Nueva vida divorciada de BDSM Barcelona

Nueva vida divorciada de BDSM Barcelona

Mis papas me lo dieron todo, quisieron que yo fuera una buena chica, y lo soy, pero a las puertas de mi madurez, soy lo que se dice una viciosa de cuidado.

Me gusta serlo, tuve la mejor educación, soy de lo que se podría decir, un nivel medio-elevado cultural alto, con estudios superiores y pasiones de las más bajas, así soy yo. Un putón verbenero. Una fusión de lo de arriba y abajo. Mis pasiones no conocen las alturas, me vienen todas de abajo, de mi coño. Y ahí es donde navego mejor, en el sótano del silencio, en la trastienda del gemido; y cuando mis pensamientos vuelan, lo hacen para subir a lo más alto, cuando me ponen en mi sitio, lo aprendí en un lugar BDSM Barcelona. Que es un nuevo destino turístico conceptual que descubrí hace ya unos años.


Con un novio toda la vida, con una boda relámpago después de 15 años de estar juntos, y digo relámpago porque el día de la boda cayó un diluvio que casi se ahogan hasta los caballos de nuestro carromato. Llegamos en diligencia a la catedral. Todo muy épico.

BDSM Barcelona mi placer bondage tras mi divorcio

Una ceremonia rápida, una fiesta de boda multitudinaria, y una noche de gatillo. Digo una noche en el mejor hotel de Barcelona, el vela, y la vela que me la metió por donde no suena. Un velazo para un latigazo.
Esa noche mi primerizo marido protagonizó el primero, o la primera, de las muchas caídas del Imperio Romano, la vanguardia de los muchos latigazos y gatillazos que se sucederían en nuestro breve matrimonio de tres meses.
Nos casamos en agosto, y en enero del siguiente año ya estábamos divorciados. Protagonizamos un caso más, de eso que se llama ahora la epidemia del siglo XXI, las separaciones conyugales. Ya lo decía mi profesor de Universidad, Ramón Lejarreta, “qué facil es unirse, sin saber lo que uno hace”.
Y los gatillazos se fueron sucediendo, yo en mi plenitud sexual y él en su decadencia moral. Yo con más ganas de guerra que Marco Polo, y él más flojo que el brazo de un teleñeco.
Total, que a eso se le unía mis dudas personales, y en nada, ya estaba sola.
En resumen, ahora estoy muy bien, han pasado años, y vivo mi plenitud sexual.
Lo cierto es que soy muy caliente, vivo sola en mi piso de Barcelona, desde años, me lo gané a pulso trabajando después de mis años universitarios y ahora el placer, ocupa un 80 por ciento de mi vida. El otro veinte es para trabajar y ganar el dinero para follar. Así de claro, para tener energía y cama donde poder joder a gusto.
Siempre me atrajo el sexo duro, lo fuerte, de ahí que mi separación estaba cantada nada más casarme, al ver aquello apuntar para el suelo, sin un atisbo de empinamiento y dureza, que es lo que a mí, me va. Tuve que abandonar. Parafraseando a Julio I. Me va, me va.

Me va BDSM Barcelona para llegar al orgasmo sumiso

Acudo semanalmente a un lugar de BDSM Barcelona, donde la dureza, las sumisas y los dominantes corren y campan a sus anchas por su interior.
Cuando entro, porque acudo sola, ya me conocen, el de la puerta, Andrés, ya me indica si hay algo interesante ese día.
Este último día, Andrés, mi confidente dentro del local, me dijo que había llegado un hombre de unos casi cincuenta, pero de buen ver, dominante y atractivo.
Y así fue.
Estaba en la barra tomando algo. Me pareció, en efecto, atractivo. Estuvimos hablando un rato, porque yo ahí dentro no me corto, y yo fui la que dio el primer paso.
Así que en poco tiempo, estábamos en mi casa de Barcelona, un pisito muy majo para mí, para mis ligues y folladas descomunales.
Pronto le vi y noté sus aires dominantes, me gustó, me calentó, mis tetas empezaban a reaccionar.

– Te gustan las cuerdas?- me preguntó.

Yo, iba a bromear, sí, sobre todo, para el puenting. Pero no tenía ganas de bromear, porque cuando una mujer está caliente de verdad, no se ríe. Eso lo dijo el gran filósofo Jean Baptiste Racine, que era soltero.
No estaba para risas, simplemente asentí.
Me ató las tetas, me pasó la cuerda por el cuerpo, y ya me sentí atrapada. Me enseñó su polla, grande, gorda y larga. Me la hizo mamar. Ese hombre mayor que yo, me estaba utilizando como a su perra, o ese deduje. Me gustaba.
Hacía lo que quería conmigo, me volteó, me puso en culo para arriba, aunque yo le facilité la tarea. Le cogí la polla, se la agarré y yo misma me la metí. Uf, qué placer. Pero qué perra llego a ser.
Me folló, como solo los dominantes saben hacerlo, y eso una mujer lo nota. Lo mismo que el gatillo de mi ex. Bueno, mi breve ex, de unos meses.
Me culeó a gusto, y cuanto quiso, en mi camita de niña buena, y hasta hoy.
En resumen, de nuevo caliente, de nuevo trabajando durante toda la semana, para ganar ese dinero, y entregarme al placer epicúreo más profundo y verdadero, el placer de la sumisión, del bondage y de un buen local BDSM Barcelona.

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