Una Fábula de tetas – Cuentos Cachondos

Publicado el 17/01/2022

Por Universo Erótico

Relato enviado originalmente por Dark Saber el 17 de Mayo del 2001 a www.SexoServicio.com
Un cuento extraño y estúpido
En el pequeño poblado donde nací, no había mucha
gente, pero mi padre era el propietario de la mayoría
de los comercios de esta polvorienta y árida zona, yo
no conocí a mi madre, pero por los improperios que mi
señor progenitor exclamaba cada vez que le preguntaba
por ella, deduje que nos había abandonado, cosa que un
alma caritativa me confirmó tiempo después: mi madre
huyó con un amante llevándose una gran cantidad de
dinero que robo de nuestra casa, en fin, la vida a
veces es así.
Así, vivíamos en una hacienda muy amplia, que
funcionaba como gran almacén de las mercancías que
vendía mi padre, además existía una gran caballeriza,
no de caballos de gala o carrera, sino de carga, con
percherones y mulas que jalaban los carretones para
abastecer a otros pueblitos cercanos de productos
diversos, desde alimentos hasta herramientas para
labrar el campo. Paco, mi papá, estaba ya bastante
enfermo, una afección del corazón lo debilitaba
progresivamente, y él deseaba que me hiciera cargo de
todo lo más pronto posible, ya sentía la muerte muy
cercana.
Ya tenía yo 18 años, y sabía a la perfección el manejo
de los negocios de papá, aprendí a leer y hacer las
cuentas necesarias para que todo marchase de la mejor
forma y obtener las mejores ganancias. Yo era de
complexión muy obesa, un gordo descomunal y alto, para
ser un adolescente ya parecía de 30 años, por mi
excesiva gordura.
Fue entonces cuando llegó una pariente lejana de mi
padre, una gran señora con un carruaje de miedo, y con
sirvientes… que traían arrastrando a una salvaje,
una fiera indomable, era la hija de esta elegante
mujer. Se defendía como leona y soltaba golpes a
diestra y siniestra, pero los tres robustos criados ya
habían desarrollado habilidad para detenerla,
seguramente con el paso de los años estas peleas eran
frecuentes. Se llamaba Lidia,
era bellísima, alta, casi como yo, de piel blanca y
pómulos salientes, pelo negrísimo al igual que sus
ojos que lanzaban llamas de furia, una cintura tan
esbelta que parecía que se podría romper con el
esfuerzo de la lucha, la cadera amplia, redonda,
piernas musculosas y bien torneadas que se asomaban
por los restos de una larga falda de tela rasgada, y
unas nalgas poderosas chocaban entre ellas de manera
formidable al intentar liberarse de los sirvientes,
pero lo que me sorprendió fueron el par de tetas que
se cargaba, de campeonato, a pesar de su holgada blusa
estos senos parecían a punto de reventar la tela que
los aprisionaba, y la agitación de su respiración
provocaba un efecto alucinante de sube y baja de su
amplio escote, un profundo abismo se abría entre sus
pechos sudorosos, inevitablemente uno podría hundirse
irremediablemente. Sentí hervir la sangre ante esa
visión impactante. Mi padre y la pomposa señora
llevaron a la pantera custodiada por los tres férreos
guardias hasta una habitación y la encerraron, y los
embates de la chica no cesaron, cerrada con tres
cerrojos la puerta aún era golpeada con gran furia.
Pues esta lejana parentela de mi padre había venido
con el propósito de que Lidia se quedase encerrada en
este pueblucho, su madre ya no aguantaba los
escándalos de su hija en la ciudad, era una chica
salvaje e insaciable, había sostenido una relación con
un respetable hombre casado, y se había quedado
preñada a los quince años, dio a luz a un precioso
niño, pero la madre de Lidia había decidido que esta
era una pésima influencia para su hijo recién nacido,
por lo cuál sería dado a uno de los hermanos mayores
para que lo criara como hijo propio, adoptándolo en
secreto. Que mejor manera de separarlos que
arrastrando a esta tigresa a un alejado y poco
comunicado poblado. Además nuestra hacienda parecía
una fortaleza, al ser un almacén, debía estar
permanentemente vigilada, altos muros, perros que
acechaban por todos lados, sirvientes armados y con
buena paga para evitar algún robo planeado por ellos
mismos pero era una posibilidad remota, eran además
muy leales a la casa.
Esa tarde partió aquella mujer en su lujoso carruaje,
dejando a su hija en el eterno olvido, bajo nuestra
custodia, era el pago que debía mi padre a un favor
que aquella seca matrona le había otorgado en el
pasado. Esa misma noche papá cayó enfermo, mandé a dos
sirvientes por el médico de cabecera, pero en la
madrugada la casa de cubrió de luto. Todo parecía que
se complicaba y el cielo se caía sobre mi… la
llegada de la fiera, la muerte de papá, era como una
alucinación.
Todo se complicaba, mientras que sepultamos a Don
Paco, el que me cuidó totalmente solo, sin ayuda de
nadie, en casa Lidia se encargaba de darles una
palizas feroces a los sirvientes que le llevaban de
comer. Le compré ropa apropiada y larga, que cubriera
su tentadora anatomía, pero apenas se la dábamos nos
arrojaba por una pequeña ventana los jirones de los
vestidos y ropa interior que ni la mugre habían
conocido, en cambio tuvieron el delicado trato de las
uñas de Lidia.
Todos los día una anciana criada le acarreaba agua
caliente para que se bañara, la misma criada se
encargaba de peinarla y llevarle la comida, con ella
parecía que su fiereza se calmaba. Juan, uno de mis
más fieles colaboradores, se atrevió a entrar a su
habitacióna hurtadillas cuando ella se bañaba, de pie,
junto a una palangana, “Tía, pero que enorme culo
tienes”, le dijo el desafortunado Juan a Lidia. Fueron
necesarias cuarenta puntos de sutura en la cara de
Juanito, que nunca supo cómo una chica lo hizo perder
el conocimiento de un certero puñetazo en la mandíbula
y lo siguió golpeando hasta que llegué con cuatro de
mis ayudantes a rescatar a Juan. Su cuerpo desnudo y
mojado era el de una diosa, de una estatua griega,
blanco como el marfil, firme como la roca, no parecía
el de una chica que recién había sido madre, lo único
que sí la delataba era los melones que tenía por
pechos, enormes y rebosantes, que por cierto con el
paso de los días parecían hincharse más y más, como
odres a punto de explotar, con la piel brillante y los
pezones puntiagudos. Rabiosa y violenta me grito:
“¡¡Cerdo gordo y asqueroso, lárgate con tus perros!!”,
y me arrojó al rostro un jarrón en el que se le servía
el agua, por poco y no lo esquivo, ya acuestas con
Juan, salimos huyendo de los golpes de esa desnuda
diosa guerrera.
Había un extraño fenómeno en el cuerpo de Lidia, sus
carnes se volvieron más firmes con la maternidad,
flexible como una caña, pero sus pechos no habían
dejado de producir leche, a pesar de que ya tenía más
de un mes que no amamantaba a su arrebatado y lejano
vástago. Y el líquido se estaba acumulando haciendo
que sus tetas sufrieran un desmedido crecimiento. Por
fin había aceptado la ropa que le mandé, y en su blusa
especialmente confeccionada para la gran talla
pectoral, se podían mirar dos manchones húmedos de la
leche que manaba de sus pezones, la tela revelaba la
magnitud del problema: era necesario drenar el exceso
de leche, ¿pero cómo hacerlo?. Lidia se negaba a que
el doctor la examinara, y por cierto el señor doctor
no iba a arriesgarse a recibir una tanda de golpes de
parte de esta exuberante amazona. Aunque era muy
extraño, al no tener un bebé sea amamantado
regularmente, por lo general los pechos dejan de
producir leche, y vuelven a su tamaño y estado
natural. Y debía producirle una molestia muy grande a
mi salvaje, pues acabando de marcharse el doctor,
antes de que yo saliera de la habitación, advertí una
lágrima que resbalaba por la mejilla de ella, cruzando
su fina piel de melocotón, y cayendo hacia el escote
de la blusa, resbalando en la parte superior de su
pecho izquierdo, esa gota temblorosa, por fin se
perdió en la profundidad de su carnes.
Al dirigirme a la puerta, busqué las llaves para
cerrar la puerta de esta improvisada celda, pero las
había olvidado sobre un buró al lado de la cama de mi
bella huésped, al voltear a buscarlas, ya Lidia se
secaba las lágrimas y una sonrisa maligna asomaba por
sus grueso labios, tenía entre sus dedos las llaves…
yo reaccioné e intenté corre para salir de inmediato,
pero por mi gordura ella se desplazó más rápidamente,
y de un puntapié cerró la pesada puerta de madera,
demostrando una vez mas su gran fuerza. Recargó su
gran cadera en el picaporte, y después usó la llave
para encerrarme junto con ella, sonreía muy pícara,
como divirtiéndose con el terror que tenía yo en la
cara, me angustiaba la idea de que no sería capaz de
vencer la brutalidad de esta belleza salvaje. Las
manchas mojadas de su blusa se habían extendido ya
bastante, y casi en su totalidad el frente de la
prenda se pegaba a su piel, y se transparentaban las
aureolas rosadas y sus pezones, grandes, soberbios y
firmes.
Guardó las llaves en una de las bolsas de su
larguísimo faldón, y se fue aproximando hacia donde
estaba yo arrinconado, me temblaban las piernas del
miedo, ya veía sus puños sobre mi cara, y su bello
rostro volvió a mostrar una mueca de molestia,
rascándose los senos, repentinamente su cara se
iluminó como cuando una gran idea aparece en la mente,
lanzó sus manos a mi chaqueta y sujetándome
bruscamente me arrojó sobre la cama, la cual crujió
macabramente bajo mi monstruoso peso, y punto seguido,
Lidia prácticamente voló encima de mí, aprisionándome
con sus piernas. Agitada por el esfuerzo de haber
movido una masa corpulenta como la mía, con ambas
manos rompió su blusa y liberó dos globos titánicos,
dignos de una escena de un gran desbordamiento, me
miró y despectivamente me habló de forma ruda “Anda
idiota, ahora me vas a ayudar, ¡¡chupa anda, chupa!!”,
y su pezón me rozó la mejilla, buscando mi boca,
dejando un rastro de tibio líquido, sorprendido no
reaccionaba, a lo que ella se exasperó y gritó “¡Mira
pedazo de cerdo, si no chupas con toda tu fuerza te
voy a golpear tanto que no saldrás caminando!”, ante
su amenaza, no tuve mas remedio que atrapar con boca
esta teta increíble, y succionar, salió la leche, con
un sabor un poco agrio, pero resultaba exquisito, con
mis dos manos sostenía el melón más grande que jamás
se halla visto en mujer alguna, hasta recordé cuando
mis peones ordeñaban a las vacas del establillo junto
a las caballerizas. De reojo pude darme cuenta de que
Lidia cerraba sus ojos con un gesto de alivio y
satisfacción, sus dolores estaban desapareciendo,
conforme su pecho se vaciaba al mismo tiempo que yo
mamaba, el sudor de su cuerpo escurría por sus tetas y
se mezclaba con la leche que bebía, dándole un gusto
algo salado, ya me sentía satisfecho, pero no parecía
que ese caudal lácteo fuese a terminarse pronto, mi
estómago ya se había llenado, y comenzaba a dolerme,
ella me pegaba con su puño en la cabeza para que
siguiera con la succión, su pecho se apretaba contra
mi cara y a veces casi me ahogaba, ya no podía más, me
estaba usando como un recipiente donde podría
descargar sus tremendos senos. Parecía un tormento de
la inquisición, en el que a los presos se les ponía un
embudo en la boca, para llenarlos de agua hasta que
reventaran, pero en este caso eran litros de leche los
que me inundaban… ya había terminado, ya no salía
más de su pezón, rojo por la irritación que mis labios
le habían dado, suspiré profundamente, e intenté
levantarme, a lo que mi captora sonriendo
maliciosamente agregó: “¿A dónde piensas ir pedazo de
zoquete?… te falta el pecho izquierdo”.
Dos horas después, tambaleándome, salí casi medio
muerto de ese cuarto de torturas, mientras Lidia,
recargada en el umbral, me lanzó un tierno beso.
Sentía que estaba a punto de estallar, que mi cuerpo
era un globo abotagado, y tenía la sensación que iba a
comenzar a salirme la leche por los oídos, por la
nariz, si iba al baño seguramente un chorro de leche
en lugar de orina aparecería, los ojos los tenía casi
salidos, las mejillas de pronto se me llenaban de la
leche que mi estómago sacaba hacía arriba, pero no
podía vomitar, babeaba abundantemente, estaba
prácticamente seguro que haría una gran explosión si
hacía un poco de esfuerzo, el que fuese, y la verdad
es que no deseaba morir aún.
Los dos días siguientes, no pude comer absolutamente
nada, había sido tanto lo que bebí, que no me dio
hambre, y tuve que hacer un gran esfuerzo para salir a
despachar los pendientes de las ventas. No había visto
en ese lapso a esa terrible chica, que se aprovechaba
de la debilidad de otros para desahogar sus… sus
penas. Transcurrieron otros dos días para que la
volviera a ver, pero algo había cambiado, ya no estaba
malhumorada, hasta tarareaba una cancioncilla, su
blusa ya no estaba mojada, y ayudaba a mi anciana
sirvienta a algunas de las labores de la hacienda, era
algo sorprendente, y a la distancia me seguía lanzando
besos, con una sonrisa que yo no podía catalogar si
era dulce o siniestra.
La noche siguiente, al pasar por su habitación, abrió
la puerta y dijo “Miguel, por favor ven rápido”, con
cierta desconfianza, por su amabilidad, entré al
cuarto, y Lidia me llevó a una silla que se hallaba en
uno de los extremos. Ya sentado, la chica se despojó
de la chalina que le cubría los hombros y el torso, y
tenía puesta una blusa azul, con un gran escote que
apretaba sus melones rosados y que parecían a punto de
salirse por encima del borde, rematado con dos
exagerados botones en la parte superior… “Miguel,
mira que la he cosido yo misma”, y le respondí que su
labor era muy buena. La muchacha reía de buena gana, y
de pronto desabrochó los dos botones de la blusa, y el
cuadro de tela cayó, ambas tetas saltaron hacia el
frente, rebotando por el repentino impulso, otra vez
infladas a su máxima capacidad. “Mira chico que esta
vez sea por las buenas, ¡¡anda chupa!!”. Y en la silla
de nueva cuenta se sentó encima de mi. Y después de mi
terapia pectoral, regrese casi a rastras,
completamente atiborrado y salpicado de leche,
prácticamente molido llegué penosamente a mis
aposentos.
La terrible chica diseñó inverosímil cantidad y
variedad de prendas, todas destinadas a liberar de
manera rápida y sorprendente sus bellos pero a la vez
monstruosos pechos que nunca paraban de manar litros y
litros de néctar blanco, broches, botones, listones,
todos ellos adaptados para que ella apretara mi cara
entre sus senos. Era una especie de maquinaria que
repentinamente comenzó a ser algo placentera, el
espectáculo de ese par de montañas descomunales hacía
que sufriera unas erecciones de proporciones épicas.
Incluso en la oficina donde despachaba los encargos de
ventas y giraba las instrucciones a mis peones, hubo
escenas increíbles: al estar firmando una autorización
para la compra de tres mulas nuevas, sentí unas
intensas cosquillas en mi oreja izquierda, “Una mosca
quizá” pensé, pero el pequeño mozo que esperaba la
hoja firmada tenía una expresión de terror, y asustado
giré poco a poco la cara, y lo que acariciaba momentos
antes mi lóbulo no era una mosca, era un endurecido y
erecto pezón, que me apuntaba directamente como un
cañón. Con un desparpajo inaudito, Lidia miró con
fiereza al mozo, tomó la nota firmada y se la arrojó
al niño, “Anda lárgate mocoso, estorbas aquí”, al
tiempo que me rodeaba, colocándose detrás de mi,
recargando sus pesados pechos en mi cabeza… en menos
de tres segundos había desaparecido mi joven ayudante.
Nada la detenía ya, ni la intimidaba la presencia de
mis empleados, “Mira mi niño, es hora de que te
alimentes, prueba lo que te traje”… efectivamente,
me llevó dos poderosas razones de gran peso y volumen
para que las vaciara.
No tenía tiempo de reponerme, esto sucedía por lo
general cada cuatro días, pero los lapsos comenzaron a
acortarse, de pronto era cada tercer día, luego dos, y
finalmente los incidentes era pan (más bien leche) de
todos los días. No era necesario que yo comiera, sus
descargas eran suficientes para no ingerir otra cosa,
lo sorprendente del caso, es que comencé a bajar de
peso, sorpresivamente perdía kilos, y mi ropa
comenzaba a quedarme holgada, mientras mi sirvienta se
aburría en la cocina, sin preparar desde hacía varios
meses ningún platillo para mi mesa, ya las cacerolas
estaban repletas de telarañas y uno que otro
ratoncillo. De todas formas seguía con la extraña
sensación de reventar cada vez que la bella Lidia
tenía la imperiosa necesidad de aliviar sus odres de
la pesada carga que se alojaba en ellos cada vez con
mayor frecuencia, al parecer el remedio fue peor, sus
pechos no solo no dejaron de hacer leche, sino que
incrementaron su capacidad. Lidia por su parte
necesitaba consumir más alimentos, su cuerpo esbelto
transformaba casi todo lo que consumía en más lactosa,
la cual por supuesto yo debía tragar.
Claro que debía agradecerle, mi gordura fue
desapareciendo, y la actividad derivada de las
ocupaciones de la hacienda y de las ventas me
proporcionaban un buen ejercicio, mi cuerpo comenzó a
tomar una buena forma… y además se sumó otro tipo de
ejercicio. La noche llegó, y una luna llena brillante
iluminaba intensamente el patio de la hacienda,
recorrí el pasillo que conducía a las caballerizas, y
de pronto un gran tirón me jaló al interior de una de
las estancias de forraje… era Lidia, ya imaginaba lo
que a continuación tenía que hacer, por lo que me
dispuse a ser yo mismo el que le desabrocharía su
ajustada blusa, cosa que hice en un santiamén, un
brochecito estratégicamente colocado al frente era
suficiente para que sus tetas salieran disparadas,
rebotando pesadamente hacia delante y atrás ante su
fuerza, incluso hacían un sonido especialmente sensual
al golpearse entre ellas. Lidia acababa de cumplir los
19, y yo 20 años, y ya todo era diferente, mi
complexión más delgado, ella bronceada por el sol
inclemente de estas regiones… volviendo a la acción,
me asió por el cuello y comenzó a besarme, de manera
delicada, la boca, el cuello, las orejas, por supuesto
que al acercarse y abrazarme, también rodearon mi
cuerpo ese par de balones ahora con un ligero color
dorado… y lentamente dejó caer su faldón, estaba
completamente desnuda, imponente, su figura parecía
forjada en el crisol de las tentaciones, soltó su
largo cabello, azabache, perfumado, sus muslos firmes,
durísimos, los músculos de su vientre se marcaban al
vaivén de sus movimientos, mis manos se deslizaron
hasta las redondas nalgas, un verdadero prodigio de la
naturaleza, tersas como un durazno, las caderas de
Lidia estaban creadas para ser sujetadas como las asas
de una olla. Con movimientos ágiles esta mujer me
desnudaba, y en una maniobra imprevista, me arrodillé
ante su vientre, mordisqueándole su ombligo, tan
cerrado como una rendija, jugando con las
contracciones que se veían en su estómago, ella reía:
“Caramba que me haces cosquillas Miguel”, mis manos se
movían de su vientre a las nalgas, de las nalgas hacia
las piernas, a su coño casi lampiño… una gota de
leche se aproximaba lentamente a su ombligo, Lidia
había presionado un poco un pecho, y un hilillo de su
preciada y abundante leche bajaba por la gran
curvatura inferior del pecho, y haciendo un sendero
sinuoso hasta concentrarse en una gota mayor a un lado
del citado ombliguito, dejé que siguiera acumulándose
una gota de tamaño regular, que de pronto descendió
hasta el monte de venus, alojándose entre los labios
vulvares de Lidia, entonces la hora de la cena había
llegado… Mi lengua feroz se abalanzó como en un
combate sobre su linda vagina, chupando, entrando a su
dulce hendidura, tocando suavemente su clítoris
hinchado, fluía su interior a la par de la excitación
de Lidia, que acariciaba mis cabellos y alternadamente
presionaba más mi cara contra su entrepierna, la hice
girar y ahora devoraba sus esféricas nalgas, mi nariz
exploraba la depresión naciente de aquel trasero
monumental, ella comenzó a inclinarse, y se apoyó en
una puertecilla de los depósitos del forraje, mi pene
estaba punto máximo de una increíble erección, me
levanté, y tomé su cadera, haciendo presión y
penetrando hasta donde más me fue posible, estrecha,
me apretaba en su interior, la respiración de los dos
fue perdiendo su ritmo, a diferencia de los
movimientos que ejecutábamos coordinadamente, era una
fábula de placer, sudábamos a chorros, y Lidia se tiró
de improviso hacia atrás, con lo que perdí equilibrio
y caí a su vez, esto hizo que la penetración
experimentara una sensación más intensa, aunque me
sacó el aire de los pulmones, ya en el suelo, ella
giró sobre mi sin sacar mi pene de su vagina, y ese
roce provocó un intenso placer en ella, y chorreó
abundantemente líquidos vaginales sobre mi vientre,
con una cadencia mas apretada, Lidia se quejaba, pero
de placer, su boca abierta y sus ojos entrecerrados,
sus contracciones internas eran una demostración de su
satisfacción, no dejaba de moverse rítmicamente, y sus
tetas se balaceaban, chocaban, se agitaban adquiriendo
un color rojo intenso, podía percibir la sensación de
sus labios vaginales completamente hinchados, y
eyaculé, era una explosión, me elevé, mi cuerpo se
aflojaba, un zumbido en mis oídos apareció, me extendí
como un gato, todas las sensaciones se habían elevado
a la décima potencia, mientras Lidia se acariciaba el
vientre y se lamía los dedos de la mano derecha. Se
safó de mi, y se tiró a mi lado, abrazándome, y yo le
besaba sus labios, exhausto, enseguida hablamos de
nosotros, de los juegos de niños, de las travesuras,
ella me contaba de sus clases en una escuela de
monjas, de los severos castigos a los que las alumnas
era sometidas por faltas mínimas, era una noche
inolvidable, sin darnos cuenta, nos quedamos dormidos.
Amanecí en mi habitación, ¿me habrían llevado los
mozos?, mhh, extenuado, me revolví entre las sábanas,
e hizo su aparición triunfal mi Lidia, vestida como
una de las sirvientas, de negro y un mandil blanco con
encajes, la muy canalla se había desabrochado el
escote hasta la cintura, sosteniendo una charola de
plata… con el desayuno: uno de sus generosos pechos
reposaban en la pulida superficie de la charola, con
un reflejo más que tentador, la aureola se hallaban
cubierta con una capa de miel, que comenzaba a
resbalarse. “¿Quiere el señor el desayuno en la cama?,
antes de que se enfríe”, y la miel desapareció en dos
por tres.
Lidia nunca dejó de ser imperiosa, y yo cumplía sus
caprichos a la hora que fuera, en el lugar que fuera
también. Su mal carácter con los demás seguía
inmutable, una vez que mi bella compañera salió con mi
sirvienta a comprar tela para sus diseños de prendas,
el gobernador del poblado, que era un viejo verde y
con aires de conquistador, se atrevió a acariciarle
una nalga, el bofetón que recibió retumbó por toda la
calle principal del pueblo, y los sorprendidos
transeúntes corrían para ponerse a resguardo de la
furia de esa chica salvaje que era Lidia, nunca más
nadie trató de propasarse.
Vivimos felices, aun no planeamos matrimonio ni hijos,
pero ha surgido una leyenda en este pueblo: “La
tremenda vaca del joven Miguel”.
Próximamente la segunda parte
 

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