muy excitada para entender bien que pasaba. Sus ojos turquesas parecían prendidos en la magnífica verga que de la nada había aparecido. La deseaba y eso hacía que buscara su clítoris con sus dedos, sin sutilezas. Era una caricia salvaje.

El padre Patrick comprendió que aquella dominante mujer, la hermosa y curvilínea dueña del BMW, estaba finalmente a su alcance. Su lujuria la dominaba. Había llegado la hora del “castigo”. Apartó a Priscila, subió a la cama y tomó a Ana de las caderas, acariciando ese prodigioso cuerpo. Agasajándose con la piel en su palma, subiendo hasta un firme seno y apretándolo fuerte. Tomó un pezón y lo estiró, arrancando gemidos de aquella diablesa con forma de mujer. Acarició el sexo de Ana, tocando el depilado coño y repasando el clítoris con el pulgar. La humedad y el calor que encontró eran una invitación que no podía rechazar. Entonces, el cura bajó el calzón blanco hasta los muslos, guió su pene entre los pliegues de aquel lugar pecaminoso y la penetró.

Ana Bauman lanzó un grito ante la bestial estocada, incapaz de abarcar toda aquella alimaña en la entrepierna. El dolor se extendió por su cuerpo, pero también un calor que le nubló la vista. El padre Patrick sintió que su verga era apretada en toda su extensión. La sensación fue deliciosa, triunfal. Entonces, retrocedió y embistió de nuevo el desnudo coño de Ana, penetrándola una y otra vez.

La abogada gemía, gritaba y se quejaba contra las sábanas de la cama, pero mantenía la posición inclinada y sumisa, con la cola a completa disposición del cura Patrick. Ana estaba caliente, el sacerdote era cada vez más salvajemente en sus movimientos, pero la escultural trigueña parecía acostumbrarse al tamaño del “artefacto” del cura y los gemidos ya eran de placer más que de dolor.

El padre notó a Priscila a su lado, observándolo y la atrajo hacia él. La tomó de la cintura y la besó, perdiéndose en un apasionado encuentro de sus lenguas mientras Priscila se afirmaba de sus hombros. Así, continuó follando a Ana y disfrutando en lo posible del cuerpo de Priscila, cuyos pechos eran manjar de los labios del párroco. Poco después, al cura se le ocurrió cambiar de posición y ordenó a Ana colocarse boca arriba sobre la cama.

– Abre las piernas –ordenó el cura.

La hermosa abogada parecía entregada al cambio de roles.

– Priscila cómele el coño a esta puta –anunció a su asistente.

Priscila así lo hizo. Enterró su rostro en la entrepierna de la preciosa abogada. En tanto, el voluminoso cuerpo del padre Patrick se acercó a la cara de ángulos y pómulos perfectos de Ana.

– Chúpame la verga, perra –fueron las palabras sin derecho a réplica del cura, mientras depositaba aquella enorme verga sobre el angelical rostro de ojos turquesas y labios carnosos de Ana.

Ana, con la respiración agitada por las caricias de Priscila en su clítoris, estiró el esbelto cuello y puso sus carnosos y sensuales labios sobre la monstruosa verga del cura. Recorrió la piel cubierta de venas con labios entreabiertos, aspirando el aroma a sexo y orina de aquel hombre. Incapaz de detenerse, abrió la sensual boca y probó el sabor de aquel sexo que no era el de su esposo. Una oscura lujuria se desencadenó. Tomó la verga con una mano y llevó el pene por su cara, por sus labios, por su mentón. Se lo metió a la boca un momento y lo saboreó con la lengua. Era grande, muy grande. Llevó el pene hasta uno de sus pezones, estirándose en la cama. Tomó uno de sus senos con su mano y lo apretó contra aquel monstruoso pene. Estaba divertida con ese juego cuando escuchó al cura hablar de nuevo.

– He dicho que me chupes la verga, puta –fueron las crudas palabras del párroco.

Ana, la sumisa, obedeció. Empezó a chupar con fervor la verga del padre Patrick, como se le había ordenado. Podía sentir la lengua de Priscila en su sexo y las manos del cura sobre sus senos y sus glúteos.

– Así. Muy bien, Señora Ana… muy bien… -decía el cura-. Es usted una experta… nunca pensé que alguien pudiera llevar tan adentro mi pene. Es usted, una verdadera puta, Señora Ana.

Ana retrocedió, casi sin aire. Pero sólo para aprovechar de lamer el pene mientras respiraba agitada.

– ¿Cuál es el apellido de su esposo, Señora Ana? –preguntó el sacerdote mientras la verga del cura se meneaba frente a la carnosa y sensual boca.

– Moro… Tomás Moro –contestó Ana, mientras la curvilínea trigueña de ojos claros lamía la punta del glande.

– Señora Moro, debo decir que Usted lo hace estupendo… es usted una puta divina –dijo el cura, acariciando el rostro y cabello de Ana, impulsándola a renovar la lasciva labor sobre su pene.

– Dios, no puede hacerme esto –pidió Ana, con el monstruoso pene entre los carnosos labios.

– Claro que puedo, Señora Moro y usted también puede hacerlo –anunció el cura, estirando un pezón.

Ana, con excitación renovada por las palabras del cura, se metió otra vez aquella grotesca verga. Priscila había dejado de darle placer y ahora se encontraba a su lado, tratando de disputar aquella verga. Ahora, las dos mujeres besaban, lamían y chupaban alternativamente el pene del cura. Sus labios y leguas fundiéndose pecaminosamente sobre el monstruoso aparato del padre Patrick. Aquello excitó al pervertido sacerdote.

– Así me gusta, putitas –les dijo mientras observaba encontrar sus lenguas en la punta de su pene-. Bésense… chúpemela, Señora Moro. Vamos, Priscila… no te quedes atrás.

Era excitante, pero luego de un rato se obligó a apartarse de ambas mujeres.

Indicó a Ana que había llegado la hora de recibirlo nuevamente. La lujuriosa mujer del BMW se dejó caer sobre su espalda y recogió sus piernas hacia los lados, abriéndose tentadoramente. La prenda blanca y las medias negras se habían perdido en algún momento y sólo el elegante calzado de tacón altísimo adornaba su cuerpo. El resto sólo era la más magnífica desnudez.

El padre Patrick se desnudó también, su cuerpo alto y voluminoso distaba mucho de la belleza de sus acompañantes. La lasitud de las carnes hacía juego con la barriga, la breve papada y el trasero pequeño. El rostro, habitualmente pálido, estaba rojo y la melena y barba de color castaño oscura salpicada de canas parecía más oscura, casi negra por el sudor. Así, el pervertido cura se aproximó a la infiel mujer. Ana lo esperaba con las piernas muy abiertas, en un contraste morboso y perverso.

El cura se echó sobre el vientre plano de Ana. Repasó con la verga el mojado coño sin lograr penetrarla al primer intento. Sólo la lujuria unía el juvenil y angelical cuerpo de Ana con aquel desproporcionado cincuentón de barriga prominente y tosco aspecto. Sin embargo, cuando aquella enorme verga entró en Ana, el padre Patrick supo que ella le pertenecía. El cuerpo y la mente del cura parecían fundirse con el mismo paraíso, entregándole un calor y un placer que irradiaba desde su pene hasta cada célula de su cuerpo.

Los labios finos del cura buscaron la turgencia de los labios de aquella hermosa mujer, Ana se fundió en un beso de pasión insana. Aquel era el primer beso entre los amantes y al pervertido párroco le supo a gloria divina. Embistió una y otra vez contra la pelvis de la muchacha mientras sus bocas se unían, mientras lamía aquellos senos grandes de pezones erguidos, mientras le susurraba palabras al oído y ella lo atraía a su femenino cuerpo pidiendo más.

– Fólleme, padre… más… por dios, quiero más… -la escuchaba el párroco casi sin aliento en su oído-. Que verga… mmmmmnnnnnnhhhh…. Más… padre, por favor… más.

– Ha sido una mala esposa, Señora Moro… ahora debe pagar… -le decía el cura, pervirtiendo el acto de la expiación mientras continuaba penetrándola.

– Si, he sido una mala esposa… una pervertida… ah… dios… soy una perra infiel… una puta… mmmmnnnnnhhhhh… soy su puta, padrecita… suya… aaaahhhhhh… -respondía Ana, disfrutando de la lengua y los labios del cura sobre sus senos.

– Si… eres una puta que vive de las apariencias… una mujerzuela… vamos puta… demuéstrame la puta infiel que es, Señora Moro -dijo el cura, incorporándose entre las piernas de Ana sin dejar de penetrarla.

– Priscila, ven acá –llamó a la rubia el cura-. Señora Moro, quiero que le coma el coño a Priscila… Priscila, coloca tu coño sobre Ana, hazlo mirándome. Así, quiero verte.

Mientras el padre continuaba follando a Ana, extendida en la cama con las largas piernas alrededor de la gruesa cintura del cura, Priscila colocó su entrepierna al alcance de la boca de la sensual abogada, que empezó a lamer el coño de la rubia. Priscila, que sabía muy bien lo que hacía, en esa posición de frente al cura se inclinó para lamer la verga del pervertido sacerdote o el clítoris de Ana. Aquello, fue más de lo que pudo resistir la trigueña abogada, que tuvo su primer orgasmo. Fue largo y le nubló la vista. Pero le siguieron otros más. Aquello era una locura.

– Dios… aaaaaahhhhhh…. Mmmmmnnnnnnnnhhhggg… me corro, padre… me corro… -gritó con un último aliento la hermosa abogado.

Ana ya no tenía fuerzas, dejó que el cura continuara sobre ella hasta que en algún momento éste se corrió sobre su pelvis y abdomen. Lejos, de amedrentarse, el cura seguía caliente. De inmediato, llamó a Priscila a su lado. Sin esperar, empezó a follarse a su guapa asistente. La Rubia y el cura parecían dos adolescentes incapaces de suprimir su deseo. Ana los observó sin fuerza a su lado.

– Al final, de aquella noche –Ana continuó su historia mientras veía follar al padre y Priscila-. Fui usada por Cecilia y su esposo. Aquella había sido mi primera experiencia con una mujer y mi primer trío. Lo disfruté totalmente, sin embargo, cuando me dejaron ir cerca del amanecer tuve que lidiar con las consecuencias y la culpa.

El padre Patrick le comía las grandes y blancas tetas a Priscila, ella a su vez saltaba sobre la enorme verga. Era una imagen poderosa para los sentidos. Mientras limpiaba el semen del cura de su abdomen, Ana continuó su relato, a pesar que no sabía si le escuchaban.

– Como aquella vez, cada vez que volví a ser infiel he sentido la culpa corroyendo mi interior. Pero a la vez reafirmaba con cada infidelidad aquella lujuriosa emoción, aceptándola. A veces quisiera ser la muchacha inocente y fiel de hace años, pero sé que eso no es imposible. Mi cuerpo me pide placer. Soy una mujer extraña ¿no?

No hubo respuesta. Los gemidos de Priscila y las palabras soeces del cura aumentaban en la habitación. Ana observó su cuerpo desnudo. El recuerdo de lo que había dejado atrás le trajo cierta tristeza. No obstante, la escena sexual a su lado borraba todos aquellos pensamientos. Sin notarlo, volvió a excitarse. Ana se sentía cansada, pero la urgencia de su bajo vientre empezaba a crecer y era un llamado al que no podía faltar.

Se escabulló al baño y aspiró cocaína. Se observó al espejo. Se sintió hermosa. La chica se transformó de inmediato en la diablesa sedienta de lujuria. Ana estaba lista para unirse al padre y su amante nuevamente. Estaba lista para fundirse en un delicioso sexo infiel y profano. Sin pensar, volvió a la habitación.

– Ven aquí, preciosa putita –escuchó decir al cura.

Ana sonrió y dejó que las manos del cura la llevaran a la cama. Ya no había vuelta atrás, ni en aquel momento ni en su vida. Aquella confesión que le arrancó el cura duró horas, pero cuando se marcho se sintió satisfecha. Cuando marchaba en su BMW a casa, con su marido, se sentía por algún motivo relajada y en paz.

Quizás por eso, en el futuro, cuando Ana sentía que la culpa o el remordimiento la embargaban, pensaba en aquella iglesia. Entonces, conducía su BMW negro a aquel lugar. Buscando la salvación carnal en manos de un bonachón cura y su guapa asistente.

14 visitas en total, hoy 0

El diablo conduce un BMW 2

Dominación, Fetichismo, Sexo con maduros 01/06/2016

Una infiel y sensual pecadora llega al lugar correcto para superar sus aflicciones. Un sacerdote que acatará y obedecerá a la severa y dura visitante dómina.

El diablo conduce un BMW (2).

Ana miró a los ojos negros del hombre y a la mujer que estaba a su lado. Aquella situación era extraña. Ella confesándose a dos desconocidos: un cura cincuentón y la juvenil y rubia hermana.

Había algo extraño en aquella reunión que preocupó a la abogada, en esos dos espectadores que la observaban con expectación. Pero desechó aquellos pensamientos. Estaba más preocupada de que nadie notara su estado de excitación.

– Me parece que debes continuar con la confesión, Ana –repitió el padre Patrick-. Para expiar tus faltas.

– Esta bien, padre. Continuaré –dijo la chica del BMW, con una sonrisa extraña en el rostro.

Ana bebió un sorbo de Brandy antes de proseguir con su historia.

– Después de mi primera infidelidad con Ramiro, me prometí no serle nunca más infiel a Tomás. Nos casamos y por un tiempo me sentí la mujer más dichosa del universo. Mi esposo goza de un trabajo muy bien remunerado y bien visto. Vivimos en un exclusivo condominio y nuestra vida era muy buena. Por mi parte, había conseguido un trabajo en un estudio de abogados mediocre, pero que me mantenía ocupada.

“En este lugar no llegaré a ninguna parte”, me decía habitualmente.

– Vivía con aquellos pensamientos de no estar en el lugar de trabajo que yo me merecía -Ana no notaba que su falda se había subido mostrando sus piernas enfundadas en medias negras-. Todo cambió cuando me enteré que un importante bufete iba a contratar a un abogado para su equipo de trabajo. Era un puesto para tiburones y pesos pesados, una oportunidad única. Se me metió entre ceja y ceja que ese puesto era para mí. Me obsesioné con obtener ese trabajo.

– Me faltaban calificaciones y no cumplía algunos requisitos –continuó Ana-. Pero no me di por vencida. Aquella obsesión me condujo a mi segunda infidelidad y a las subsiguientes, supongo.

– Yo lo estaba, absorbida por conseguir ese trabajo –continuó la hermosa abogada-. Vivía esos días y noches planeando como llegar a la selección, como lograr ese trabajo para alcanzar el estatus y la notoriedad que mi vida merecía.

– Dicen que cuando uno desea algo con fervor, las cosas resultan –la sonrisa de Ana era amarga, pero la belleza de la abogada era innegable para el padre Patrick-. Una noche nos presentaron a un chico de lentes y su chica. Federico era un tipo insípido, lo menos interesante sobre la faz de la tierra, salvo por un trascendental factor que afectó mi vida de inmediato: estaba a cargo de la pre-seleccionando de los candidatos para el puesto que yo tanto anhelaba. De un momento a otro, Federico Soto Mancilla se transformó en la llave para cumplir mis sueños.

Federico era un tipo tímido de cabello negro y grasiento, lentes gruesos que me miraba de soslayo cada vez que le daba la espalda, pero era la solución para todos mis problemas.

– En aquel momento, pensé rápido –Ana dio énfasis al relato, reviviéndolo-. Debía hablar con él a solas esa noche. Increíblemente, Yo, una mujer hermosa y sensual, con un semental guapísimo como mi marido, me pasé toda la noche buscando el momento para quedarse a solas con el tipo más insípido y nerd de la fiesta.

– Finalmente –la voz de Ana empezó a sonar distorsionada por el alcohol-, se presentó la oportunidad, la novia se marchó porque tenía unas clases al otro día y mi marido se ofreció para ir a dejar a unos amigos al otro lado de la ciudad.

– Cuando me dijo que nos fuéramos –continuó Ana, cruzando de lado sus largas piernas-. Yo le dije que me quedaría un rato, que nos encontrábamos en casa.

– Mi esposo no es inseguro y confía en mí –continuó Priscila con una sonrisa traviesa en el rostro-. Se despidió y observé perderse nuestro BMW por la ventana. Sin dudarlo, fui directo hacia Federico dispuesta a conseguir que me pre-seleccionara para aquel empleo. Pero debía ir poco a poco, me acerqué a él y le pregunté si podía servirme un trago. Él, algo nervioso, me indicó que tendríamos que ir a la cocina.

– Yo trataba de pasar lo más desapercibida para el resto –Ana Beatriz, alias BB, parecía disfrutar la expectación de la audiencia-. Pero Federico era lento captando indirectas. Tuve que arrastrarlo rápidamente hasta la cocina, pero estoy seguro que hubiera puesto resistencia si no fuera la chica que soy.

– Yo siempre he sido una chica guapa, lo sé –Ana sonó muy segura, incluso pareció erguirse en el asiento para que el padre y su parroquiana la vieran, para que notaran su belleza y sus curvas-. Desde mis doce o trece años he llamado la atención de compañeros de colegio, maestros y otros adultos. Hombres de todas las edades me han deseado y descubrí que mi belleza podía abrir muchas puertas.

– Ahora –retomó la historia Ana-, imaginad a ese espécimen infrahumano lleno de pequeñas espinillas en la frente yéndose a la cocina con la chica más guapa de la fiesta. Cualquier tipo no hubiera dejado la oportunidad para coquetear con la chica, pero Federico era lo más tímido que existía en la humanidad y tuve que conducir la conversación preguntándole sobre su trabajo y la selección del abogado en aquel importante estudio.

– Insistí en que respondiera cada pregunta con una pequeña inclinación de mi torso, mostrándole mis grandes y firmes senos en el escote del minivestido negro que usaba esa noche –sin darse cuenta Ana imitó el sensual movimiento que había hecho esa noche, dejando al cura con los ojos abiertos.

– Logré que Federico se relajara, que tomara un trago y hablara más de lo que debía –continuó la Bauman, con el vaso de Brandy nuevamente vacío-. Estaba obsesionada por conseguir ese trabajo. Aquel puesto era uno en un millón. Así que tomé la decisión de lograr ser pre-seleccionada esa noche con ayuda de Federico. Él no me quitaba el ojo de encima y yo le coqueteaba al pobre chico, que se ponía nervioso con mi cercanía.

– Me había prometido serle fiel a Tomás, pero estaba convencida que lo hacía por nuestro bien –dijo Ana-, Además, aquello no tenía nada de malo o desleal. Era sólo un par de miraditas, sonrisas y roces que poco o nada tenían de sexual. Más había mostrado en verano en la playa, usando bikini.

– Conseguí llevarlo a una habitación alejada de aquel departamento para que me mostrara como hacían la selección de los candidatos en su computadora. Federico es de esos tipos que siempre van a todas partes con su computadora conectada a la red en todas partes. Un nerd de la cabeza a los pies –relató Ana, con desprecio en el hermoso rostro-. Yo le escuché mientras caminaba coqueta en la habitación, como apreciando el lugar. Quería mostrarle mis curvas y mi belleza para dominarlo. Sentándome en la cama y mostrándole mis piernas en el sensual minivestido negro que llevaba aquella noche.

Ana empezó a caminar por el lugar, gesticulando. Caminando como lo haría una femme fatale, desabrochando un par de botones de su camisa, inclinándose para demostrar las curvas de su escote o su voluptuoso trasero. Mostrando la manera en que había llevado la conversación hasta lo que le interesaba, su interés para que Federico la integrara arbitrariamente al concurso.

– Y aquel muchacho resultó que tenía una “elevada ética profesional” –continuó Ana su exposición, ante la mirada atenta del sacerdote-. Eso me dijo tartamudeando con cada frase. La “elevada ética profesional” la mantuvo a pesar de mis ruegos, de mi fingida angustia y de mi coqueteo inocente.

– Decidí cambiar de táctica –Ana parecía rememorar su rabia-. Estaba decidida a hacer cambiar de opinión a Federico.

– ¿Qué pasó? –preguntó el padre Patrick.

– Yo intuía que el chico me deseaba –continuó Ana, que volvió al sillón y cruzó sus piernas despreocupada-. El había descubierto mis reales intenciones y a pesar que sabía que yo sólo lo quería usar para conseguir el empleo seguía ahí, en la habitación mientras todo el mundo continuaba en la fiesta.

– Federico me volvió a explicar como seleccionaban a los postulantes mientras analizaba mi perfil laboral en su computadora y me trataba de hacer entender que no poseía los requisitos para el cargo –la inescrupulosa abogada cruzó las piernas y el cura pudo vislumbrar la tela blanca de su calzón-. Mientras explicaba, miraba disimuladamente mis piernas, mi escote o mi rostro.

– Pero Federico no conocía la medida de mi deseo y que me sobraba ambición –la abogada bebió otro sorbo de brandy-. Ni siquiera yo sabía a lo que estaba dispuesta por ese puesto. Le pedí que falseara los datos de mi currículum laboral para participar de la entrevista de trabajo. Por supuesto, Federico se negó nuevamente, alegando esa supuesta ética de trabajo mientras sus ojos pervertidos se dirigían a mis senos, una y otra vez.

“Cerdo”, pensé en ese momento.

– Ese tipo era un cerdo e iría directo al matadero –la voz de Ana estaba cargada de odio-. Habíamos bebido un par de copas y yo empecé a desesperarme cuando Federico se escapó al baño de la habitación.

– No sabía qué hacer –Ana sonrió, era una sonrisa de dientes blancos, perfectos-. Mientras observaba su computadora un archivo de video en el escritorio llamó mi atención.

– Aquello fue el destino –dijo Ana, con una sonrisa soberbia en su hermoso rostro-. Abrí el archivo y de inmediato pude ver la imagen de una muchacha desnuda caminando por una sala mientras un hombre igualmente desnudo la seguía, atado de una correa. Adelanté un poco la grabación, era una grabación de dominación. Ella hacía que el hombre le comiera el coño, obligándolo a darle placer.

– Había encontrado una manera de hacer un trato con Federico –continuó Ana, con una sonrisa en el rostro y los ojos turquesas muy abiertos-.Adelanté el video observando la escena, viendo como la mujer dominaba a su esclavo hasta que lo orinaba en la cara. Era asqueroso, los gustos de Federico eran miserables igual que él.

– Sentí sonar el agua correr en el baño –dijo la preciosa dueña del BMW-. Había tomado una peligrosa decisión. Sin dudarlo, retrocedí la grabación. El esclavo gateaba hasta la entrepierna de la mujer y empezaba a lamer el coño de su ama. Luego, sin detenerme a pensar, me saqué mi pequeña tanga y la escondí en mi cartera.

– Me sentía extrañamente decidida cuando Federico volvió a la habitación –Ana parecía inquieta. Se mordió el carnoso labio inferior en un gesto sensual y llevó con una mano el trigueño cabello a un lado-. Él se acercó a su computadora, pero quedó paralizado ante la imagen de la muchacha sentada en una mesa mientras el hombre le comía el coño.

“¿Qué haces?”, me dijo

– Trató de acercarse a su computadora para detener la grabación, pero me puse en medio. El trató de rodearme, pero no lo dejé pasar. Mi mente trabajaba a mil por hora. Había llegado el momento de tomar al toro por las astas o más bien por los cojones –la sonrisa de Ana era picara, descarada-. Cuando mi mano tomó a Federico de su entrepierna saltó en su lugar. Lo inmovilicé así y le ordené que se sentara. De inmediato acató mi orden. Él quería hablar, quizás justificar la presencia del video porno, pero lo hice callar.

– ¿Saben que hice para silenciarlo completamente? –preguntó Ana a sus oyente. Su sonrisa era amplia y sus dientes perfectos brillaron en aquel poco iluminado lugar de la parroquia.

-No –dijeron casi al unísono el cura y la parroquiana.

– Saque mi tanga de la cartera, se la mostré y luego se la puse en la boca, “amordazándolo” con ella –Ana lanzó una risita divertida y luego tomó aire para continuar-. Federico se quedó quieto y callado, sorprendido supongo. Completamente a mi merced.

– Le dije –Ana se levantó, haciendo una parodia de sí misma-: Podemos hacer un trato, tu me ingresas en la selección y yo te ayudaré a recrear en esta habitación este video. Para dar énfasis a mis palabras hice esto frente a Federico.

Ana se apoyó en la mesita que estaba junto al sillón del padre Patrick y se subió el vestido, mostrando los muslos femeninos enfundados en sus medias que cubrían hasta la porción superior de sus muslos, donde pudo vislumbrarse la parte de la desnudez de sus generosos y femeninos muslos.

Luego, con la misma actitud desenfrenada, dejó caer la tela de su falda y acarició uno de sus senos antes de remover la tela de su camisa y su sujetador para mostrar un instante uno de sus grandes y erguidos senos. El padre Patrick estaba pálido y era incapaz de salir de su sorpresa.

Priscila dio la impresión de moverse, enojada. Tal vez con la intención de defender al cura de aquella impúdica fémina. Pero el párroco la detuvo.

– Tranquila, Priscila. Todavía no es el momento –le ordenó el padre. Luego se dirigió a la abogada-. Es algo descarado lo que hizo, Señora Ana. Pero estamos aquí para conocer a la pecadora ¿Qué pasó, Ana?

– Pasó lo que debía pasar –continuó Ana, aún de pié-. Su ética laboral se derrumbó. No tardó ni treinta minutos en falsificar los antecedentes que necesitaba, creando una base de datos que corroboraría toda la historia laboral. Finalmente, estaba dentro de la selección. Me sentí tan pletórica y contenta que incluso le di un beso al miserable bastardo mientras bailaba de felicidad. Fue sólo un instante de celebración, pues, pues Federico me recordó que tenía que cumplir con mi parte del trato.

Ana quedó en silencio, mirando al cura. Le quitó la copa de brandy a Priscila y se la bebió en un instante.

– ¿Quiere ver qué hice? –preguntó Ana, desvergonzada y visiblemente borracha-. ¿Quiero mostrarle lo que hice, padre Patrick? ¿Puedo?

– Muéstrate pecadora –la retó el padre Patrick, con una cruz en la mano como si Ana fuera un demonio-. Quiero ver a Satán en toda su expresión para poder expulsarlo de aquella dulce carne.

– Así lo haré, padre –dijo desafiante Ana-. No se preocupe.

– Federico se sentó en la silla mientras yo cerraba con seguro la habitación –continuó Ana, de pié-. Le puse nuevamente el calzón de la boca y le ordené que permaneciera en silencio. Estaba nerviosa, pensé en mi marido, pero la obsesión de obtener ese empleo era mayor que mis principios. Primero me saqué los zapatos de tacón, tratando de reunir valor para lo que hacía. Lo hice lentamente, sensualmente. Luego, jugué con mi falda. La subía y la bajaba. Le daba la espalda y me inclinaba coquetamente.

– Me empecé a calentar –confesó la acalorada mujer del BMW negro-. Nadie me había visto así, ni siquiera mi marido. Me sentí deseada, como una bailarina de esos espectáculos femeninos donde van sólo hombres.

Ana se movía en la pequeña habitación, con sensualidad ensayada. Como una odalisca que danza para su señor y la cohorte. Subía y bajaba su falda, no demasiado, sólo para dar énfasis a su relato. Pero aquello era suficiente para caldear el lugar.

– Yo me movía por la habitación exultante de alegría–continuó Ana, recordando-. Federico me miraba con cara de incredulidad. Yo me acercaba a él y levantaba mi vestido, espantando su timidez, provocándolo. El estiró los brazos para alcanzarme, pero le ordené que se quedara sentado, quieto.

“No te he dado permiso para tocar”, le dije.

– El acató mi orden. Descubrí que era una mujer dominante en aquella habitación –el hermoso rostro de Ana mostró por primera vez un perfil perverso-. Esa sensación me excitó. Vi la cara de Federico y sin saber porque llevé un par de dedos a mi coño desnudo, sin protección. Mi pequeño calzoncito oscuro seguía en su boca mientras una erección empezaba a exponerse bajo el pantalón. Mis dedos tocaron mi coño, estaba caliente y sorpresivamente muy húmedo. La caricia arrancó extrañas sensaciones en todo mi cuerpo, me hizo desear tocarme más.

– Nunca había hecho nada como eso –Ana pasó la lengua por sus labios- Pero cuando me di cuenta, deseaba seguir haciéndolo, mostrarme a ese miserable hasta desnudarme. No había vuelta atrás. Estaba caliente justo enfrente del “bendito geek”.

– Me tocaba la entrepierna cada vez más. Así, lo vé –dijo Ana con voz cargada de sensualidad, mostrando al cura como lo había hecho frente a Federico.

Ana se acercó al padre Patrick y llevó un dedo bajo el vestido. Era un descaro hacerlo frente a un servidor del orden divino, pero también había un morboso sentimiento que alentaba a la abogada a traspasar los límites. Era una provocación.

El padre se mantuvo firme, a pesar que su entrepierna despertaba ante la salvaje actitud de la hermosa abogada. El cura observó las piernas largas y femeninas, enfundadas en sensuales pantis negras, expuestas en toda su expresión. La actitud lasciva de Ana estaba cada vez más desatada.

– Vamos Ana –pidió el padre. Sofocado y casi rojo-. Continúa, muchacha.

– Pasó que terminé por sacarme el vestido –Ana dejó la porción superior de sus muslos a la vista, desnudo sobre las medias negras-. Federico estaba a un metro, con mi tanga en la boca observando como mi mano se perdía en mi coño y me sacaba el sujetador a juego con el tanga. Fue un momento excitante, estaba nuevamente fuera de mí. Le ordené a Federico que se sacara el pantalón y que gateara frente a mí mientras me desnudaba. Él así lo hizo, gateaba con su bóxer lleno de figuras de superhéroes alrededor de su ama, moviéndose como un perro alrededor mío.

“Eres mi perro ¿cierto?”, le dije mientras retiraba el tanga que lo silenciaba.

“Si”, me respondió.

“¡Los perros no hablan!”, le recriminé, dándole una nalgada que dejó mis dedos marcados en su muslo.

“Los perros ladran, no hablan. Ladran felices cuando ven a su amo” “Ladra para tu ama, mi perrito”, ordené, autoritaria.

– Federico ladró –Ana parecía excitada, el alcohol y el relato descarnado habían sacado la ninfómana al exterior-. Por fin pude reírme en su cara. Era su dueña, la ama de un perro sometido a mis órdenes. Le ordené que trajera mis zapatos de taco en la boca, le ordené que moviera la cola y que ladrara una y otra vez. Que girara, que se sentara y que ladrara nuevamente. Luego, le ordené que se rascara las pulgas. Así lo hizo. Le azoté el trasero para que supiera quién era su ama. Obedeció en todo. Sin un esbozo de desobediencia.

– Sonreí satisfecha –la sensual abogada estaba acalorada, sus mejillas sonrosadas la hacían ver aún más deseable, pero el cura se mantenía estoico-. Finalmente, me calcé los zapatos que mi perro había traído para mí y desnuda me apoyé contra la pared. Así.

Ana se apoyó contra un estante lleno de viejas biblias y recreó la escena. Los ojos negros del cura se extendían esta vez no sólo a porción superior de las largas y deseables piernas sino también al pequeño calzón de encaje de color blanco que salió finalmente a la vista.

El padre Patrick estaba rojo, temblando en su asiento. Nadie hubiera sabido si de cólera o lujuria.

– Me metí un dedo en el coño, no lo pude evitar. De esta forma –Ana echó a un lado su calzón de encaje blanco, dejando al cura atónito-. Estaba caliente y me masturbé un rato. No sé cómo había llegado a eso, pero la verdad no me importó. Le pedí a mi perro-hombre que oliera mi coño. Quería que identificara el aroma de su ama.

– Así lo hizo mi perro –continuó Ana apoyada en el librero, frente al padre Patrick. Tenía un dedo en el coño-. Verlo tan cerca, oliendo mi coño me excitó mucho más. La experiencia había gatillado un oscuro e irrefrenable deseo en mi cuerpo.

“Lame el coño de tu ama”, le ordené.

– Las palabras salieron de mi boca sin pensarlas –relató Ana, con el dedo hundiéndose más en su coño, frente al cura-. Sentir la lengua de aquel perverso y feo individuo en mi cuerpo me calentó. Disfrute de cada lamida que invadió mi coño. Incluso, le ordené penetrarme con la punta de su lengua.

“Eres mi perro… buen perro. Así me gusta”, le dije.

– Y el ladraba sobre mi coño –dijo Ana, retirando su dedo del coño y mirando desafiante al cura mientras se lo llevaba a la boca-. El orgasmo no demoró en llegar, lo disfruté. No lo puedo negar, no a usted, padre Patrick. Fue un orgasmo rico, intenso. Entonces, perdí los papeles.

“Ven a mi lado, mi perro”, le ordené.

– Entonces, yo también bajé al suelo, apoyada en mis cuatro miembros –relató Ana, colocándose como una perrita frente al cura y Priscila-. Yo estaba caliente y quería algo más, padre. Entonces miré a Federico, el perro, y le dije:

“Ven aquí, perro. Aquí ha llegado tu perrita”.

– Federico abrió los ojos y sin dudarlo me montó, como lo hacen los perros con las perras en celo –empezó a contar Ana, su voz era un sensual susurro-. Sus manos en sus caderas se afianzaron y no tardé en sentir su pene entre mis glúteos, buscando mi coño. Me penetró, me embistió sin decir una palabra. Ambos caímos en un estado de lujuria animal.

Ana continuó en aquella indecente posición, fingiendo que era una perra mientras movía su voluptuoso trasero, las caderas de adelante a atrás, como si un can la estuviera violando y ella no pudiera hacer otra cosa que disfrutar cada embestida.

– Era indecente lo que hacíamos, padre –continuó la hermosa trigueña-. Sentía el sonido de sus carnes sobre las mías y no podía evitar esa sensación de placer ni la humedad en mi entrepierna. Pero ninguno de los dos hablábamos, todo eran sonidos bestiales. Algo así:

“Ah Ah Arrrggg… Grrrr…. Arrggggg…. Mmmmnnngggrgrrr….”

– Lo entiende, padre –dijo Ana, que no pudo evitar que una mano acariciara su coño un momento sobre el calzón blanco que Priscila veía claramente desde su posición.

– Éramos animales follando, no seres humanos –continuó Ana, deteniéndose y recuperando la compostura-. Follamos hasta que él se corrió y yo sentí su semen correr por mis piernas. Pero yo no estaba satisfecha, necesitaba mi orgasmo y me faltaba tan poco. Le hice comerme el coño de nuevo y a él no le importó hacerlo. La suma de aquella perversión me llevó a tal orgasmo que me obligó a ser malvada con Federico, sólo por el hecho de haberme dado placer. Castigarlo por haber logrado excitarme a pesar de su fealdad. Así lo hice.

“Limpia el coño de tu ama, perro”, le dije.

– El así lo hizo. Entonces, con su cara en mi vagina, empecé a orinar sobre él –El rostro de Ana estaba serio, sombrío.

Se levantó del suelo y volvió a su asiento. Luego continuó su relato, su lujurioso confesión.

– Fue extraño y excitante –la voz de Ana levantó ecos en el oscuro lugar-. Lo había disfrutado, pero recuperé la noción de lo que había hecho. Necesitaba salir de ahí, sin embargo, aún no había salido del sombrío personaje que había interpretado.

“Échate al suelo y quédate ahí”, ordené a Federico, el hombre que para mí era sólo un perro.

– Tomé mis cosas y me dirigí a la salida –dijo Ana, mientras observaba la entrepierna del padre Patrick-. Iba a salir, pero me detuvo en la puerta. No pude aguantar decirle algo más antes de salir.

“Has sido un buen perro”, fueron mis últimas palabras.

El padre Patrick se sentía algo acalorado. Tenía la voz seca y algo le punzaba en la entrepierna. Miró a Priscila de reojo y creyó leer su rostro. Quizás un diablo había llegado a su iglesia montado en un BMW.

14 visitas en total, hoy 0

  • DESTACA tu post patrocinado/relato

    por el 10/04/2018 - 1 Comentarios

    Destaca tu post patrocinado/relato por encima de todos. Siempre estará arriba. Dos enlaces/dos palabras a tu web. Solicita información. ¿QUIERES VER TU BANNER O PUBLICIDAD AQUÍ?  

  • una paja a mi sobrino

    le hice una paja a mi sobrino

    por el 02/05/2018 - 1 Comentarios

    Yo estaba con mi hermana una tarde hablando de nuestros hijos Tengo 26 años, soy madre soltera de un único hijo llamado Juan, de 9 años Mi hermana tiene 32, y tiene un hijo de 13, Brian De pronto ella tocó un tema muy delicado. Empezó a hablar de que Brian ya se masturbaba Yo […]

  • esposa caliente

    Esposa caliente y desaprovechada

    por el 29/04/2018 - 4 Comentarios

    No sabía donde ubicar mi relato, el de una esposa caliente, desaprovechada y desatendida, no sabía ni por dónde empezar, en realidad aún no lo sé. Dejaré tan solo una foto mía de esta mañana, para seguir si ustedes lo desean. A todas las maduras anónimas como yo, desaprovechadas.

  • amas de casa calientes

    Esposa caliente y desaprovechada I

    por el 04/05/2018 - 1 Comentarios

    Lo primero que tengo que decir, es que quería agradecer sus comentarios, creía que nadie vería lo que publiqué. A Javier y Daniel. Soy una de esas amas de casa calientes que hay tantos pueblos y solo ellas lo saben. Me excitan los relatos que leo, y pensé que puedo aportar mi experiencia. Desaprovechada como […]

  • Mis bragas usadas

    Fotos íntimas de bragas usadas

    por el 09/05/2018 - 0 Comentarios

    Con cincuenta y dos años, con mis bragas usadas sucias, y excitada como siempre que veo fotos o leo algún relato, o veo algún vídeo, aprovecho para contribuir a este fetichismo que muchos tienen por las bragas, bragas usadas mis braguitas puestas, con algunas fotos que me hizo mi esposo, para Vds, espero les gusten, […]

  • Me abandonó y se fue con una escort

    por el 11/04/2018 - 0 Comentarios

    Me llamo Laura estoy casada hace muchos años, ya ni me acuerdo, pero muchos. Mis redondas formas así lo confirman. En la foto que desentona, la rellenita y tetona, se me puede ver, al trasluz, ahí estoy; las otras fotos, mi imaginación que vuela, rubia, guapa, delgada es la que yo creo que esa noche […]

Escribe aquí tu búsqueda …

Solicita tu post patrocinado

Gane dinero con Facebook

make-money-234x60-2

¿Eres mayor de edad?

Este sitio web provee acceso a material, información, opinión, contenido y comentarios que incluyen material sexualmente explícito (colectivamente, el “Material Sexualmente Explicito“). Todas las personas al acceder a este sitio deben tener 18 años de edad ó la edad de mayoría en cada jurisdicción en la cuál usted vaya ó pueda ver el Material Sexualmente Explícito, sea cual sea la mayoría (la “Edad de Mayoría”). Usted no puede acceder a este sitio si el Material Sexualmente Explicito le ofende ó si ver Material Sexualmente Explicito no es legal en la comunidad en la cuál usted escoja acceder vía este sitio web.

SI ESTÁS AQUÍ BUSCANDO PORNOGRAFÍA INFANTIL, VETE. NO HAY PORNOGRAFÍA INFANTIL EN ESTE SITIO WEB. NOSOTROS ENTREGAREMOS A LAS AUTORIDADES Y AYUDAREMOS A LA PERSECUCIÓN DE CUALQUIERA QUE ATENTE A EXPLOTAR LOS JOVENES E INOCENTES.

Confirma tu edadAcepta nuestras cookies
El Permiso para ingresar este sitio web y acceder al contenido provisto a través de éste está estrictamente limitado a adultos conscientes quienes afirmen bajo juramento y sujeto a penalidades de perjurio bajo el título 28 U.S.C. § 1746 y otros estatutos aplicables y leyes, que las siguientes declaraciones sean todas verdaderas:

– Soy un ADULTO que ha alcanzado la Mayoría de Edad en mi jurisdicción y dónde estoy escogiendo ver el Material Sexualmente Explicito accediendo a este sitio web;
– Deseo recibir/ver Material Sexualmente Explicitio y creo que los actos sexuales entre adultos concientes no son ofensivos u obcenos;
– No expondré a menores ó cualquiera que pueda ser ofendido
– Acepto que esta Advertencia y Afirmación constituye un acuerdo jurídicamente vinculante entre mi persona y el sitio web y que es gobernado por las Firmas Electrónicas en Acto de Comercio Nacional y Global (comúnmente conocido como el “E-Sign Act”), 15 U.S.C. § 7000, et seq., Al ingresar al sitio, estoy indicando mi aceptación a ser vinculado por lo dicho arriba y por los Términos y Condiciones del sitio y afirmativamente adopto la línea de firma de abajo como mi firma y la manifestación de mi consentimiento.

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para “permitir cookies” y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en “Aceptar” estarás dando tu consentimiento a esto. Más información aquí

Si todas éstas condiciones se aplican a usted, y a usted le gustaría continuar, se le da permiso para ingresar. Si cualquiera de estas condiciones no se aplican a usted, ó usted preferiría no continuar, por favor salga ahora.

º
error: Contenido protegido !!